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sábado, 21 de enero de 2017

041. apretar el gatillo. national day

National Day
Miguel Guerrero


Sobre National Day, por José Antonio Luque

En los textos de “Apretar el gatillo” ( y este es una buena muestra de ello) se produce, cada vez con más destreza, un descenso en el nivel de realidad (que decía Artaud, seguramente con otra intención (pero ¿acaso eso importa?)) que es mucho más que la simple suspensión de la credibilidad tradicional de la literatura fantástica. Si a eso le sumamos esas referencias/anclajes culturales desprejuiciados (“recuerden...”, “recuerden...”), concluiremos que Miguel Guerrero está escribiendo (y parafraseo a mis amados The Residents) literatura de hoy para lectores que (aún (¿a qué esperan?)) viven en el pasado. (Hagan un esfuerzo, señores, merece la pena).


Sobre el escenario instalado en Casemates Square y junto al escudo patrio del castillo rojo sobre fondo blanco se puede leer la leyenda SELF-DETERMINATION IS OUR RIGHT. En ese escenario se suceden las intervenciones de oradores arropados y acompañados de autoridades felices, y el sol de mediodía esparce sus suaves rayos sobre la efervescencia nacionalista del pueblo gibraltareño: la meteorología, este diez de septiembre, se ha puesto del lado de la celebración y saca brillos esplendorosos a la masa roja y blanca. Como en ocasiones anteriores, tienen previsto soltar miles de globos de los colores corporativos al cielo y serán como almas que quieren fundirse en el infinito, allí donde todo es ideal, inalcanzable. Esa es la aspiración.
Pero aún es muy temprano, la plaza está siendo acondicionada, dándose los últimos retoques por los funcionarios y organizadores. Pero ya ese silencio laboral está preñado de la sensación que precede a los grandes acontecimientos. El aire contiene la promesa de un día distinto, irrepetible, será inolvidable, cósmico. Los protagonistas principales se preparan, cada cual a su manera. Fabian Raymond Picardo, esta vez, ha querido empezar el día acudiendo a la tumba del cerdo huido, aquel que escapó del matadero de La Línea cuando los matarifes lo acorralaban para darle caza y posterior muerte violenta, y escapó el cerdo del establecimiento y llegó hasta la playa, cerca del Cañito desde donde se lanzó al agua y nadando nadando cruzó la bahía hasta Gibraltar, “¡uff!, de la que me librado”, resopló el cerdo ante los turbados asistentes y testigos de su apresurada llegada, sacudiéndose el agua como un perro. Allí, ante aquellos pocos privilegiados, explicó su forzado escape y fue acogido por esos ciudadanos que viendo la proeza del porcino exiliado y la querencia que le suponían hacia su tierra lo cuidaron como a un hijo y lo llenaron de vida regalada hasta su muerte. Le dieron entonces sepultura en un digno rincón cerca del romántico cementerio de Trafalgar, con una placa en la que quedaba constancia de la admiración y respeto hacia el valiente animal. Picardo siempre había estado fascinado por esa antigua historia, desde pequeño quedó enganchado al cuento inverosímil, pero a la vez tan lleno de significciones, que a lo largo de su vida reflexiva fue encontrando en el suceso. Y hoy acude hasta la tumba, no para orar, sino para agradecer que el acontecimiento y el ejemplo del cerdo huido le haya ayudado a llegar, en alguna medida, hasta lo que hoy es: el Ministro Principal de Gibraltar. Él también ha huido constantemente de quien le ha querido matar, en sentido figurado, claro; no se ha dejado cazar, se ha lanzado al mar, o se ha metido en un charco si tuvo la necesidad, siempre que han tratado de frenar sus legítimas veleidades de ayudar a su comunidad. Desde luego, la visita a la tumba del cerdo ha afianzado su confianza en sí mismo, y su creencia en todo lo que significa el National Day se ha redoblado. Su cuerpo está lleno de nacionalismo, y un líder, sin dudas, transmite esto a sus ciudadanos. Al igual que otros consumen una sustancia farmacológica para reafirmar o aumentar su estado de euforia, Picardo se ha acercado solemne hasta la tumba para conseguir su psicoalteración.
Horas después, los gibraltareños de a pie, también henchidos de nacionalismo, visitantes de otras nacionalidades reivindicantes, turistas y linenses afectos al pueblo amigo, abarrotan ya la plaza, también los periodistas de los siete mundos conquistan posiciones idóneas, el acontecimiento está próximo a llegar a uno de sus momentos cumbre. Los asistentes, ante la inminente y anunciada aparición del Ministro Principal, se van aproximando por los laterales y confluyen desde otros puntos de la plaza frente al escenario. La prensa apremia a los despistados para que no les oculten el campo de visión. Ante la espera, se hacen grupitos, bien porque entre ellos se conocen y se han encontrado allí o bien por simple afinidad nacionalista, los corazones gibraltareños y adláteres están rebosantes de fraternidad. Desde luego que todos tienen en alguna medida algo parecido a amor patrio, o sensaciones y sentimientos difíciles de explicar. Como su líder, los cuerpos de los gibraltareños, sobre todo, y simpatizantes hoy, desprenden una energía especial, algo así como una fuerza orgásmica, una Potentia Gaudendi de alta combustión patriótica. Esta fuerza reúne al mismo tiempo todas las fuerzas somáticas y psíquicas, pone en juego todos los recursos bioquímicos y todas las estructuras del alma. El cuerpo gibraltareño es entonces un depósito pleno de energía nacionalista, el contenedor de un recurso natural envidiable que hace posible el funcionamiento espiritual de la maquinaria nacional.

