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sábado, 5 de diciembre de 2015

apretar el gatillo.36. las gafas

Las gafas
Miguel Guerrero

Si las gafas que usas son antiguas y ya la graduación que tienen no es la que necesita tu mirada, si es así verás la realidad borrosa, difícilmente captarás más allá del conjunto, los bordes difuminados, no podrás leer correctamente el mundo que te rodea. La interpretación que haces de él será irremediablemente inexacta, desfasada y las más de las veces el mundo se presenta incomprensible, lo más seguro es que ante esta circunstancia acabes elaborando un patrón más o menos fijo con el que interpretar cualquier acontecimiento de ese mundo, construido con urgencia porque si no tienes opinión no eres nadie. El ser reconocido y respetado como persona ante los demás te obliga a tener una idea y si es necesario imponerla. Es posible que estés orgulloso de ser una persona formada, con criterio y capacidad de discernir qué es lo conveniente o no, aplicas el sentido común, la lógica y unas dosis de humanidad y sensibilidad hacia lo injusto, y al final llegas a tener una opinión, que rara vez pones en duda, y quizás esa opinión se ha formado a través de unas lentes deformadas. Tu juicio sobre la realidad o la existencia o los comportamientos humanos viene dado por un enfoque que no puede abarcar los matices de la actualidad, que en nuestros días esos matices no son acompañantes decorativos con pretensiones estéticas a la vieja usanza, sino que conforman el núcleo decisivo que da tensión y singularidad a esa información que la mirada quiere obtener.
            Sin duda estás confiado en que al hacer una valoración sobre cualquier tema los aspectos generales del mismo no variarán con respecto de aquellos que sobre el mismo tema hacen los que llevan las gafas adecuadas, en el mejor de los casos coincidís en esa generalidad, digamos que la coincidencia se da en lo esencial del asunto y tú piensas por eso que los dos lleváis el mismo tipo de gafas. Pero esa confianza se desvanece cuando el de las gafas nuevas encuentra en ese tema variantes y matices, interpretaciones que la lente bien temperada de sus gafas no le oculta. Puedes pensar que esos nuevos puntos de vista son libertades imaginativas del de las gafas nuevas o bien graduadas, si eres algo inteligente o curioso te quedará algo de duda, pero solo notarás las diferencias cuando adquieras unas gafas con la graduación adecuada para interpretar fielmente nuestro tiempo. Conozco alguno que ni siquiera tiene en su horizonte la necesidad de adquirir unas gafas convenientes. Su visión del mundo le parece la correcta, se reafirma en ello sin un ápice de duda, su método de verificación de la realidad se formó hace años y pensó en ese momento que ya había llegado al punto justo desde el que valorar con acierto la existencia, que ya no le hacía falta más, se creyó solvente con haber acertado en varias ocasiones en aquel momento y aplaudido por individuos que usaban el mismo tipo de gafas. Pero a día de hoy sigue aplicando la misma mirada a una existencia cambiada, valora la actualidad con herramientas obsoletas, inapropiadas, y el resultado es que su comprensión y opinión sobre cualquier asunto es de baja intensidad, naif, obvia, simple (cree poseer la simplicidad a la que llegan los sabios), etcétera.
            Digamos que las gafas antiguas solo te permiten, entre otras cosas, ver el mundo en dos dimensiones, mientras que las bien graduadas alcanzan con facilidad las tres dimensiones, desde luego que estas dejan ver un mundo más rico en todos los sentidos. Son prótesis, su efecto es parecido en cierto modo al de las drogas: en este caso amplían la percepción de la realidad.
            El mundo no puede ser mirado en nuestros días con los presupuestos éticos y estéticos del pasado. En poco más de medio siglo se han producido cambios científicos, sociales, tecnológicos, morales, filosóficos, de sensibilidad, de manera que esas gafas a las que te aferras ya no captan la complejidad de que está compuesta nuestra inventada realidad actual. Quizá sea necesario introducir en nuestro bagaje cultural la duda, revisar nuestro mecanismo crítico para comprobar si está funcionando adecuadamente, preguntarnos, como hizo Robert Walser el día en que su hermana lo llevó al manicomio, al despedirse de ella al pie de la escalinata que da entrada al establecimiento, “¿estamos haciendo lo correcto?”, la hermana calló, le apretó la mano y se dirigió a su coche para marcharse, mientras, dos médicos cogían cada uno un brazo del paciente, Walser volvió la cabeza y vio cómo se alejaba el coche de su hermana, y entraron. En nuestro caso no creo que pase nada por hacernos la misma pregunta. Y eso que nosotros posiblemente llevemos dentro ya mucho tiempo.


