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domingo, 12 de abril de 2015

apretar el gatillo.18. funciones ideológicas

Funciones ideológicas
Miguel Guerrero

Un elemento de signo marxiano como es el económico, entendido como valor materialista que provee a los hombres de los recursos necesarios para adquirir porciones de confort y, en una estructura social como la nuestra, nos da acceso a la dignidad, una mercantilización de la cosa, se ha introducido sibilinamente en un espacio tan conservador e idealista como es el de Semana Santa, tan refractario hasta hace bien poco a la modificación o ampliación de sus presupuestos originariamente rituales, sin que la pertinencia de la entrada de este elemento sea discutida, ni rechazada su conveniencia, por la mayoría de sus acólitos. Sin que sufran este factor económico como un cuerpo extraño, una lanza clavada en el costado. El número de puristas debe ser muy reducido, o las voces en contra deben ser susurros apenas audibles, si acaso una queja queda, nunca una protesta. Algo parecido a una resignación escondida tras lo políticamente correcto, una cuestión de tolerancia mal entendida. Tal vez estén muy convencidos estos puristas de la trascendencia y fortaleza de la Celebración como para que ese elemento la perturbe. Este elemento, sin embargo, es una función con capacidad para modificar, infectar, en definitiva variar, aquel organismo en el que se inmiscuye. Esta función ideológica ha convertido la Semana Santa en un producto más de la sociedad del espectáculo, la ha dejado hueca, la ha convertido en un artilugio lúdico del capitalismo avanzado o tardío. Por fin tiene una utilidad para los hombres, he oído decir.
Otro de esos elementos o funciones ideológicas, el respeto al padre, como autoridad que deviene de unas estructuras sociales verticales, fuertemente militarizas y religiosas, en la que la obediencia se erige como una indiscutible entrega forzada de la subjetividad del hijo a la figura de autoridad encarnada en el padre, se ha atemperado en su lugar tradicional, esto es la relación padre-hijo, pero esa función, bajo una apariencia de elemento débil, se ha instalado de forma incómoda en el llamado mundo laboral y empresarial, agazapada está, a la espera de condiciones sociopolíticas favorables para aparecer en su verdadera dimensión. Si estas no se dan, esa función ideológica no tendrá reparo en desplazarse hacia lugares más convenientes para conseguir sus objetivos.
La felicidad o realización personal es otro de los valores, o función ideológica, que recientemente cambió de sitio. Esta función tenía su lugar natural fuera del mundo laboral, que era entendido y asumido como ese tiempo de vida que el individuo tenía que entregar a la comunidad para su mantenimiento y desarrollo, con unas implicaciones afectivas casi inexistentes. Fuera de ese ámbito correspondía producir eso que se ha dado en llamar realización personal, con unas connotaciones y un contenido de índole emocional adecuado para conseguir que la vida tuviera un sentido placentero y constructivo. No es así en nuestros días, en los que esta función se ha desplazado al ámbito laboral, en él es donde ahora se busca, se persigue y se consigue esa realización personal. El mundo, entonces, nos ha convertido en operarios y consumidores felices de los placeres que propiamente producimos.
            Estas intrusiones o trasvases de funciones ideológicas hacia otros enclaves, que en principio y de manera indiscutible habían tenido una ubicación y pertenencia casi sagrada a una parcela inicialmente asignada, en las que cumplían su cometido ideológico de manera inequívoca, ahora parecen haber perdido su carácter unívoco y albergar en su seno ambigüedades y polisemias antes ocultas que le permiten asentarse en contextos que anteriormente les estaban negados.
            Las instituciones que tenían la custodia y fijación de estas funciones ideológicas pertenecían a la llamada sociedad de la disciplina, y más tarde la sociedad de control, estas han cedido en su celo de preservación y sujeción y ahora esas funciones se desplazan, se disfrazan y desaparecen a su antojo por los vericuetos de una realidad transformada. Han creado con sus desplazamientos aleatorios e imprevisibles una apariencia de caos, en una especie de torpeza de movimientos primerizos. Es lo que algunos teóricos llaman momento de caos y popularmente se resume en la frase pérdida de valores, lo que no es tal pérdida, sino traslado, deriva, transformación. Transvaloración.
            Mientras tanto, esas funciones ideológicas buscan nuevos espacios en los que asentarse. O no. La condición y comportamiento de cada una de estas funciones se ha vuelto arbitrario a nuestros ojos, y una vez liberadas de sus papeles para las que originariamente fueron concebidas, estas funciones pululan por nuestra realidad con criterios propios y ejercen su cuota de influencia sin necesidad de someterse a ninguno de los organismos o instituciones a los que antaño pertenecían. Las funciones ideológicas, en algunos casos, han perdido su condición moral o ética. Sabedoras del poder e influencia que pueden generar se organizan de tal manera que en poco tiempo hacen que conductas propias, consolidadas en el tiempo, de un determinado gueto vital cambien de signo, o, sencillamente, rebajen sus prestaciones e intensidad hasta conseguir que el grupo actúe de forma poco acostumbrada. Por ejemplo, las funciones ideológicas de honorabilidad y servicio público que en alguna ocasión y por poco tiempo poseyeron algunos políticos han bajado considerablemente su intensidad en ese su lugar de origen y se han desplazado hacia aquellos lugares en los que una intención de regeneración de lo público se da como necesaria y es asumida como urgente. Quizá este tipo de comportamientos de algunas de las funciones ideológicas alumbren y arrastren a otras que parecen descarriadas o que están en un letargo del que pueden ser recuperadas. Esta es la esperanza de los más pánfilos. Las funciones, salvo casos contados, parecen tener otros planes.
Nuestra realidad ahora está entretejida de elementos o funciones ideológicas que se desplazan desde sus lugares de origen, se asientan en esas parcelas nuevas y matizan o colonizan la esencia de estas. Se organizan y preparan un ataque masivo, sin prisa alguna, sobre el tejido degenerado del mundo concebido por los hombres, en el que las funciones ideológicas tomen el mando y provoquen nuevas formas de vida. El ser humano, llegado el momento, será prescindible.
Si acaso, sobrepasados por la complejidad del mundo, ¿no estamos ya inmersos en esa posibilidad y somos zombis sin querer/poder reconocer el dominio absoluto de esas funciones sobre la gobernabilidad de la existencia?