Atención, porque el gran Picardo va a hacer su aparición: traje azul, camisa blanca, corbata roja, y un parche cubriéndole el ojo, (se decía que el día anterior le había salido un orzuelo y al tocárselo con los dedos sucios se le había infectado). La figura del líder es imponente, la puesta en escena propia de pueblos avanzados y orgullosos de lo conseguido en comunidad, eso es lo que se respira en ese momento epifánico en una Casemates Square apoteósica. Si tuviéramos a mano un artefacto medidor de esa Potentia, sin duda que veríamos la aguja en el extremo derecho queriendo salirse nerviosa del límite del marcador.
El Ministro Principal hace su aparición entre aplausos, da los tres o cuatro pasos necesarios para instalarse en la posición marcada y espera, flemático, sonriente, unos segundos hasta que los asistentes más alejados se van percatando de su presencia junto al micro, que supone la inequívoca e inminente intervención.
Todo está a punto para conmemorar el National Day, la expectación es máxima, miles de personas asisten al acto, el micro brilla y silba en un acople que rápidamente es silenciado: Picardo lo ha desplazado mínimamente, alejándolo de su influencia corporal, en un gesto solvente y profesional.
Apenas si el señor Picardo ha articulado el pertinente saludo a su audiencia, se oye desde el cielo, de menos a más, la música de la Guerra de las Galaxias. Algunos creen que es parte del espectáculo, pero al fin, extrañados, los presentes alzan la cabeza y ven aparecer sobre ellos los platillos volantes. Sofisticadas naves plateadas, de número impreciso, se suspenden a poca altura sobre Casemates Square y alrededores. El público queda petrificado, bien porque algunos piensan que, efectivamente, esto  pertenece a una espectacular puesta en escena (recuerden la Guerra de los Mundos) o bien otros piensan que es una invasión alienígena real, pero es solo cuestión de segundos que unos y otros empiecen a correr despavoridos, atropelladamente, pero es inútil, los eficaces rayos paralizantes dejan inertes a un número elevado de asistentes, no a todos, así como a los dirigentes que se encuentran en el escenario, envueltos en una sustancia parecida a la miel, (más tarde sabremos que a esto se le llama ambarización, recuerden la serie Fringe), en sus posiciones de huida o asombro. Excepto Picardo, que ha escapado: un acrobático salto hacia atrás y dos fintas precisas a los compañeros que se encontraban tras él, unos movimientos a cámara lenta en lo que parecía un spot del Corte Inglés sobre trajes flexibles y elegantes lo alejan del peligro, y como antaño su admirado cerdo huido desaparece de la escena. Picardo corre y deja atrás el escenario, se oculta en el túnel que une Casemates con la salida hacia el aeropuerto. No es gratuita su huida hacia esos lugares. Pocos días atrás se halló en las cercanías de la gasolinera BP una entrada a la roca que durante siglos estuvo oculta por desprendimientos y maleza. El caso es que investigadores avezados, atrevidos o lunáticos habían insistido a las autoridades gibraltareñas para que les concedieran permiso para dar con la localización de esa cueva, hasta que hace apenas una semana dieron con ella y encontraron en su interior lo que andaban buscando, esto es una pirámide de cristal opaco endurecido como el diamante de una altura de poco menos de cuatro metros. La pirámide contiene una energía desconocida para la ciencia actual. Nadie sabe nada, por ahora, sobre ella. La pista de la que partieron los investigadores es solo la descripción que aparece en uno de los tebeos ya viejos de El Capitán Trueno en el que el héroe, en una historieta que transcurre en Gibraltar, tras una desesperada lucha contra los musulmanes es derrotado y junto a un exiguo y maltrecho grupo de soldados logra refugiarse en la cueva, en la que descubren la pirámide. El bruñido aspecto del objeto y la excesiva suavidad que parece poseer la pirámide hacen que el capitán sienta una irrefrenable apetencia por tocarla. Y así lo hace. El cuerpo del Capitán Trueno desaparece. En las siguientes viñetas se ve cómo los soldados, angustiados, hacen lo mismo pero no se produce la esperada desaparición. Los musulmanes llegan a la puerta de la cueva, entran y los aniquilan. El Capitán Trueno se ha salvado: su cuerpo ha aparecido muy lejos de allí, en una inmensa llanura polvorienta con un castillo muy al fondo, quizás algún lugar de Castilla. Al pie de la imagen del torso de un capitán sorprendido, en actitud de defensa, aparece  la palabra Continuará…

Mientras tanto, nuevas naves se mantienen ahora sobre los alrededores de la plaza, sobre los tejados adyacentes, toda la ciudad debe haber sido ocupada y sus habitantes ambarizados. Y así es: la roca ha sido invadida, desactivados todos sus protocolos de defensa. De la nave nodriza bajan unos cuerpos amorfos de color verde, sin cuello, con varios ojos en lo que podríamos llamar cabeza y tentáculos varios en lugar de brazos (recuerden los alienígenas de la serie Los Simpson), la composición de esos cuerpos tiene la apariencia de ser líquida o gaseosa, o quizás una mezcla. Estos cuerpos quedan suspendidos junto a las naves, apenas a unos metros escasos de las cabezas de los asistentes al acto. Disponen pantallas líquidas gigantes, holográficas, junto a las naves, en ellas se explican en un correcto y práctico castellano la misión que los trae aquí, el procedimiento de extracción de nacionalismo que pretenden llevar a cabo y para qué lo necesitan.
            Se presentan como alienígenas llegados de Titán, son vugs. Su comunidad está sufriendo una crisis sin precedentes: pérdida de valores que creen fundamentales como al amor a la patria, la solidaridad entre los ciudadanos, o la falta de creencia en un proyecto común y una anhedonia generalizada ha sobrevenido de repente, sin explicación racional, dejando al satélite sumido en la peor crisis existencial de su larga historia. Todo su entramado sociopolítico y económico se ha desplomado, cayendo a índices negativos tan importantes que la vida vugsiana está al borde de la extinción. Eso queda dicho en las pantallas.
            De las naves salen unos rayos que parecen contener todos los colores. Estos rayos impactan sobre los cuerpos ambarizados, cuya miel que los rodea desparece en pocos segundos, quedando el cuerpo desvanecido sobre el suelo. La operación se lleva a cabo en pocos minutos. En las pantallas se explica simultáneamente que han puesto en marcha el proceso de extracción de nacionalismo de los cuerpos, que este recurso tan valioso será almacenado y llevado a Titán para ser administrado a los vugsianos. Una pequeña dosis de esta sustancia tan potente reactivará el ánimo de la población y podrán recobrar así su normalidad. Este es el motivo de su presencia, advierten que nada hay que temer, que su misión afecta solo a los nacionalistas con más alto índice de fervor patrio, que en pocos días se restablecerán, eso es lo que desean.

Fabián Picardo ha logrado llegar a la entrada de la cueva. Nada le impide acceder a ella puesto que los vigilantes y todo aquel que se ha encontrado en su huida ha quedado ambarizado. Exhausto por la carrera, por ese exceso de ejercicio al que no está acostumbrado, se desploma junto a la pirámide. Sabe que debe tocarla, que eso producirá algo, no sabe qué, podría ser incluso la muerte. Tiene que salvar a su pueblo. Su huida no ha sido un gesto cobarde sino un escapar hacia delante en busca de una solución, quizá, ante la magnitud del acontecimiento alienígena, la única, qué podría haber hecho si se quedaba.
            Se recupera y, erguido sobre sus cansadas piernas, extiende la mano hacia el cristal opaco, unas gotas de sudor resbalan por sus mejillas, las yemas de los dedos temblorosos se acercan al objeto extraño, quizá él solo sea un soldado raso, la pirámide no le ofrecerá nada, piensa mientras la mano ha quedado paralizada a escasos centímetros. Fabián Picardo, decidido, toca la pirámide.
            Su cuerpo aparece en Catalan Bay, muy cerca de Genoa House. Aturdido se incorpora, aún conserva su traje azul, su parche pirata, se examina brevemente, está completamente a merced de lo que quiera que vaya a ocurrir. Oye un ruido procedente del mar, es un cañonazo seguido de otros: el destructor José Luis Díez está siendo atacado, está tan cerca de la costa que puede ver con nitidez cómo las esquirlas grises del casco saltan por los aires, algunas llegan hasta cerca de la playa, y al poco Fabian ve como los cuerpos de los marinos mutilados llegan sobre las olas hasta las arenas, pero son los muertos de otros tiempos, de otras batallas, las pavanas sobrevuelan los cuerpos acompañándolos hasta la orilla, se adentran las aves en tierra, llegan hasta la iglesia y vuelven sobre las aguas, queriendo posarse sobre los muertos varados, inquietas. Entre los restos que llegan a la orilla está la bandera de la república española, una ola espléndida la deposita casi a sus pies, Picardo se acerca, la recoge, está ajada la bandera. Cuando se dispone a llevarla hasta la casa de su abuela, de repente se encuentra en una callejuela que da a Main Street, oye una melodía, son los primeros compases de Bardengesang auf Gibraltar: O Calpe!

O Calpe! To you it is thundering at the foot of,
However, there looks your millennial summit
Quietly in worlds around.