sábado, 28 de noviembre de 2015

apretar el gatillo.35. barbarie

Barbarie
Miguel Guerrero

Para mí, la barbarie sucede cada día a tres metros de distancia. Es la separación aproximada que hay entre mi posición en el sofá y la pantalla de TV. La representación de esa barbarie está siendo constantemente mostrada. Apenas enciendes la tele y zapeas un poco la encuentras, la sociedad del espectáculo que anunciaron los situacionistas está en plena ebullición. Lo de Siria, lo de París, el careto de Putin, los tertulianos de cuatro, es el tema estrella del momento. Si miro hacia algún punto del salón veo que todo está en su sitio, el perro dormita apaciblemente en la alfombra, se oye el sonido de una moto que, aunque lejano, me molesta; el polvo se está acumulando sobre los estantes del mueble aparador. (Hasta la Primera Guerra Mundial, o la Gran Guerra, como se llamó en su momento, la muerte de civiles apenas alcanzaba un 6%. En los años noventa, por ejemplo, en la guerra de Yugoslavia más del 92% de los muertos eran civiles).
            Mientras veo las noticias me digo que la guerra no es la solución, es el problema, que hasta que, como decía Luke Branded, los gobiernos de Occidente no cambien su política exterior agresiva hacia los países desfavorecidos por una de colaboración y ayuda nada cambiará. Por lo tanto, me digo yo, nada va a cambiar. Y este pensamiento se me mezcla con otro que me hace recordar que no he sacado del congelador los filetillos de pollo que compré en Mercadona hace dos días para hacer la cena de esta noche. Exagero, me digo, y me levanto y saco los filetes del congelador, seguro que para las ocho y media o las nueve ya estarán descongelados, si no es así ya improvisaré otra cena, siempre se me ocurre algo… (El teorema de Goedel dice que ningún sistema puede explicarse a sí mismo, ninguna máquina puede entender su propio mecanismo. Y lo de la navaja de Occam: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”).
            Cuando vuelvo al salón el perro se ha tumbado en mi sitio, sagrado, del sofá. Con solo mirarlo el perro se baja y sobre la alfombra se estira y mueve la cola mirándome. En la tele están poniendo la foto de las Azores, ¡qué hijosdeputa!, pienso. Hago zapping  y sale Hollande, cariacontecido, prometiendo a los ciudadanos que la fiesta va a continuar, que va a mandar aviones parar bombardear no sé qué. Cuando terminó el telediario, o los telediarios, me eché una cabezadita, no más de diez minutos, y lo primero que pensé al volver en mí fue que cuántos niños habrían muerto en ese tiempo somnoliento mío, en cualquier parte del mundo, cuánto habrían ganado los señores de la guerra y cómo prospera la industria armamentística y cómo España le vende artilugios que matan a Arabia Saudí que dicen que son amigos de Estado Islámico y que todas esas ventas repercuten luego en el bienestar de las sociedades occidentales, recaen en nuestro beneficio, y cuántas cosas más de ese tipo de las que ni nos enteramos habrían funcionado en esos diez minutos de siesta que echó ese individuo que vive en la vieja Europa y que resulta que soy yo, ese que alguna vez ha tenido que quitar las noticias porque no soportaba tanta barbarie, etcétera.
            Me puse enseguida la película “La sal de la tierra” de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado que va sobre el fotógrafo Sebastiao Salgado y en ella se ve que la miseria y la barbarie es una constante repetida a lo largo del espacio y del tiempo, y que de ver tanta podredumbre humana el propio Salgado fotógrafo tuvo que ponerse a plantar árboles en un lugar de África de cuyo nombre ahora no me acuerdo. Les pido encarecidamente que vean la peli. Les pido encarecidamente que no voten a gente que quieren arreglar el mundo con la guerra. Lo pido sin saber si eso sirve para algo. (Borges decía que no había pasado un solo día en su vida sin haber encontrado en algún momento un atisbo de felicidad).
            El resto de la tarde pasó con algunas tareas de la casa, un poco de facebook, y aunque ese día me tocaba ducharme no lo hice, pasé, no me importaba sentirme sucio.