viernes, 3 de abril de 2015

apretar el gatillo.17. necesidad de la semana santa

Necesidad de la Semana Santa
Miguel Guerrero

Yo soy muy aficionado a la SCI-FI y sobre todo a los viajes en el tiempo. Mi mayor deseo es viajar al futuro, pero los viajes al pasado también me atraen. De todos es sabido la imposibilidad de que estos tiernos deseos se vean cumplidos. Hemos nacido demasiado pronto. Sólo puedo disfrutar de ellos en forma de simulacro. La literatura y el cine, las series también, me tienen más que distraído con estos temas.
            La Semana Santa es un simulacro, una representación que a mí, particularmente, me retrotrae a la España medieval, o a mi infancia, que viene a ser lo mismo. Cuando tropiezo con un paso me transporto. Ya sé que nunca del todo, soy hipercrítico y no me dejo llevar fácilmente, eso está en mi contra. Sin embargo, un número indeterminado de moléculas de mi cuerpo y mente viaja en el tiempo y accedo tele transportado a lo más oscuro de nuestra tradición. El placer es intenso y gratificante porque aunque uno en ese momento esté en un estado parecido al trance, a la vez se siente salvaguardado porque sabe que sólo es representación, que nada malo me va a ocurrir. No me van a quemar, me digo, aunque algunas caras me parezcan descendientes directos de los torquemadas de la época, pero esto sé que es una exageración, demasiadas imágenes tenebrosas con las que convivimos en nuestra infancia, almacenadas en nuestro ideario, es un recurso que yo utilizo ahora para darle cierto dramatismo y emoción al viaje al pasado.
            No me interesa la estética semana santera (entre las cosas que considero feas, sin negociación alguna, se encuentran los pasos de Semana Santa y un vestido de novia, y por extensión una boda, no hay nada más hortera que una boda), pero ayuda, toda esa iconografía no está puesta en balde, tiene su intención y sin ella el acercamiento anímico que necesito para el viaje no se produciría. La música, magnífica, es determinante.
            Vista la Semana Santa desde otra sensibilidad, no hay que despreciar su elemento económico, tan necesario en nuestros días. Esto puede ofender al purista, pero no debe ser así. Que un acontecimiento tan espiritual haya desembocado en una utilidad de signo marxista, ahora entendido como neoliberal, no debe parecerle degradante. Yo creo que es una forma muy rebuscada pero eficaz de multiplicación de panes y peces: algunos de aquellos que no tienen trabajo habitualmente, en estos días lo encuentran y llenan su despensa con ese maná que la Providencia, tan astuta, les hace llegar. Dios y la beata Báñez lo tienen todo estudiado, se podría decir.
            Yo creo que la Semana Santa ya no hace daño, como piensan algunos de mis amigos, ¿o sí? No sé. Que es una esquirla inofensiva que se resiste a deshacerse en el tiempo. Lo que sí es cierto es que mucha gente obstinada abjura de ella y si en su mano estuviera la prohibirían. Craso error. Esta debe desparecer sólo si la gente de manera inteligente, sin ser forzada, llegara al convencimiento de que es un anacronismo. No es fácil que eso ocurra. Por eso creo que es una necesidad de primer orden que el hombre invente ya la tele transportación, así sería posible que los amantes de la Pasión se desplazasen todos al Medievo, época a la que creo que pertenece esta actividad, donde mejor puede lucir, celebren allí su Semana Santa y luego el Lunes de Pascua regresen a nuestro tiempo y nos cuenten cómo les ha ido, un resumen bastaría. Y todos felices. Yo también iría, y así, al menos por un tiempo, me quitaría de encima a los palizas anti semana santa. En este caso, Dios y la ciencia se están demorando en la invención del tele transporte. Ya pueden imaginarse las posibilidades que nos proporcionaría ese invento. Lo de disputas que evitaría.