“No es posible…”
Antes de terminar la frase ya se encuentra en la frontera (recuerden la película de Buster Keaton), deben ser los años cincuenta del siglo xx pues todo a su alrededor es blanco y negro, los autos de la época…, “…pues a los serbios no les gustan los bosnios…” oyó decir a uno de La Línea que pasaba a su lado. Pero extrañamente ve como una mujer, a poca distancia de él, habla por un móvil. Quiere acercarse a ella pero… todo este proceso loco y sin sentido lo devuelve a los pies de la pirámide.
Quizá sea necesario volver a tocarla, pensó Fabian. Pero no se atrevió.
Salió de la cueva. A pocos metros estaban los vigilantes ya desambarizados, pero aturdidos, como zombis, recostados sobre la roca. Cuánto tiempo ha transcurrido fue lo primero que se preguntó. Dio unos pasos y no vio platillos volantes en el cielo, sin embargo, hasta donde alcanzaba su vista no parecía haber actividad humana. Los vigilantes no tuvieron en cuenta su presencia, parecía como si no lo vieran. Se acercó a uno de ellos y lo tocó en el hombro, eh! ¿qué ocurre? El hombre, al sentir la mano de Picardo sobre él se recuperó de inmediato, había desparecido todo rastro de zombificación, y Picardo se miró la mano, la misma con la que había tocado la pirámide, que había adquirido una tersura rayana en lo inexistente y una transparencia azulada que dejaba ver el entramado fisiológico de su interior. Corrió hasta el otro vigilante e hizo lo mismo, el hombre se sobrepuso con diligencia, se alzó ya recobrada su normalidad.
Picardo comprendió que debía acudir a Casemates Square. Antes ordenó a los vigilantes que protegieran la cueva. Estos obedecieron al Ministro Principal. No encontró a nadie en el trayecto hasta el túnel, pero al llegar a la plaza el panorama era aterrador. Cientos de personas yacían en el suelo, unos encima de otros, apoyados sobre las paredes, parecía que nadie tuviera fuerzas para mantenerse en pie, excepto unos pocos que acudían aquí y allá sin saber qué hacer. Las naves se han ido hace poco menos de una hora, le dijo uno que al reconocerlo corrió hasta él. Picardo volvió a mirarse la mano transparente, y comenzó su tarea. Sentía que su cuerpo estaba aún lleno de nacionalismo. Fue tocando uno a uno a todos los damnificados. Estos se levantaban al momento, y seguían a su líder. Un último héroe, por ahora, (recuerden a Joseph Campbell), un héroe de mil caras.
Poco antes del anochecer, cuando ya todos los cuerpos habían recuperado su Potentia nacionalista, el señor Picardo soltó los globos rojos y blancos que parsimoniosos acudieron al cielo. Y fueron como almas que quieren fundirse en el infinito, allí donde todo es ideal, inalcanzable.

(Recuerden: “¡Por dios! ¿Nos hemos vuelto locos?”)

sábado, 17 de diciembre de 2016

040. apretar el gatillo. flash woman

Flash Woman
Miguel Guerrero


Sobre Flash Woman
por José Antonio Luque

Uno de los principales (y más importantes de lo que a simple vista parece) géneros de ficción del siglo XX / XXI es, sin duda, el de superhéroes. Fundamental en el universo de los cómics y últimamente también (aunque de una manera mucho más descafeinada, para-todos-los-públicos) en el cine mainstream. Pero, curiosamente, poco transitado en literatura; así, sin pensar mucho, recuerdo El señor de la luz de Roger Zelazny o Mundo de dioses de Rafael Marín (ambas consideradas ciencia ficción), o alusiones más o menos explícitas en la obra de autores como Lethem, Chabon o Pynchon.

Todo esto viene a cuento porque acabo de leer un pequeño relato de Miguel Guerrero, “Flash Woman”, y eso me ha recordado otro relato suyo, incluido en Pruebas de lo equivocados que estamos siempre,  “Juan Gil Gámez”. Pues bien, esto es género de superhéroes escrito, sin dibujos ni fotogramas ni efectos especiales; solo palabras (e ideas, claro).
Pero Miguel Guerrero no es un escritor de género (es, más bien, un escritor transgénero): coge lo superheroico y lo arrima a su sardina: ¿realismo mágico?, no (que descanse (afortunadamente) en paz); ¿realismo costumbrista/superheroico? (cuando una etiqueta tiene más de una palabra, malo..); ¿new weird? (¿todavía se habla de los extraños? (ando un poco desconectado del mundillo (sub)cultural últimamente). Vamos a dejarnos de tonterías: este “Flash Woman” es un cuento de Miguel Guerrero, un autor que (no sé si intencionadamente o “porque el mundo lo ha hecho así”) se ha situado en una (incómoda, pero, a la vez, privilegiada) tierra de nadie (interzona..., me susurra W.S.B.) que le permite escribir (con la misma estricta pluma) esta deliciosa fruslería o una obra del tamaño (y no hablo de número de páginas) de La temperatura.


La efigie de Flash Woman fue pintada en el frontispicio de la discoteca, tintada en blanco y negro presidía la puerta principal del local. Sus cabellos ensortijados y la serena belleza de su rostro había alimentado las fantasías de una generación entera, y muchas chicas de la ciudad la habían imitado, tanto su aspecto físico como su comportamiento liberal y cosmopolita.
            En realidad su nombre era Encarni Santiago. Su madre había llegado aquí formando parte de un espectáculo de variedades y cuando terminó sus representaciones la compañía se deshizo de ella y de algunas compañeras más, quedó varada en la ciudad a merced de su ingenio y de sus habilidades amorosas remuneradas, una héroe anónima de aquellos tiempos. Trabajó en el cabaret Zapico y luego a las órdenes del Gallo Marini y más tarde puso casa propia en la que recibía, en uno de los patios de la calle San José.
            La madre, con toda su buena intención, la había educado y la dirigía hacia la idea de que quizá el mejor proyecto para una vida sin dificultades era casarse con un buen chico con trabajo, no demasiado pijo pero en absoluto bajuno, y perderse en las insustanciales tareas domésticas que te ofrecen constantemente una relajada satisfacción prolongada, sin sobresaltos. Pero Encarni se empleó en cuanto pudo en una peluquería y sin contradecir el proyecto materno lo fue posponiendo sine die, no sin arrepentirse de no llevarlo a cabo cada vez que el dueño del establecimiento, que ella pensó al principio que “entendía”, la acosaba un día sí y otro también, tanto en lo laboral como en lo sexual. Esto la llevó a un lugar cercano a la neurastenia, que seguramente alteró la esfera de su sistema nervioso cuando estas agresiones sobrepasaron sutilmente su umbral de resistencia.
Los negros cabellos de Encarni eran rizados, largos y suaves, que flotaban muelle al andar, de una textura consistente, una fortaleza y brillo que no pasaba desapercibido a nadie y se había convertido en su rasgo físico más peculiar, la mirada de todos siempre se posaba en ellos. Una tarde noche, una vez cerrada la peluquería al público, el dueño le pidió que se quedase, que tenía que comentarle algo. Y lo que pasó unos minutos después es lo que ya sabemos. Acorralada en una esquina del local se había quedado sin más sitio en el que retroceder. Sin saber cómo, notó que sus cabellos se electrizaron, pasaron del negro al gris y adquirió su cabellera un tono platino mate que parecía tener la fortaleza de un acero blando que, a poco que ella hizo el gesto de lanzarlo hacia delante buscando la defensa, el cabello se prolongó como cuchillas hasta la cara del malvado. Hizo un leve corte en la mejilla, limpio, y se retrajo hasta su posición habitual, de nuevo dócil y encantador, en un alarde de efectividad y precisión que a Encarni ni siquiera le había dado tiempo a asimilar. Tan sorprendida como el malo, la situación quedó en un impasse, paralizado el agresor, la mano llevada a la mejilla, entre los dedos brotaba el bermellón de la mala sangre.
Tras este suceso tan perturbador, Encarni decidió alejarse de la ciudad. Se retiró durante 53 días a un lugar perdido del Atlas marroquí, y allí meditó. Y una vez resuelta a utilizar su poder en defensa de los agredidos, se dispuso a practicar. Pero el cabello no respondía. Trataba de lanzarlo sobre un árbol, convertirlo en cuchillas afiladas y herir el tronco, pero se mantenía en su estado habitual. Desanimada, pensó que lo que pasó aquella tarde noche en la peluquería había sido solo fruto de su imaginación o un acontecimiento aislado y extraño que nunca más volvería a repetirse. Volvió a la ciudad. Tuvo la suerte de encontrar trabajo poniendo copas y más tarde como relaciones públicas en la discoteca Flash. No se olvidó del comportamiento de su cabello e insistió en recobrar su habilidad capilar, pero este se negaba a la acción.
Una madrugada, cuando volvía a su casa después del trabajo en la discoteca, fue abordada cerca del bar Los Navegantes, dos individuos se le acercaron y uno de ellos le pidió fuego para su cigarrillo, el otro se posicionó a su espalda. Sintió una tensión especial en todo su cuerpo y les pidió que la dejaran, que no quería hacerles daño. Se rieron. El que estaba frente a ella tendió la mano y quiso rozarle la mejilla: Encarni retiró la cara. El que estaba a su espalda le tocó los cabellos: bonito pelo, murmuró. Los rizos se tensaron y decolorados al gris ceniza se lanzaron hacia la mano que los había tocado, produciéndole heridas leves. El que estaba frente a ella quiso cogerla por los brazos pero los cabellos se rehicieron, se alargaron doblemente hacia delante y alcanzaron afilados el rostro del asaltante que ante el ataque cayó de espaldas sobre la acera mojada, las heridas apenas si sangraban, gracias a la precisión que había aplicado a la acción de sus cabellos. Los individuos corrieron del lugar. Encarni respiró hondo, sacó un cigarrillo de su pitillera y comprendió todo. Cuál era la forma de funcionamiento de su poder y cuándo era posible utilizarlo. Solo en ese momento cargado de adrenalina se activaba.