Esa noche dormí sin dificultad y soñé que no podía quedarme dormido, que daba vueltas en la cama sin conseguirlo, llegué casi a la desesperación onírica. Así todo el rato, como en un viaje interminable al fin de la noche. Yo creo que aún estoy dentro del sueño, con la simulada sensación de que nunca saldré de él.

domingo, 22 de noviembre de 2015

apretar el gatillo. 34. radiaciones

Radiaciones
Miguel Guerrero

El cuerpo humano se convirtió en un recipiente con un alto contenido radiactivo, eso se creyó al principio. Se hizo entonces no recomendable matar a nadie. Si esa radiactividad se volcaba al exterior, si salía del cuerpo, la contaminación era letal en varios kilómetros a la redonda. Lo llamaron radiactividad porque el efecto que producía era similar al escape de una central nuclear. Entonces la vida humana se convirtió en el bien más preciado y protegido. Pese a esta seria advertencia, la imprudencia y el odio desatado habían dejado impracticable la vida en todo el continente americano, en casi toda África y en todo Oriente Medio, y en zonas aisladas, y hasta cierto punto controladas, en el resto del planeta.
            Desde luego que el término radiaciones que se utilizaba para denominar el vaciamiento del producto tóxico que contenía un cuerpo al ser horadado o rajado era un eufemismo que quería ocultar lo que en realidad era, la maldad extrema de la que había ido haciendo acopio el ser humano durante siglos hasta el punto de somatizarla y desarrollarla en ese elemento que se convertía en destructivo al contacto con el aire. No era visible ese elemento más allá de apreciarse, en el momento del escape, un flujo gaseoso parecido al que presenta la reverberación del sol sobre el asfalto, y al momento se dilataba a su alrededor arrasando toda forma de vida. La piel nos protegía como murallas medievales, pero una brecha en ella dejaba salir todos los ejércitos del mal.
            Un simple corte podía hacer verter sutiles cantidades de radiaciones en pocos minutos; los bisturíes y tijeras, cualquier objeto cortante, habían desaparecido de los hospitales, y solo era posible la intervención quirúrgica mediante procedimientos láser y similares; el afeitado y la depilación no eran aconsejables, ir al peluquero se convirtió en una actividad de riesgo extremo; se acabaron los deportes tal como se practicaban antes del fenómeno; todo movimiento humano quedó condicionado por este nuevo paradigma.
            Los primeros estudios sobre el caso determinaron que no todos los cuerpos contenían el mismo nivel de radiación pero que hasta la fecha era rara avis encontrar un cuerpo totalmente limpio, incluidos los recién nacidos, y por poca radiactividad que contuvieran el daño que podían causar era siempre significativo.
            El segundo estadio al que llegó el fenómeno fue la monstruosidad. Una vez controlada la fuga de radiación del máximo posible de cuerpos, (en el caso de Europa se logró una efectividad del 90% de control durante un largo periodo de tiempo), aquellos que contenían niveles altos de maldad no podían soportarla, y si bien algunos intentaban deshacerse de pequeñas dosis de radiactividad, una minúscula punción que enseguida intentaban infructuosamente cerrar, pronto veían que esa no era la solución ya que sus propias vidas corrían peligro, entonces los cuerpos acababan deformándose y se metamorfoseaban en criaturas horripilantes, dejo a vuestra propia imaginación concebirlas, hasta que acababan explotando, literalmente, en los cubículos en los que habían sido reducidos en cuanto se les habían detectado los primeros indicios de deformidad.
            Durante una década, el poco mundo que no ha sido arrasado ha vivido en un simulacro de bienestar. Pero la maldad gana terreno a paso de gigante y como los procesos se aceleran en su tramo final, a estas alturas la maquinaria existencial que puso en marcha el hombre ya está fuera de su control, los operarios encargados de conducirla han empezado a explotar en plena calle, o en salas de conciertos, o en estadios, hoteles, en sus ministerios, salas de reuniones o en cualquier lugar en lo que llamamos vida se manifiesta.
            En ese punto estamos y poco más se puede añadir. No se preocupen, el espectáculo de la información no les dejará sin el conocimiento detallado del o de los desenlaces posibles. Permanezcan atentos a sus pantallas.