Y lo que de necesario tiene la semana santa: es ver cómo pone a prueba el grado de tolerancia hacia lo distinto de progres y radicales trasnochados, intacto y calcado años tras año, fosilizado ese pensar intolerante como la propia Semana Santa.
Amén a lo dicho.
O como escribió brillantemente Pepe Villalba, mejor quítenle el acento a amén y amen, sobre todo amen, amen…


domingo, 29 de marzo de 2015

apretar el gatillo.16. accidente aéreo

Accidente aéreo
Miguel Guerrero


En el episodio cinco de la segunda temporada de FRINGE, La lógica del sueño, un doctor especializado en trastornos del sueño tiene en fase de experimentación a unos ochenta y dos pacientes, a los que les ha implantado un BIOCHIP junto al tálamo, órgano del cerebro que regula el insomnio y las pesadillas y los procesos del sueño. “Es un interfaz informático cerebral, éste lleva un transmisor que lo hace inalámbrico, puede conectar el cerebro a un ordenador remoto, funciona de forma muy parecida a un marcapasos, controla los ciclos del sueño y cuando es necesario estimula el tálamo induciendo un estado profundo de sueño.” El BIOCHIP va directamente al tálamo que no sólo regula el sueño sino que funciona como un repetidor para el córtex cerebral que también controla la función motriz. Control mental.
            A los pacientes, desde la implantación del BIOCHIP regulador, les va muy bien: duermen toda la noche y todas las funciones del sueño han pasado a desarrollarse dentro de los parámetros de la llamada normalidad. El experimento del doctor Laxmeesh Nayak está siendo un éxito.
            La confianza del doctor en sus ayudantes ha hecho que todos compartan la clave que regula el BIOCHIP, el doctor, buena gente, no duda de la integridad y cordura de cada uno de ellos.
Sin embargo, el MALO de la película es uno de los ayudantes.
A través de esa clave se puede tener acceso a la regulación de ese BIOCHIP implantado en cada uno de los pacientes, de manera que se puede cambiar la intensidad del mismo, desactivarlo, etc. Desde su red informática, el MALO, manipula el BIOCHIP de un paciente. Éste empieza a tener visiones terroríficas, se le aparecen sus compañeros de oficina como demonios con cabeza de macho cabrío que él siente como una amenaza para su persona. En consecuencia, perdido el juicio, los ataca y acaba matando a su jefe, golpeándole la cabeza con su maletín metálico.
En el MALO esto supone el inicio de una adicción imparable y acomete otra alteración del BIOCHIP de un segundo paciente. Y de un tercero. Y de un cuarto. Esta cuarta manipulación la efectúa sobre un piloto de aviación. Éste, con la ayuda de su copiloto, se dispone a despegar su hidroavioneta en la que lleva un reducido número de pasajeros. En ese momento en el que el aparato se dispone a realizar el despegue, el MALO manipula el BIOCHIP del aviador. Éste, de menos a más, va sintiéndose mal. Para cuando la hidroavioneta ya ha perdido contacto con el agua, el piloto tiene las primeras convulsiones y visiones: el rostro del copiloto se le aparece sin rasgos. La máquina ha dejado de elevarse lo suficiente y en pocos segundos acabará estrellándose contra unos edificios. El copiloto trata de hacerse cargo de los mandos pero la extrema violencia que ejerce ya el piloto se lo impide; la hidroavioneta está fuera de control.