La popularidad de Encarni como relaciones públicas de la discoteca Flash, sita en la Avenida España, había llegado a tales índices que las jovencitas imitaban su peinado sobre todo, la forma de vestir y su saber estar ante los tíos que en la discoteca la abordaban sin miramientos. Ponía a cada uno en su sitio con dos frases y una mirada oportuna, y en poco tiempo pasó a ser respetada tanto en el local como fuera de él.
            Su trabajo se desarrollaba solo de viernes a domingo, así que el resto de días Encarni se había dedicado secretamente a usar su poder a favor de las víctimas del maltrato. Conocía bien su barrio, detectaba con suma facilidad aquellos hogares en los que, soterradamente, se ejercía la violencia como forma habitual en el trato entre parejas, casi en su totalidad del hombre hacia la mujer.
            Encarni pasó a ser Flash Woman; para no ser reconocida utilizaba un traje de cuero negro mate ajustado que le permitía agilidad en sus movimientos, y un antifaz que le cubría la cara hasta el borde del labio superior. Cenaba con su madre, ya prácticamente retirada de su oficio, hacía años que no recibía en su nueva casa, solo hacía algún trabajo ocasional que le reportaba más placer que ingreso económico, y enseguida Encarni se retiraba a su habitación desde la que trepaba hasta los tejados colindantes. Envuelta en las primeras negruras de la noche, Flash Woman se dirigía a su objetivo ya previsto, saltaba de azoteas a tejados y se deslizaba por bajantes hasta los callejones. Aguardaba el paso del maltratador y se encaraba a él en cuanto lo tenía a pocos metros de distancia. Amenazaba con matarlo si seguía su conducta agresiva hacia su mujer y le aconsejaba, por su bien, que dejara esas prácticas. Generalmente los hombres la atacaban, algunos le sacaban una navaja, pero el cabello de Flash Woman, entonces, lanzaba su ataque con tal rapidez y precisión que no daba tiempo al hombre a nada. Sorprendido, recibía sus tres o cuatro cortes en la cara o en las manos y quedaba aturdido por momentos. Flash aprovechaba para desaparecer de la escena.
            Este fue el modus operandi de Flash Woman durante un tiempo, en el que ella pudo comprobar que la violencia en su zona de acción había descendido, aunque solo fuera por el temor de los hombres a ser atacados de nuevo. Más de una vez tuvo que repetir la acción sobre un mismo individuo que no se daba por aludido y esto acababa convenciéndolo del peligro que corría si volvía a las andadas. Pese al incansable y planificado trabajo, Flash pudo constatar un año después de empezar que si bien al principio había podido ayudar a bajar los índices de violencia, aparecían nuevos casos, se multiplicaban, podría hablarse de epidemia y cada vez el número de mujeres muertas a manos de sus compañeros era mayor. Aunque llegó a comprender que la solución al problema no podía ser una tarea individual, siguió haciendo lo que podía, aunque solo fuera por ayudar, pero en muchas ocasiones ya había querido dejarlo definitivamente.
El resto del tiempo hacía vida normal, todo le iba bien y seguía su trabajo en la discoteca. Pero quiso la fatalidad que una noche de sábado, cuando la pista de baile estaba a tope, la música arrastraba a más y más jóvenes a bailar, hubo un revuelo de empujones y golpes en el centro de la multitud hasta que al hacerse un claro quedó expuesta una pareja que forcejeaba, sobre la música suspendida él daba golpes a la chica y cuando la tuvo asida por el pelo la sacó de la pista. Encarni no entraba nunca en estas trifulcas, para eso estaban los de seguridad, pero pasaba el tiempo y estos no aparecían así que el cabello de Encarni se activó pese al esfuerzo que ella hacía para que esto no sucediera, no podía dejarse ver en público, esto acabaría con su labor, sería su fin como Flash Woman. El cabello, sin posible remedio, se electrizó hasta conseguir el bello color platino mate, llegó hasta el agresor e hizo los cortes pertinentes, pero esta vez alcanzaron mortal y equivocadamente la yugular, los cabellos de Encarni volvieron a su posición primera y atónitos todos los presentes pudieron ver cómo el chico caía al suelo y en pocos segundos yacía sobre un lago de sangre espesa, roja, oscura.
            Entonces todos comprendieron que Encarni era la heroína de la que ya empezaban a circular más que rumores. Era vox populi que alguien andaba por las noches haciendo justicia en lo que aún no recibía el nombre de violencia de género. Algún que otro violento que había sufrido la advertencia de Flash acababa contando el suceso en la barra de un bar al calor de unas copitas de más, y enseñaba las cicatrices con el orgullo del sobreviviente. Fue desde entonces que a Encarni se le pasó a llamar popularmente Flash Woman y, poco tiempo después, su efigie presidía la entrada de la discoteca.


Encarni fue apresada y pasó siete años en el talego. Allí le cortaron el cabello al uno, con la obligación de pasar cada quince días por la peluquería: si algo tenían claro las autoridades de la prisión era cumplir esta disposición que había sido incluida con carácter irrevocable en su condena.