sábado, 7 de noviembre de 2015

apretar el gatillo.33. contraluz. novela histórica

Contraluz. Novela histórica
Miguel Guerrero

Contraluz , de Thomas Pynchon, es un texto pedagógico de Historia. No una Historia que captura solo los grandes acontecimientos sino la intrahistoria. Abarca un periodo reconocible entre 1893 y 1920, espacio de tiempo en el que las vidas desperdigadas de los hijos del anarquista Webb Traverse, en un mundo que está gestando un mundo futuro, nuestro presente, se ven expuestos a aventuras, odios, desesperanzas y todo lo que conlleva vivir activamente, afectados muy de cerca por esos cambios históricos.
            Los personajes de la novela, al principio alejados unos de otros y sin contacto, van encontrándose a lo largo de la narración, rozándose, un poco a la manera de vidas cruzadas, en esos puntos en el espacio o agujeros negros en los que van confluyendo y desapareciendo, para volver a aparecer más tarde, en una entrópica evanescencia en la que van perdiendo sus ideales o su inocencia.
            Nos relata el autor el principio del fin, los supuestos termodinámicos en los que se genera y consume la energía están empezando a ser utilizados y esto abocará un futuro apocalíptico. (Excelente el capítulo de los emigrados del tiempo, pág. 521 y siguientes).
He leído la novela en clave actual. Me explico. Cambiando los utensilios que manejan los personajes por sus casi correspondientes actuales, la novela podría transcurrir en nuestros días. Motocicletas incipientes; primeros teléfonos inalámbricos. Y, en general, la ciencia, como ahora, en ebullición. O la Venedig in Wien, una Venecia en Viena, que preludia los parques temáticos actuales, esos sí, con la inocencia aún no perdida por el hiperconsumo.
En la página 908, Kit se plantea lo siguiente: Kit es el hijo menor de Webb Traverse, un anarquista asesinado por un capitalista, Scardable Vibe. A la altura de esta página planea la inminente venganza: Kit y su hermano Reef quieren matar a Vibe, están en Europa, aún no se ha consumado la venganza, todavía es una promesa para el lector que, así es mi caso, la espera con impaciencia. El narrador nos dice lo que piensa en este momento Kit: “Kit casi habría llegado a esperar que algún día, en un futuro soñado, cuando su silencio se hubiera vuelto plausible para Pearl Street, llegaría su hora de regresar, agente por fin del fantasma vengativo de Webb, de regresar a la América diurna, a sus asuntos prácticos, a su constante negación de la noche. Donde actos como el que él pensaba realizar no recibían otro nombre que el de “Terror”, porque el idioma de aquel lugar –ya nunca decía “hogar”– no poseía otros”.
            El título original de la novela es Contra el día. La negación de la noche en la que piensa Kit es esa América oscura, insaciable y materialista que está consumándose sin piedad en los albores del siglo XX. Matar a Vibe es matar simbólicamente esa América de la que es representante el magnate hijodeputa. Pero también es entrar, pertenecer, a esa barbarie. El título Contra el día puede referirse a ese comportamiento del incipiente imperio favorable a las tinieblas, lugar idóneo en el que prosperar. Centro, quizá, de todo el arsenal crítico de la novela.
El texto, de 1.337 páginas, da mucho de que hablar, mucho que reseñar, analizar, etc. Es un Pynchon. Insolvente yo para ir más allá de estos tibios apuntes, de estos movimientos rápidos del pensar, espero que, por ejemplo, un texto de Francisco Collado o un artículo de Juan Fº Ferré sobre Contraluz  nos ayude a comprender de manera amplia este inmenso libro de Pynchon.

P.D.