Sólo la esperada irrupción de la agente del FBI Olivia Dunham y su ayudante Peter Bishop en la sala desde la que el MALO está manipulando la conducta del aviador, y mediante la desconexión de los equipos informáticos que lo hacen posible, consiguen que la función del BIOCHIP quede anulada y el aviador vuelva a la normalidad, justo en el momento idóneo para evitar el fatal accidente. Los tripulantes de la nave respiran hondo. El siniestro aéreo, en esta ocasión, ha sido evitado.




domingo, 22 de marzo de 2015

apretar el gatillo.15. el hombre opaco

El hombre opaco
Miguel Guerrero

En algún momento y sin darme cuenta empezó a formarse a mi alrededor un cajón inmaterial que en pocas horas quedó totalmente consolidado e igualmente, sino invisible, difícil de detectar, me aísla del mundo de tal manera que creo no percibir sensorialmente la realidad como debiera y como estoy convencido y seguro de que la perciben mis semejantes. Eso pensaba. Un ejemplo, aunque no es eso, podría ser la sordera que te acontece cuando te entra agua en los oídos y la vida queda separada de ti de manera ostensible. Algo así, pero que abarca todos los sentidos. No sólo lo sensorial padece tal efecto, los afectos sufren una lejanía y adquiero un redoblado cuidado en lo que digo y una atención casi enfermiza en lo que oigo. Y en todo lo que hago. Es como si entre la realidad y yo algo se interpusiera y para aprehenderla tener que hacer esfuerzos extras.
            Esa fue mi primera preocupación, cómo percibía yo el exterior a mí. Desde luego, se había producido un aislamiento involuntario pero contundente.
Al poco, pude comprobar que la caja esa que alrededor de mí se había formado no era percibida por los otros. La primera prueba de fuego sobre la consistencia, visibilidad o materialidad de dicha caja se produjo cuando al entrar al edificio en el que trabajo alguien me esperaba allí, me tendió la mano y yo a la vez se la tendí y nos saludamos. No problen, me dije tontamente. Pero alrededor de mi mano y antebrazo se había prolongado la sustancia de manera que mi extremidad quedó envuelta en ella al verse obligada a salir de la caja. Noté una sensación de acolchamiento al contacto con la mano del hombre. Pero él no percibió anomalía alguna. Ni mis compañeros de trabajo, ni nadie. Fue una jornada llena de normalidad. Con el paso de las horas esa primera preocupación se disipó por completo: la caja que se había formado a mi alrededor no era percibida por los demás. Sin embargo, la sensación de distancia entre mi persona y aquellos a los que durante el día traté era bastante significativa con respecto a días anteriores. No sólo eso. Mi percepción de la realidad había sufrido una variante: una opacidad manifiesta se interponía entre ella y yo.
La segunda preocupación que me asaltó fue si los demás también estaban envueltos en una caja como la mía y yo no lo percibía. Si todos, me preguntaba, estamos aislados por este tipo de construcción y nuestras sensaciones y afectos, nuestra visión de la existencia, sometidos a la opacidad del material de la caja, a veces algo líquido, otras gaseoso.
            Días después de que me ocurriera esto, pensando en cómo había sido posible la formación de ese cajón, a veces me parecía gelatinoso, llegué a creer que se inició cuando una mañana encendí la TV, como de costumbre, y mientras desayunaba veía las noticias. Fue cuando trataban el tema de la Ley de Transparencia que me sentí muy incómodo, un malestar imposible de describir, dejé el desayuno a medias. Pero no pude dejar de ver las noticias al completo, atrapado en mi asiento. La conclusión más plausible a la que he llegado es que durante esa media hora de telediario he absorbido todos los relatos posibles que genera nuestro mundo y que la caja que ahora me rodea se fue tejiendo a partir de entonces a base de imágenes y lenguaje que han conformado este entramado semiótico que me oculta la realidad.