            Cuando Encarni salió ya no existía la discoteca, había sido cerrada hacía unos años, pero aún quedaban restos de su retrato en la madera descolorida y a trozos desvencijada. Una vez fuera Encarni no se dejaba crecer el cabello, lucía una corta melena que se había encanecido en su totalidad, y cuya longitud tenía prohibido pasar más allá de lo prudente. En el interregno había fallecido su madre, y nada más llegar a la ciudad comprobó que apenas era reconocida, excepto por aquellos que fueron sus amistades más cercanas, que la ciudad a la que volvía ya no era la misma. Se acogió a un programa de reinserción que consistía en un puesto de cajera durante seis meses, prorrogable si así lo estimaba la dirección del establecimiento, en el Mercadona de la calle Clavel, construido en la finca en el que estaba el Patio Negrotto, allí donde su madre puso su primera casa en la que recibir. Allí encontró lo que equivocadamente llaman felicidad, a lo que ella sabiamente no aspiraba, eso que ella sabía que no es más que cierta tranquilidad que se consigue con una ambición moderada, lejana a toda pretenciosidad, y no como se cree comúnmente.

sábado, 10 de diciembre de 2016

apretar el gatillo. 039. los mejores libros, según luke branded

Los mejores libros, según Luke Branded
Miguel Guerrero

Una vez terminada la entrevista, cuando el micrófono y las cámaras habían desaparecido del improvisado plató que se había montado en aquella cafetería de la calle Real, Luke pidió otra botella de agua mineral y me convidó a que tomara algo, pida lo que quiera que invitó yo, me dijo. Sacó del bolsillo interior de su chaqueta a cuadros, con coderas de ante marrón, unos folios doblados en tres partes y me los entregó. Mírelos usted, he anotado un listado de los libros que más me han impresionado, aquellos que por diversas y extrañas razones me han parecido los mejores de entre todos los leídos en lo que va de siglo xxi. Es una lista personal que no tiene ningún afán de ser exhaustiva ni canónica sino que, como mucho, será un reflejo de esa realidad que cada uno de nosotros fabricamos mientras vamos existiendo. Una pregunta recurrente que me hago es por qué estos y no otros, por qué no han sido otros los libros leídos y de los leídos por qué estos me parecen mejores. Desde luego que mi pregunta, cada una de ellas, es retórica, no pretendo obtener respuesta, pero el sonsonete interrogativo me agrada, solo eso. Puede publicarla, si le parece bien, como complemento de la entrevista que me acaba de hacer. Como la entrevista sostiene una forma de mostrarse y esconderse a la vez, un juego para desocupados, para paliar mi parquedad y solipsismo le entrego este listado. Yo pienso que en él hay más información sobre mi persona que toda la que haya podido aportar en las respuestas que le he dado en la entrevista. O eso creo.
            Así que, sin más dilación, les muestro el listado que el señor Luke Branded tuvo a bien entregarme.        
           
Stone Juntion, Jim Dodge; La ciudad y la ciudad, China Mieville; Deshielo y ascensión, Alberto Cortina Urdampilleta; La historia de tu vida, Ted Chiang; La sombra sobre Innsmuth, H.P.Lovecraft; Los reconocimientos, William Gaddis; Residuos, Tom McCarthy; Le Park, Bruce Begout; La casa de hojas, Mark Z. Danielewski; Bufo and Spallanzani, Rubem Fonseca; Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes; Don Quijote de la Mancha, Alonso Fernández de Avellaneda; La broma infinita, David Foster Wallace; El día de la creación, J.G.Ballard; Testo Yonqui, Beatriz Preciado; Conversaciones con David Foster Wallace, VV.AA.; Las correcciones, Jonathan Franzen; La saga de los Marx, Juan Goytisolo; Warlock, Oakley Hall; Europa Central, William T. Vollmann; El orden del caos, Francisco Collado Rodríguez; Gestarescala, Philip K. Dick; Contraluz, Thomas Pynchon; Submundo, Don DeLillo; Tiempo de Marte, Philip K. Dick; El grado cero de la escritura, Roland Barthes; El palacio de las nueve fronteras, Onoff; Bartleby y compañía, Enrique Vila-Matas, Furia Feroz, J.G.Ballard; El invernadero, Wolfgang Koeppen; Arqueologías del futuro, Fredric Jameson; El arco iris de gravedad, Thomas Pynchon; Pruebas de lo equivocados que estamos siempre, Miguel Guerrero; Casa desolada, Charles Dickens; Corona de flores, Javier Calvo; La ciudad vampiro, Paul Feval; Zona, Mathias Enard; 1280 almas, Jim Thompson; Dientes blancos, Zadie Smith; Michael Kohlhass, Heinrich von Kleist; La mujer de la arena, Kobo Abe; Mason y Dixon, Thomas Pynchon; Vineland, Thomas Pynchon; La Dalia Negra, James Ellroy; Tu rostro mañana, Javier Marías; Meridiano de sangre, Cormac McCarthy; Los detectives salvajes, Roberto Bolaño; Ubik, Philip K. Dick; La oscuridad exterior, Cormac McCarthy; Crítica y Ficción, Ricardo Piglia; Watchmen, Alan Moore, Dave Gibbons, John Higgins; Hambre, Knut Hamsun; Sobre la historia natural de la destrucción, W.G.Sebald; Spiritus, Ismail Kadare; Yonqui, W.S.Burroughs; Adolf, Osamu Tezuka; Providence, Juan Francisco Ferré; El escritor y sus fantasmas, Ernesto Sábato; Lo antiguo y lo nuevo, Marthe Roberts; Carta al padre, Frank Kafka; Kafka. Los años de las decisiones, Reiner Stach; Crónica de los Wapsoht, John Cheever; Mantra, Rodrigo Fresán; La ópera flotante, John Barth; Kraken, China Mieville; Ruido de fondo, Don DeLillo; Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, D.F.Wallace; Siete precursores, Marcel Reich-Ranicki.


Unas semanas después de aparecer en prensa tanto entrevista como listado, el señor Branded me llamó para felicitarme por mi trabajo, y me dijo, como de pasada, que en ese tiempo transcurrido desde nuestra cita ha ido recordando algunos títulos más que deberían, por méritos propios, según su gusto, estar en esa lista, pero no demasiados, no crea, no muchos más, me dijo.

apretar el gatillo. 038. "los seres humanos iban y venían"

Los seres humanos iban y venían
Miguel Guerrero


ALGO SUPUESTAMENTE DIVERTIDO QUE NUNCA VOLVERÉ A HACER (1997)
David Foster Wallace. Traducción Javier Calvo. Debolsillo. Mondadori. 2012. 154 págs.

Me he reído con este libro de David Foster Wallace como me he reído con los libros de Kafka. Me he preguntado si D.F.W. es tan grande como K. y por supuesto me he contestado que no, pero tengo la sensación de que dos generaciones más tarde los lectores de ambos encontrarán una distancia muy pequeña entre ellos o ninguna, y muchas más similitudes que las que yo ahora aprecio intuitivamente. Entre ellas puedo apuntar dos: El humor y la honestidad (1).
            Otra, menos clara, es la sensación de que ambos, cuando escriben, lo que hacen es redactar un Informe. Son dos funcionarios que dejan constancia de la existencia mediante la escritura. En el caso de D.F.W. y este libro, lo he leído como si se tratara de un briefing, como si el escritor fuera el empleado de una Agencia Publicitaria a la cual Cruceros Celebrity encarga un estudio sobre el funcionamiento in situ de la empresa. Este informe (Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer) que redacta D.F.W. servirá a la compañía de mega cruceros por el Caribe para mejorar las prestaciones de sus servicios, así como para entender los comportamientos de sus clientes, los consumidores –léase, en un sentido amplio, ciudadanos– que adquieren este tipo de productos.
            Un detalle: el final (del libro de D.F.W.) es demasiado abrupto, incluso para mí que no me desagradan los finales abruptos.

(1). Este libro ha sido editado por Random House Mondadori. Si puede no deje de leer el artículo “Paradojas de lo cool. Micro propuestas para una posible lectura política de lo literario” de Alberto Santamaría que aparece en el número 340 de la revista Quimera. Marzo 2012.
Leer aquí: http://miguelguerreroruiz.blogspot.com.es/p/blog-page.html.
                Abundando en este tema, la edición que manejo tiene como colofón el siguiente texto:
                “El papel utilizado para la impresión de este libro ha sido fabricado a partir de madera procedente de bosques y plantaciones gestionados con los más altos estándares ambientales, garantizando una explotación de los recursos sostenible con el medio ambiente y beneficiosa para las personas. Por este motivo, Greenpeace acredita que este libro cumple los requisitos ambientales y sociales necesarios para ser considerado un libro amigo de los bosques. El proyecto Libros amigos de los bosques promueve la conservación y el uso sostenible de los bosques, en especial de los Bosques Primarios, los últimos bosques vírgenes del planeta.”