El crítico Antonio J. Rodríguez hace una reseña del libro en la revista Quimera 323 de octubre de 2010, en la que dedica casi todo su espacio a hablar del texto en términos de dificultoso, considerándolo una subida alpinista de “ochomiles”, lo compara al Finnegans Wake de Joyce o al propio El arco iris de  gravedad. NO LE HAGAN CASO. No siendo un libro de lectura fácil, Contraluz, comparado con estos, es un libro convencional en cuanto a su fluidez de lectura, su disposición temporal de los hechos narrados y su aspecto formal en general, eso sí, como todo producto Pynchon encierra claves científicas no al alcance de todos a la primera, incluido yo (para remediar esto recomiendo una aproximación al esclarecedor texto de Francisco Collado El orden del caos: literatura, política y posthumanidad en la narrativa de Thomas Pynchon, editado por la Universidad de Valencia. 2004, en el que desvela ese tipo de claves, y muchas otras, a anteriores novelas del autor).Más allá de esto, el texto de Pynchon es adictivo y no requiere un equipamiento especial para escalada, solo un poco de paciencia ante su largo recorrido, una actitud de lector atento y activo, prestar atención a lo que dice “el otro”, como requiere la profesión lectora. Y a disfrutar, si puede.

jueves, 29 de octubre de 2015

gibraltar.27. The Informant

video

GIBRALTAR
(The Informant)
Julien Leclercq

domingo, 25 de octubre de 2015

apretar el gatillo.32. belén esteban

Belén Esteban
Miguel Guerrero

Belén Esteban llega a ser un personaje atractivo, para aquel que quiera o pueda verlo, porque el ser humano que contiene queda expuesto sin veladuras siempre que se expresa, bien por medio del lenguaje o por la puesta en escena de su gestología. Estos son los dos registros formales de los que dispone para desarrollar su personaje en el plató de Sálvame, que consiste en ser lo más fiel posible a lo que es ella misma. El valor más importante que aporta su personaje, muy trabajado día tras día, es la autenticidad, la veracidad sin tapujos, a fin de conseguir ser creíble. En último término Belén quiere decirnos siempre que es honesta. Esto presupone un enemigo exterior que quiere desacreditarla. “La Belén puede ser lo que tú quieras, pero habla claro, no se esconde”. Y no deja nunca de decir cosas. Ella no ha sabido camuflar sibilinamente, como sus compañeros de reparto, bajo artificios “educados”, moderados y pertinentes sus desperfectos emocionales, sus carencias a la hora de entender y manejar la realidad selvática en la que se mueve, o la alegría que expresa por nimiedades que pueden parecernos desmesuradas.                                                                                               Belén es un ser desprotegido. No tiene maldad, si acaso su maldad es de muy baja intensidad, infantil, caprichosa, y siempre o casi siempre a la defensiva. Ni está equipada con el armamento necesario para la lucha post afectiva de nuestros días. Sabedora de su insuficiencia su forma de defensa es el ataque, aun cuando ni siquiera haya agresión hacia ella, solo la sospecha. El gesto desafiante y cañí al que se le ven las costuras.

Las últimas entregas de Sálvame, la serie televisiva en la que Belén es una de sus protagonistas destacadas, se han centrado en el “conflicto” que ha supuesto la aparición de un primer novio o amor en su vida. Esta aparición puede suponer un pequeño revés en la elaboración de su biografía, que se viene gestando desde los comienzos de su popularidad. Contratiempo, quizá, porque la irrupción del nuevo puede desbancar del puesto de privilegio que otorga ser Primer Amor a Jesulín de Ubrique, adjudicado y subrayado por la propia Belén tanto en sus tempranas memorias como en sus apariciones mediáticas. Visto desde fuera esto es una circunstancia banal y carente de importancia, pero para los personajes y espectadores implicados en el relato el devenir de los acontecimientos es de suma importancia, porque pueden alterar la historia y socavar la fiabilidad de su principal narradora. Se pone en juego con el testimonio de este oculto novio primero un valor aún con mucho peso, dentro de la jerarquía de valores del programa, como es la credibilidad, punto fuerte en el personaje beleniano, dentro de un formato televisivo cuyo mayor acierto es convertir lo personal en materia ficcional, diluyendo las barreras entre lo uno y lo otro, con el que construir un relato por entregas, digresivo y rizomático, que a lo largo de tantas temporadas a acabado dando muestras y registrando un sinfín de vicisitudes sentimentales y sus consiguientes valoraciones éticas y morales por parte de los contertulios, una cantidad innúmera de información íntima y personal que los propios protagonistas han puesto al servicio de sus seguidores.
            Porque Sálvame se afana cada tarde en crear una mitología doméstica, de mesa camilla, en la que cada personaje, más allá de los guionistas, debe crear su papel y mantenerlo sujeto, como bien puedan, bajo su propia inteligencia, capacidad y riesgo. A estas alturas de la serie los personajes ya están bien conformados, no son monolíticos, pero básicamente cada uno tiene perfilada su idiosincrasia. El de Belén también. Algunos de sus compañeros ven en la aparición del nuevo personaje y los datos que aporta un duro golpe a su credibilidad, amén de los daños colaterales que esos datos, que muestran a una Belén ligeramente distinta, puedan causarle y dañar su imagen conseguida. Creen que el mito puede sufrir un serio traspié, que la audiencia no perdonará la falta de integridad de unos de sus personajes más queridos, se sentirán defraudados y vaticinan sin decir que dejarán al héroe solo en su caída.
Todo esto se da dentro de un contexto de producción cultural que persigue la normalización de su audiencia. Si lo consigue o no y en qué cuantía, es otro tema.
Sobre el desarrollo del devenir del mito estaré atento a la pantalla.