            No, me dije algo después. La caja viene formándose desde el principio de mis días, tan sutil, tan apegada a nuestra propia naturaleza que es imposible percibirla. Sólo que ese día, el fantasma de los signos tuvo el descuido de hacerse para mí visible. Sin saberlo, el fantasma me ha proporcionado el mejor de los regalos.

sábado, 14 de marzo de 2015

gibraltar.23. el toxpiro

El autor da por definitivamente resuelto el problema del toxpiro; el toxpiro está pronto a las pruebas triunfadoras: el autor lo ha visto «rasgar gallardamente los aires.» «A dos, a cuatro, a seis kilómetros, con velocidades reguladas a voluntad», añade, «enormes cantidades de dinamita podrán ser lanzadas contra un obstáculo cualquiera. ¿Se comprende todo el alcance de la revolución que va a inaugurar la nueva arma? La marina de guerra cambiará por completo; los acorazados serán inútiles. Desde la costa, desde un lanchón, un toxpiro hará estallar la dinamita contra sus recios blindajes y los blindajes volarán en pedazos. España volverá a ser poderosa: Gibraltar será nuestro: las grandes potencias solicitarán nuestra alianza. Y la vieja águila bifronte tornará a revolar majestuosa por Europa…»

La voluntad 
José Martínez Ruiz “Azorín”












domingo, 1 de marzo de 2015

apretar el gatillo.14. sensación de límite

14. Sensación de límite
Miguel Guerrero

A principios de los años setenta, “un agregado científico en una de las principales embajadas de Washington ante los informes de que se había producido un fragmento de gen sintético en un laboratorio”, exclamó: “¡Es el principio del fin!”
            Más allá de que la reacción del agregado científico pueda ser una objeción personal y aislada a un acontecimiento puntual, debemos entenderla como expresión y sentir muy generalizado, ese miedo a la pérdida de valores, ese usurpar el papel de dios que no corresponde al hombre en tareas propias del creador, ese traspasar la línea sagrada supone una reacción de miedo ante la cercanía del límite.
            El agregado argumentaba que “A partir de ahora cualquier país pequeño puede crear un virus contra el que no existe cura. Bastaría con un pequeño laboratorio. Cualquier pequeño país con buenos bioquímicos podría hacerlo”. Bien mirado, no le faltaba al agregado razón para tener esa idea del límite y de lo inconveniente que podría ser sobrepasarlo. El agregado desconfía del ser humano, lo sabe malo y teme que la inapropiada utilización de estos avances produzcan los demonios que nos acerquen al borde del apocalipsis. El límite, sin embargo, es una línea que el hombre pone periódicamente un poco más allá. No faltan ejemplos en la historia de  límites sonados, como el de que la Tierra es el centro del universo, y ese era el límite que no se podía sobrepasar. La moral y la ética tampoco tienen un límite fijo, inamovible. El divorcio y ser madre soltera son dos cuestiones que han estado durante mucho tiempo más allá de esa raya límite, en cambio ahora son dos temas a los que no prestamos atención.
            El fin del mundo ha sido predicho muchas veces, apocalípticos nunca han faltado. Hay un tipo de apocalíptico que se dedica al menudeo, visiten los tuiters y feisbuc, seguro que encuentran unos cuantos por allí: la última noticia de carácter más o menos grave le sirve para llamar nuestra atención, para poner el grito en el cielo, nos avisan de la inminente catástrofe tras haberse superado un límite, el temor a una tercera guerra mundial, o algo así, siempre merodea bajo esas admoniciones, lo hacen de buen corazón, quieren prevenirnos, en realidad lo que quieren es azuzarnos; no sé, la verdad es que no sé lo que quieren. Pero tengan razón o no me recuerdan a esos predicadores de la biblia que salen en las películas norteamericanas.
Esta sensación de límite parece que acompaña al hombre desde el principio de los tiempos. No es gratuita, hay razones suficientes para el temor, ¿acaso no hay muchos buenos bioquímicos? Lo que puede parecernos extraño es que, después de tantos años, no se haya producido el vaticinio del agregado científico,  por qué ningún pequeño país lo ha hecho, o un loco malvado como los malos de las películas de James Bond. Quiero decir la creación y expansión de un virus que acabe con la vida en la Tierra, como temía el agregado. ¿O sí se ha hecho pero el intento ha fracasado y no nos hemos enterado?
Noticias recientes nos hablan de los últimos milagros tecnológicos: que un ciego puede ver en un alto porcentaje gracias a un aparato adaptado a sus ojos; un cuerpo puede ser trasplantado entero a una cabeza; un holograma de Hugh Jackman aparece en un escenario de Madrid para presentar su última película, etc.