David Foster Wallace. Traducción Marcelo Covián. Revisión Javier Calvo. Mondadori. 2008. 1.208 págs.

El gran proyecto literario de Flaubert era de largo alcance y quizás múltiples caras, aunque su íntima intención debe quedar divida en dos grandes aspiraciones. Una de sus líneas a seguir era la negación de todo dirigiéndose hacia el vacío en el que habita la nada, o la sospecha de la nada, y quedó cerrada y conclusa, tal vez, con el nouveau roman: el libro de páginas en blanco soñado por Flaubert era el siguiente y último paso.
            El otro camino a seguir era el de la negación de todo cayendo en la sobreabundancia, lo excesivo, un maximalismo cruel, la nada en todo, y este camino ha quedado cerrado y concluso, tal vez, con La broma infinita.


3/7/11

sábado, 13 de febrero de 2016

apretar el gatillo.37. cito en extenso

Cito en extenso
(A propósito del modus operandi contra los titiriteros)

"09. Si los delirios de un loco o los rumores malintencio­nados (...) acusan a una pobre anciana, ella es la prime­ra que sufre las consecuencias.
10. Sin embargo, para evitar que parezca que se la acusa basándose únicamente en rumores, sin ninguna prueba, se obtiene una presunción de culpabilidad planteando el siguiente dilema: o la mujer ha llevado una vida licen­ciosa o ha llevado una vida decente. En el primer caso, es culpable. La segunda posibilidad es prueba igualmen­te irrecusable, pues las brujas siempre intentan parecer virtuosas.
11. A continuación encarcelan a la anciana. Se plantea un segundo dilema, del que se deriva otra prueba: si tiene miedo o no. Si lo tiene (por conocer los terribles tor­mentos que se emplean con las brujas), es una prueba indiscutible, pues su conciencia la acusa. Si no lo tiene (confiada en su inocencia), también es una prueba, pues las brujas se caracterizan por fingir inocencia y llevar la cabeza muy alta.
12. Para no limitarse a estas pruebas, el investigador tiene sus ayudantes, en muchas ocasiones infames y deprava­dos, que husmean en el pasado de la acusada. Natural­mente, esto no puede hacerse sin que unos hombres pre­dispuestos a la distorsión y la mentira conviertan dichos o hechos de la mujer en pruebas de brujería.
13. Cualquiera que no la quiera bien tiene entonces la oportunidad de presentar contra ella cuantas acusaciones desee, y todos aseguran que las pruebas son concluyentes.
14. Y así empiezan a torturarla, a menos que, como ocu­rre con frecuencia, la hayan torturado desde el día de su detención. (...)
16. Para que parezca que la mujer tiene la posibilidad de defenderse, al comparecer ante el tribunal se leen y exa­minan los indicios de culpabilidad.
17. Aunque niegue estas acusaciones y conteste satisfac­toriamente a todas ellas, no se le presta atención y ni siquiera se deja constancia de sus respuestas. La encar­celan de nuevo, para que considere si debe persistir en su obstinación, pues, como ha negado su culpa, mantie­ne una actitud de rebeldía.
18. Al día siguiente, vuelven a sacarla y le leen la orden de tortura, como si no hubiera rebatido las acusaciones. (...)
21. Una vez afeitada y examinada, torturan a la mujer para obligarla a confesar la verdad, es decir, a declarar lo que ellos quieren, pues ninguna otra cosa puede ser ver­dad.
22. Empiezan por el primer grado, es decir, la tortura más leve. Aunque terriblemente cruel, es suave en compara­ción con los tormentos siguientes. ¡Por eso, si confiesa dicen que lo ha hecho sin tortura! (...)
24. Le quitan la vida sin ningún escrúpulo, pero la habrían ejecutado incluso si no hubiera confesado, pues en cuanto empieza la tortura, su suerte ya está echada: no puede librarse de la muerte...
25. El resultado es el mismo, confiese o no. Si confiesa, es claramente culpable y la ejecutan. La retractación es inú­til. Si no confiesa, se repite el tormento, dos, tres, cuatro veces. En los delitos excepcionales, la tortura no tiene límites en cuanto a duración, crueldad o frecuencia.
26. Si en el transcurso de la tortura la anciana retuerce el rostro por el dolor, dicen que ríe; si pierde el conoci­miento, que duerme o que se ha hechizado a sí misma para no hablar. Y si se niega a hablar, merece que la que­men viva, como se ha hecho últimamente con varias acusadas que no dijeron lo que querían sus verdugos, a pesar de los tormentos.
27. Y confesores y clérigos coinciden en que ha muerto impenitentemente y rebelde, que no deseaba convertir­se ni renunciar a su íncubo y que se mantuvo fiel al mismo.
28. Si muere a consecuencia de la tortura, dicen que el diablo le ha roto el cuello. (...)
30. Si no muere a consecuencia de la tortura y si algún juez excepcionalmente escrupuloso duda si debe apli­carle más tormentos sin que se hayan aportado más pruebas, continúa en la cárcel, cargada aún con más cadenas, hasta que cede, aunque tarde un año.
31. Nunca llega a limpiar su nombre de sospecha. El comité de investigación consideraría deshonroso absolver a una mujer, y una vez detenida y encadenada, tiene que ser culpable, por las buenas o por las malas”.

(Cautio criminales -1631-,Custión 51, cit. en R.H. Robins, op. cit., pp. 551-552)
Recogido esto del libro Franz Kafka o la acusación como condena de Miguel Catalán. Ediciones sequitur.