sábado, 10 de octubre de 2015

apretar el gatillo.31. cuidado con el sol poniente

Cuidado con el sol poniente
Miguel Guerrero

A mí me da mucha pena la gente que va en el asiento trasero de los coches. Tanto el copiloto como sobre todo el piloto tienen un papel activo en lo que a la conducción del vehículo se refiere. El copiloto puede ser de mucha ayuda o un estorbo. En ambos casos influye en la conducción.
            Sin embargo, los pasajeros de atrás están a merced de lo que el destino les depare. Y quizá la situación se agrave para el que va en medio, es posible que ni siquiera haya cinturón de seguridad para él, y no cuenta con el alivio que supone estar junto a la ventana. El piloto, nada más salir, le había pedido que por favor echara la cabeza un poco hacia el lado porque le quitaba visibilidad al mirar por el espejo retrovisor interior. No sabe cómo o dónde poner los brazos, los codos acaban apretándole las costillas y las manos quedan suspendidas a media altura ridículamente inservibles. Se ha sentado muy derecho pero en pocos minutos el cuerpo va bajando hasta que empieza a sentir molestias en el cuello. Está tan preocupado por chorradas como esta que mientras los demás hablan animadamente él calla, arrepentido de haber iniciado el viaje. Cuando por hacer un descanso, sugerido por el piloto, el coche se detiene en un área de servicio, el de en medio es el último en salir. Después de decidir por qué lado bajarse es muy posible que le den con la puerta en la cara en el momento de bajar. Un montón de pequeños detalles hacen que a estas alturas del trayecto esté sumido en un profundo estado o complejo de inferioridad y que al regresar de nuevo al coche se haga el remolón, quedándose un poco atrás a ver si cuela que alguno, medio distraído, se ponga en medio, como esto no sucede quizá le proponga tímidamente a sus compañeros traseros cambiar de sitio. Pero todos están muy concienciados del lugar que van a ocupar en el vehículo y en conservar los privilegios adquiridos por banales que sean. Nadie hará el cambio. El papel de pringao le está adjudicado. Nadie quiere sentarse nunca en medio. Por algo será.
El copiloto lo tiene claro, todavía fuera del coche, le da una colleja amable al de en medio, sobrado en seguridad en lo que se refiere a conservar su puesto, que en ningún momento corre peligro. Si hay alguna posibilidad de cambiar de posición, parece querer decirle con la mirada, tienes que tratar con los de los lados de las ventanillas. El piloto vive ausente de este tipo de daños colaterales que produce el viaje. Pero el de en medio tiene su corazoncito y está viendo que las circunstancias se han puesto de tal manera, casi sin previo aviso, que lo que él cree su dignidad está siendo dañada y el reconocimiento por parte de los demás que merece están siendo injustamente obliterados. No se conforma con la posición que le ha tocado en suerte y cree que lo más justo sería una redistribución de los lugares, al menos de los del asiento trasero, de manera que ante el largo viaje que les espera se turnen y hagan el trayecto cómodos por igual.