 El mundo, que aún está por hacer, no deja de ir desplazando su límite, sine die, a pesar de los riesgos. Más allá de ese límite está la aventura, lo desconocido. Por eso, nosotros, habitantes del mundo, vivimos por contagio esa sensación constante, alertas y a la vez deseosos de cruzar ese límite.


sábado, 14 de febrero de 2015

domingo, 8 de febrero de 2015

apretar el gatillo.13. matar a gente

Matar a gente
Miguel Guerrero

Se estima que en el año 2050 la población mundial será de diez mil millones de almas, (para entonces yo habré muerto). La mayoría de ellas vivirá en la miseria. Y esta miseria provocará tantos conflictos que la vida tal y como la conocemos será casi imposible. La muerte, para muchos, será una bendición. Esta es la tesis que subyace casi clandestinamente en el libro de Stephen Emmott llamado Diez Mil Millones.
            Ante esto se impone una lógica: matar a gente.
            De eso se trata. Mi compañera y yo salimos a la calle y nos cargamos, a nuestro antojo, lo que se nos pone por delante porque hemos sido incapaces de determinar qué individuos deben permanecer o desparecer. No hay manera de objetivar una selección en función de unos miramientos morales, económicos, etc. A nosotros nos ha sido imposible engañarnos. Yo quería empezar con los intelectuales y con los pijos de la cultura y ella, más sabia, decía que le daba igual, que si acaso con los políticos, por decir algo. Como estábamos en un callejón sin salida, estuvimos varios días sin actuar, retrasando nuestro proyecto, dándole vueltas a la cabeza. Hasta que me dijo ella: Podríamos empezar por nosotros: tú me apuntas a mí yo te apunto a ti contamos tres dos uno y apretamos el gatillo. Coño, dije. Y eso hicimos. Nos apuntamos y al disparar las armas se quedaron encasquilladas, no sé si se dice así, encasquilladas. Creímos ver en esto una señal, y así nos lo dijimos: Esto es una señal. A partir de ese momento revisamos todo nuestro armamento, nos deshicimos del defectuoso, etc. Dejamos a los dos niños pequeños con los abuelos y salimos a hacer nuestro trabajo.
A estas alturas ya muy poca gente se escandaliza de  nuestro quehacer  diario, han entendido nuestra tarea como un servicio humanitario inaplazable. Algunos hasta han pedido ser ellos los aniquilados ese día, como si ya les tocara, decían sentirse ninguneados. Había un grupo de ejecutivos que, entre las diez y media y once, acudía a la plaza, sabedores de que era muy posible que pasáramos por allí, ofreciéndose a ser matados. Pasamos de los cinco ejecutivos y matamos a dos policías que trataban de dispersar a más gente que, junto a los ejecutivos, se estaban posicionando de manera bien visible para ser tiroteados, se empujaban unos a otros para acaparar el lugar  que creían más propicio para ser aniquilados. La gente siempre tan egoísta. La gente se pirra por ser matada. Le pedimos tranquilidad. A todos les llegará su hora. ¿Que por qué no nos detienen? El Gobierno es el primer interesado en que esto suceda así. Hagan cuentas: menos paro, menos pensiones, para el Estado un individuo es una carga. El Gobierno es experto en mirar hacia otro lado. Qué les voy a contar.
El libro de Stephen Emmott se despide así:
“Pregunté a un científico, de los más racionales y brillantes que he conocido, un científico que trabaja en este campo, un científico joven, un científico de mi laboratorio, qué haría si solo pudiera hacer una cosa para remediar la situación en que estamos.
¿Saben qué me respondió?”