sábado, 5 de diciembre de 2015

apretar el gatillo.36. las gafas

Las gafas
Miguel Guerrero

Si las gafas que usas son antiguas y ya la graduación que tienen no es la que necesita tu mirada, si es así verás la realidad borrosa, difícilmente captarás más allá del conjunto, los bordes difuminados, no podrás leer correctamente el mundo que te rodea. La interpretación que haces de él será irremediablemente inexacta, desfasada y las más de las veces el mundo se presenta incomprensible, lo más seguro es que ante esta circunstancia acabes elaborando un patrón más o menos fijo con el que interpretar cualquier acontecimiento de ese mundo, construido con urgencia porque si no tienes opinión no eres nadie. El ser reconocido y respetado como persona ante los demás te obliga a tener una idea y si es necesario imponerla. Es posible que estés orgulloso de ser una persona formada, con criterio y capacidad de discernir qué es lo conveniente o no, aplicas el sentido común, la lógica y unas dosis de humanidad y sensibilidad hacia lo injusto, y al final llegas a tener una opinión, que rara vez pones en duda, y quizás esa opinión se ha formado a través de unas lentes deformadas. Tu juicio sobre la realidad o la existencia o los comportamientos humanos viene dado por un enfoque que no puede abarcar los matices de la actualidad, que en nuestros días esos matices no son acompañantes decorativos con pretensiones estéticas a la vieja usanza, sino que conforman el núcleo decisivo que da tensión y singularidad a esa información que la mirada quiere obtener.
            Sin duda estás confiado en que al hacer una valoración sobre cualquier tema los aspectos generales del mismo no variarán con respecto de aquellos que sobre el mismo tema hacen los que llevan las gafas adecuadas, en el mejor de los casos coincidís en esa generalidad, digamos que la coincidencia se da en lo esencial del asunto y tú piensas por eso que los dos lleváis el mismo tipo de gafas. Pero esa confianza se desvanece cuando el de las gafas nuevas encuentra en ese tema variantes y matices, interpretaciones que la lente bien temperada de sus gafas no le oculta. Puedes pensar que esos nuevos puntos de vista son libertades imaginativas del de las gafas nuevas o bien graduadas, si eres algo inteligente o curioso te quedará algo de duda, pero solo notarás las diferencias cuando adquieras unas gafas con la graduación adecuada para interpretar fielmente nuestro tiempo. Conozco alguno que ni siquiera tiene en su horizonte la necesidad de adquirir unas gafas convenientes. Su visión del mundo le parece la correcta, se reafirma en ello sin un ápice de duda, su método de verificación de la realidad se formó hace años y pensó en ese momento que ya había llegado al punto justo desde el que valorar con acierto la existencia, que ya no le hacía falta más, se creyó solvente con haber acertado en varias ocasiones en aquel momento y aplaudido por individuos que usaban el mismo tipo de gafas. Pero a día de hoy sigue aplicando la misma mirada a una existencia cambiada, valora la actualidad con herramientas obsoletas, inapropiadas, y el resultado es que su comprensión y opinión sobre cualquier asunto es de baja intensidad, naif, obvia, simple (cree poseer la simplicidad a la que llegan los sabios), etcétera.
            Digamos que las gafas antiguas solo te permiten, entre otras cosas, ver el mundo en dos dimensiones, mientras que las bien graduadas alcanzan con facilidad las tres dimensiones, desde luego que estas dejan ver un mundo más rico en todos los sentidos. Son prótesis, su efecto es parecido en cierto modo al de las drogas: en este caso amplían la percepción de la realidad.
            El mundo no puede ser mirado en nuestros días con los presupuestos éticos y estéticos del pasado. En poco más de medio siglo se han producido cambios científicos, sociales, tecnológicos, morales, filosóficos, de sensibilidad, de manera que esas gafas a las que te aferras ya no captan la complejidad de que está compuesta nuestra inventada realidad actual. Quizá sea necesario introducir en nuestro bagaje cultural la duda, revisar nuestro mecanismo crítico para comprobar si está funcionando adecuadamente, preguntarnos, como hizo Robert Walser el día en que su hermana lo llevó al manicomio, al despedirse de ella al pie de la escalinata que da entrada al establecimiento, “¿estamos haciendo lo correcto?”, la hermana calló, le apretó la mano y se dirigió a su coche para marcharse, mientras, dos médicos cogían cada uno un brazo del paciente, Walser volvió la cabeza y vio cómo se alejaba el coche de su hermana, y entraron. En nuestro caso no creo que pase nada por hacernos la misma pregunta. Y eso que nosotros posiblemente llevemos dentro ya mucho tiempo.


sábado, 28 de noviembre de 2015

apretar el gatillo.35. barbarie

Barbarie
Miguel Guerrero

Para mí, la barbarie sucede cada día a tres metros de distancia. Es la separación aproximada que hay entre mi posición en el sofá y la pantalla de TV. La representación de esa barbarie está siendo constantemente mostrada. Apenas enciendes la tele y zapeas un poco la encuentras, la sociedad del espectáculo que anunciaron los situacionistas está en plena ebullición. Lo de Siria, lo de París, el careto de Putin, los tertulianos de cuatro, es el tema estrella del momento. Si miro hacia algún punto del salón veo que todo está en su sitio, el perro dormita apaciblemente en la alfombra, se oye el sonido de una moto que, aunque lejano, me molesta; el polvo se está acumulando sobre los estantes del mueble aparador. (Hasta la Primera Guerra Mundial, o la Gran Guerra, como se llamó en su momento, la muerte de civiles apenas alcanzaba un 6%. En los años noventa, por ejemplo, en la guerra de Yugoslavia más del 92% de los muertos eran civiles).
            Mientras veo las noticias me digo que la guerra no es la solución, es el problema, que hasta que, como decía Luke Branded, los gobiernos de Occidente no cambien su política exterior agresiva hacia los países desfavorecidos por una de colaboración y ayuda nada cambiará. Por lo tanto, me digo yo, nada va a cambiar. Y este pensamiento se me mezcla con otro que me hace recordar que no he sacado del congelador los filetillos de pollo que compré en Mercadona hace dos días para hacer la cena de esta noche. Exagero, me digo, y me levanto y saco los filetes del congelador, seguro que para las ocho y media o las nueve ya estarán descongelados, si no es así ya improvisaré otra cena, siempre se me ocurre algo… (El teorema de Goedel dice que ningún sistema puede explicarse a sí mismo, ninguna máquina puede entender su propio mecanismo. Y lo de la navaja de Occam: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”).
            Cuando vuelvo al salón el perro se ha tumbado en mi sitio, sagrado, del sofá. Con solo mirarlo el perro se baja y sobre la alfombra se estira y mueve la cola mirándome. En la tele están poniendo la foto de las Azores, ¡qué hijosdeputa!, pienso. Hago zapping  y sale Hollande, cariacontecido, prometiendo a los ciudadanos que la fiesta va a continuar, que va a mandar aviones parar bombardear no sé qué. Cuando terminó el telediario, o los telediarios, me eché una cabezadita, no más de diez minutos, y lo primero que pensé al volver en mí fue que cuántos niños habrían muerto en ese tiempo somnoliento mío, en cualquier parte del mundo, cuánto habrían ganado los señores de la guerra y cómo prospera la industria armamentística y cómo España le vende artilugios que matan a Arabia Saudí que dicen que son amigos de Estado Islámico y que todas esas ventas repercuten luego en el bienestar de las sociedades occidentales, recaen en nuestro beneficio, y cuántas cosas más de ese tipo de las que ni nos enteramos habrían funcionado en esos diez minutos de siesta que echó ese individuo que vive en la vieja Europa y que resulta que soy yo, ese que alguna vez ha tenido que quitar las noticias porque no soportaba tanta barbarie, etcétera.
            Me puse enseguida la película “La sal de la tierra” de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado que va sobre el fotógrafo Sebastiao Salgado y en ella se ve que la miseria y la barbarie es una constante repetida a lo largo del espacio y del tiempo, y que de ver tanta podredumbre humana el propio Salgado fotógrafo tuvo que ponerse a plantar árboles en un lugar de África de cuyo nombre ahora no me acuerdo. Les pido encarecidamente que vean la peli. Les pido encarecidamente que no voten a gente que quieren arreglar el mundo con la guerra. Lo pido sin saber si eso sirve para algo. (Borges decía que no había pasado un solo día en su vida sin haber encontrado en algún momento un atisbo de felicidad).
            El resto de la tarde pasó con algunas tareas de la casa, un poco de facebook, y aunque ese día me tocaba ducharme no lo hice, pasé, no me importaba sentirme sucio.

Esa noche dormí sin dificultad y soñé que no podía quedarme dormido, que daba vueltas en la cama sin conseguirlo, llegué casi a la desesperación onírica. Así todo el rato, como en un viaje interminable al fin de la noche. Yo creo que aún estoy dentro del sueño, con la simulada sensación de que nunca saldré de él.