Pero después de muchos kilómetros aún no se atreve a proponer lo pensado y el tiempo pasa y la incomodidad sigue siendo la misma o peor. Ya no sabe cómo ponerse y ejecuta movimientos de alivio disimulados. Para cuando llegan al motel en el que necesariamente tienen que pernoctar ya casi no siente el cuerpo, o al contrario, no sabe, pero lo que de verdad está dolido es su persona, el ser humano que está siendo agraviado por una injusticia innecesaria y fácilmente soluble. Quizá sea cosa mía, se dice el de en medio, me estoy emparanoyando con esta nimiedad. ¡Bah, qué tontería! Y decide olvidar el mal viaje que le ha deparado esta primera etapa. Salta del coche y hace estiramientos simpáticos frente a la puerta del hostal, y los demás bromean con él.
Solo que al hacerse la distribución de las habitaciones que quedaban libres a él le ha tocado el peor cuarto posible, con diferencia, y además solo, y es que la situación que se ha producido en el coche no ha sido, como él pensaba, una nimiedad. En ese momento inicial de la convivencia ya se han establecido unas jerarquías y cada uno ha marcado su territorio, al menos, sino consolidadas las posiciones, un planteamiento de intenciones que en las próximas horas o días no harán más que perpetuarse de forma irremediable.
La habitación de el de en medio carece de ventana, solo un pequeño tragaluz por el que, a esta hora del atardecer, se cuela un intenso y último destello del sol poniente, como si la noche, que aparece de inmediato, hubiera asesinado a traición, innecesariamente, lo que quedaba del día.
Imposible conciliar el sueño, y más allá de la medianoche, cuando los hombres lobo aúllan en las cercanías lunares como si fuera una llamada, se levanta y frente al espejo miserable de la habitación infame observa la transformación de su rostro en cabeza licántropa, las manos en garras, hasta que entero el cuerpo presenta metamorfosis completa. Los ojos ensangrentados. El hombre es un lobo para el hombre. Derriba la puerta. La quietud de la noche ha dado paso a gritos y expresiones de horror y muerte en los estrechos pasillos del motel. Hasta la entrada de la edificación solitaria llegan hombres lobo que la asaltan, rompen ventanas y se comen a sus víctimas. El lobo de en medio acude a la habitación de sus compañeros traseros de viaje y juega con ellos como si de gallinas asustadas se tratara, los acorrala y aplaza el zarpazo, se agarran a las cortinas y se mean en el suelo. Por fin, los destroza y la sanguinolencia que desprenden sus cuerpos desgarrados queda estampada en las paredes. Muertos y más que muertos, el de en medio los sienta en la cama, la espalda sobre la cabecera y las manos sobre el regazo, para que juntos emprendan cómodamente el último viaje hacia los infiernos.
Los lobos abandonan el motel, lleno de muerte y destrozado, se adentran en los bosques, bañados en rayos lunares, saciados, el lobo de en medio se pierde en la manada, hasta la próxima venganza.

Mientras tanto, “el capital compra fractales de tiempo humano y los recombina en la red”.