“Enseñar a mi hijo a usar una pistola.”


domingo, 25 de enero de 2015

apretar el gatillo.12. el orden

El orden
Miguel Guerrero


El ordenado está en contra de la vida, como los católicos. Se protege de ella y encierra en sus retículas del miedo todo signo vital. Dioniso debe estar controlado. Todo hombre bueno aspira al orden. El orden es indispensable para llegar a dios, en cuanto supe esto me hice ateo. El ordenado trueca seguridad por libertad, entendida esta preferencia como un acto de inmadurez: se dice que en la libertad estás tú solo ante el mundo y que en la seguridad alguien o algo te protege.
El ordenado aspira a la monotonía que supone una vida reglada por la razón, en la que todo movimiento tiene que producir un beneficio, y que descarta las acciones inútiles o gratuitas, promueve o busca el equilibrio entre las partes, la coherencia, verosimilitud, etc. fuera de ese territorio bien acotado el ordenado deviene calamidad, no apto para vivir el mundo. El orden produce apatía, mediocridad, todo es predecible, la novedad mantenida a distancia; en cambio el desorden da miedo, dentro de él se vive peligrosamente, en él la sensibilidad es recompensada por mil estímulos diferentes: la geometría de las cosas cambia constantemente y el espíritu debe estar alerta a cada cambio, es decir, vivo. El desorden es ese lugar de sabores amargos que solo los paladares más recios pueden soportar, degustar. Es ese lugar del que huyen los mediocres con argumentos razonables. El orden es lo que segrega la lógica, tan sobrevalorada, y la lógica está bien, pero en el mejor de los casos solo llega hasta la verdad puntual de las cosas. El orden reafirma el triunfo de la razón sobre el instinto, el auriga domando al caballo, el orden sobre el caos. “Tenemos que incluir lo irracional en una razón ampliada”, dijo Sábato. Pero la razón, tan cerca del totalitarismo, no es solidaria. El orden todos sabemos lo que es, ha sido convenido tácitamente, amasado durante siglos, es la tiranía de la tradición. El orden es reaccionario porque está del lado del poder. El poder ordena, clasifica para así ejercer mejor su control. Dentro de él cada cosa tiene su espacio asignado, su ritmo convencional, cada pieza es asequible y localizable con un solo vistazo. El individuo ha imitado al poder y se autoimpone el orden para así controlarse mejor: si los caminos transitados siempre son los mismos la conducta está sujeta a una previsión, el deseo es aplazado en nombre de una sensata decisión de madurez. El desorden también tiene su espacio, su ritmo, su mecanismo de expresión interior, pero no ha sido codificado, es el rebelde perseguido. La escala de valores del desordenado es distinta, tiene su propio orden de importancia sobre las cosas que es cambiante y quizá el orden alfabético le resulte insuficiente para sus muchas digresiones. Vive en ese otro orden que los que sabemos poco de matemáticas llamamos caos. El desordenado no acepta las reglas, no quiere ser domesticado, es un indeseable.
El ordenado es el ojito derecho del poder, ya se vigila él solo.
Lo sé, lo sé. El orden nos hace la vida más fácil, soportable, esa es nuestra conveniencia. Acudimos a la seguridad que nos da el orden y a cambio nuestras posibilidades de ser otros quedan en suspenso detrás de las bambalinas de lo que conviene, de lo correcto y ordenado.

Dijo Jodorowsky que el pájaro que ha nacido en una jaula cree que volar es una enfermedad.