domingo, 22 de noviembre de 2015

apretar el gatillo. 34. radiaciones

Radiaciones
Miguel Guerrero

El cuerpo humano se convirtió en un recipiente con un alto contenido radiactivo, eso se creyó al principio. Se hizo entonces no recomendable matar a nadie. Si esa radiactividad se volcaba al exterior, si salía del cuerpo, la contaminación era letal en varios kilómetros a la redonda. Lo llamaron radiactividad porque el efecto que producía era similar al escape de una central nuclear. Entonces la vida humana se convirtió en el bien más preciado y protegido. Pese a esta seria advertencia, la imprudencia y el odio desatado habían dejado impracticable la vida en todo el continente americano, en casi toda África y en todo Oriente Medio, y en zonas aisladas, y hasta cierto punto controladas, en el resto del planeta.
            Desde luego que el término radiaciones que se utilizaba para denominar el vaciamiento del producto tóxico que contenía un cuerpo al ser horadado o rajado era un eufemismo que quería ocultar lo que en realidad era, la maldad extrema de la que había ido haciendo acopio el ser humano durante siglos hasta el punto de somatizarla y desarrollarla en ese elemento que se convertía en destructivo al contacto con el aire. No era visible ese elemento más allá de apreciarse, en el momento del escape, un flujo gaseoso parecido al que presenta la reverberación del sol sobre el asfalto, y al momento se dilataba a su alrededor arrasando toda forma de vida. La piel nos protegía como murallas medievales, pero una brecha en ella dejaba salir todos los ejércitos del mal.
            Un simple corte podía hacer verter sutiles cantidades de radiaciones en pocos minutos; los bisturíes y tijeras, cualquier objeto cortante, habían desaparecido de los hospitales, y solo era posible la intervención quirúrgica mediante procedimientos láser y similares; el afeitado y la depilación no eran aconsejables, ir al peluquero se convirtió en una actividad de riesgo extremo; se acabaron los deportes tal como se practicaban antes del fenómeno; todo movimiento humano quedó condicionado por este nuevo paradigma.
            Los primeros estudios sobre el caso determinaron que no todos los cuerpos contenían el mismo nivel de radiación pero que hasta la fecha era rara avis encontrar un cuerpo totalmente limpio, incluidos los recién nacidos, y por poca radiactividad que contuvieran el daño que podían causar era siempre significativo.
            El segundo estadio al que llegó el fenómeno fue la monstruosidad. Una vez controlada la fuga de radiación del máximo posible de cuerpos, (en el caso de Europa se logró una efectividad del 90% de control durante un largo periodo de tiempo), aquellos que contenían niveles altos de maldad no podían soportarla, y si bien algunos intentaban deshacerse de pequeñas dosis de radiactividad, una minúscula punción que enseguida intentaban infructuosamente cerrar, pronto veían que esa no era la solución ya que sus propias vidas corrían peligro, entonces los cuerpos acababan deformándose y se metamorfoseaban en criaturas horripilantes, dejo a vuestra propia imaginación concebirlas, hasta que acababan explotando, literalmente, en los cubículos en los que habían sido reducidos en cuanto se les habían detectado los primeros indicios de deformidad.
            Durante una década, el poco mundo que no ha sido arrasado ha vivido en un simulacro de bienestar. Pero la maldad gana terreno a paso de gigante y como los procesos se aceleran en su tramo final, a estas alturas la maquinaria existencial que puso en marcha el hombre ya está fuera de su control, los operarios encargados de conducirla han empezado a explotar en plena calle, o en salas de conciertos, o en estadios, hoteles, en sus ministerios, salas de reuniones o en cualquier lugar en lo que llamamos vida se manifiesta.
            En ese punto estamos y poco más se puede añadir. No se preocupen, el espectáculo de la información no les dejará sin el conocimiento detallado del o de los desenlaces posibles. Permanezcan atentos a sus pantallas.


sábado, 7 de noviembre de 2015

apretar el gatillo.33. contraluz. novela histórica

Contraluz. Novela histórica
Miguel Guerrero

Contraluz , de Thomas Pynchon, es un texto pedagógico de Historia. No una Historia que captura solo los grandes acontecimientos sino la intrahistoria. Abarca un periodo reconocible entre 1893 y 1920, espacio de tiempo en el que las vidas desperdigadas de los hijos del anarquista Webb Traverse, en un mundo que está gestando un mundo futuro, nuestro presente, se ven expuestos a aventuras, odios, desesperanzas y todo lo que conlleva vivir activamente, afectados muy de cerca por esos cambios históricos.
            Los personajes de la novela, al principio alejados unos de otros y sin contacto, van encontrándose a lo largo de la narración, rozándose, un poco a la manera de vidas cruzadas, en esos puntos en el espacio o agujeros negros en los que van confluyendo y desapareciendo, para volver a aparecer más tarde, en una entrópica evanescencia en la que van perdiendo sus ideales o su inocencia.
            Nos relata el autor el principio del fin, los supuestos termodinámicos en los que se genera y consume la energía están empezando a ser utilizados y esto abocará un futuro apocalíptico. (Excelente el capítulo de los emigrados del tiempo, pág. 521 y siguientes).
He leído la novela en clave actual. Me explico. Cambiando los utensilios que manejan los personajes por sus casi correspondientes actuales, la novela podría transcurrir en nuestros días. Motocicletas incipientes; primeros teléfonos inalámbricos. Y, en general, la ciencia, como ahora, en ebullición. O la Venedig in Wien, una Venecia en Viena, que preludia los parques temáticos actuales, esos sí, con la inocencia aún no perdida por el hiperconsumo.
En la página 908, Kit se plantea lo siguiente: Kit es el hijo menor de Webb Traverse, un anarquista asesinado por un capitalista, Scardable Vibe. A la altura de esta página planea la inminente venganza: Kit y su hermano Reef quieren matar a Vibe, están en Europa, aún no se ha consumado la venganza, todavía es una promesa para el lector que, así es mi caso, la espera con impaciencia. El narrador nos dice lo que piensa en este momento Kit: “Kit casi habría llegado a esperar que algún día, en un futuro soñado, cuando su silencio se hubiera vuelto plausible para Pearl Street, llegaría su hora de regresar, agente por fin del fantasma vengativo de Webb, de regresar a la América diurna, a sus asuntos prácticos, a su constante negación de la noche. Donde actos como el que él pensaba realizar no recibían otro nombre que el de “Terror”, porque el idioma de aquel lugar –ya nunca decía “hogar”– no poseía otros”.
            El título original de la novela es Contra el día. La negación de la noche en la que piensa Kit es esa América oscura, insaciable y materialista que está consumándose sin piedad en los albores del siglo XX. Matar a Vibe es matar simbólicamente esa América de la que es representante el magnate hijodeputa. Pero también es entrar, pertenecer, a esa barbarie. El título Contra el día puede referirse a ese comportamiento del incipiente imperio favorable a las tinieblas, lugar idóneo en el que prosperar. Centro, quizá, de todo el arsenal crítico de la novela.
El texto, de 1.337 páginas, da mucho de que hablar, mucho que reseñar, analizar, etc. Es un Pynchon. Insolvente yo para ir más allá de estos tibios apuntes, de estos movimientos rápidos del pensar, espero que, por ejemplo, un texto de Francisco Collado o un artículo de Juan Fº Ferré sobre Contraluz  nos ayude a comprender de manera amplia este inmenso libro de Pynchon.

P.D.

El crítico Antonio J. Rodríguez hace una reseña del libro en la revista Quimera 323 de octubre de 2010, en la que dedica casi todo su espacio a hablar del texto en términos de dificultoso, considerándolo una subida alpinista de “ochomiles”, lo compara al Finnegans Wake de Joyce o al propio El arco iris de  gravedad. NO LE HAGAN CASO. No siendo un libro de lectura fácil, Contraluz, comparado con estos, es un libro convencional en cuanto a su fluidez de lectura, su disposición temporal de los hechos narrados y su aspecto formal en general, eso sí, como todo producto Pynchon encierra claves científicas no al alcance de todos a la primera, incluido yo (para remediar esto recomiendo una aproximación al esclarecedor texto de Francisco Collado El orden del caos: literatura, política y posthumanidad en la narrativa de Thomas Pynchon, editado por la Universidad de Valencia. 2004, en el que desvela ese tipo de claves, y muchas otras, a anteriores novelas del autor).Más allá de esto, el texto de Pynchon es adictivo y no requiere un equipamiento especial para escalada, solo un poco de paciencia ante su largo recorrido, una actitud de lector atento y activo, prestar atención a lo que dice “el otro”, como requiere la profesión lectora. Y a disfrutar, si puede.

jueves, 29 de octubre de 2015

gibraltar.27. The Informant

video

GIBRALTAR
(The Informant)
Julien Leclercq