sábado, 12 de septiembre de 2015

apretar el gatillo.30. el camarero

El camarero
Miguel Guerrero

El camarero (léase cualquier otro profesional) guarda en su interior el deseo de no ser un camarero del mundo sino hacer el mundo camarero; pero su vida cotidiana, que siempre va con un poco de retraso respecto a los últimos acontecimientos, lo fija a su entorno y entonces un día, habiéndose dado cuenta de su imposibilidad de éxito fuera de ese entorno, convierte la cafetería en su mundo y su tarea desde entonces consiste en perfeccionar ese mundo, metáfora reducida pero más cómoda, asequible, del mundo. Entonces, este camarero, buen profesional, es el primero en llegar al abrir su establecimiento, pronto el jefe delega toda iniciativa logística en él, será su hombre de confianza, de manera tácita, en poco tiempo, llega a ser el gerente, extraoficialmente; atentísimo al cliente se anticipa a sus deseos; ordena la prensa y la ofrece al habitual del que ya conoce sus inclinaciones políticas; la cafetería por el momento es su segunda prioridad vital, la familia acabará siendo desatendida a favor de su trabajo: en lo que a él concierne el local será cuidado hasta en sus últimos detalles, en beneficio del negocio y de su jefe.
Otros camareros suelen ser desagradables, antipáticos, desconsiderados con el cliente, se equivocan con el cambio, resuellan como búfalos perseguidos entre las mesas, demoran el momento de servir hasta exasperar al cliente más comedido, (excepto a los santos y miedosos y amables que rinden culto a las buenas maneras y la compostura para no alterar ese estado de falsa complacencia en el que se sienten resguardados de la crudeza del mundo que en su debilidad no son capaces de afrontar y viven huyendo de los conflictos y así van creando una gran mentira, hasta que llega el camarero a su mesa y le sonríen como si nada hubiera ocurrido cuando en realidad han estado quejándose disimuladamente de la falta de miramientos del camarero hacia ellos que habían llegado antes que otros que fueron atendidos primero en detrimento del orden sagrado que otorga el beneficio de prioridad a los que llegaron antes). Estos, los camareros desagradables, se niegan a hacer de la cafetería su mundo, todavía no han claudicado, no se conforman, hay vida fuera del establecimiento, y aspiran a una existencia distinta, que incluso podría ser mejor.
La profesionalidad es el refugio de los vencidos.
Y parece lógico que el proceso histórico que ha sufrido el individuo en relación con el Poder se cierre siendo este, el individuo, diluido en él, el Poder.
 Mantengo la idea de que el individuo es una extensión del Poder, entendido este como macro estructura esquizofrénica, que su comportamiento personal imita las insinuaciones del Estado y demás instituciones, que tanto uno como otro persiguen lo mismo, que a cada persona se le ha inoculado dentro de sí un gobernante. El último gran asalto del Poder sobre el individuo es que quiere convertirnos en co-gobernantes. Ya nos convenció de que teníamos que ser buenos profesionales; nos ha invitado a ser emprendedores, también a ejercer de policía denunciando actividades antisociales de nuestros vecinos. El individuo, con respecto al Poder, es como una delegación o sucursal, un encargado o gerente dispuesto a mantener los mecanismos de sujeción de los deseos, cada uno desde su parcela vital, y así hacer perdurar el mantenimiento de la estructura que hace posible esa sujeción.

Nuestra relación con el mundo pasa, indefectiblemente, por alguna forma de colaboración con el Poder. El largo proceso de elaboración de nuestra entidad, hasta llegar a la situación actual, ha sido escrita en la piel con el susurro constante de un padre proteccionista, fuera de él y sin él no sabríamos cómo vivir. Y agradecidos hacemos las cosas tan bien como se nos pide, hasta el punto de ser buenos profesionales.

sábado, 5 de septiembre de 2015

apretar el gatillo.29. producto tóxico

Producto tóxico
Miguel Guerrero

Si bien Fukuyama expone claramente y con amenidad el estado general en el que la situación geopolítica quedó en el último tercio del siglo veinte, esto es, que el liberalismo ha ganado por goleada a las propuestas ideológicas y económicas de la izquierda, si esto es cierto, palpable y reconocible en grado sumo, no lo son tanto las ideas que acompañan su tesis, en las que se apoya para construir su discurso. Al menos algunas de ellas deben ser matizadas y otras corregidas; en algunas parece que hay algo de malaleche y en el texto en general hay una predisposición muy favorable y partidista hacia las políticas neoliberales; y algo de desprecio a todo lo que no pertenezca a ese ámbito. Hablo del artículo “¿El fin de la Historia?” publicado en una revista conservadora en 1989 por el sociólogo norteamericano Francis Fukuyama.
            Un ejemplo: da por hecho que la esclavitud y la emancipación, la aceptación social del negro en los sesenta en EE.UU. ya no es un problema de las políticas liberales, sino una cuestión de falta de capacidad de los negros para adaptarse “al medio”, habiendo, como dice Fukuyama, una legislación que los protege. Habla como si en el pasado no hubieran sido las políticas liberales las que crearon el problema, como si no hubiera sido el capitalismo salvaje de la época el que creó la esclavitud y sus derivados. Como si buena parte de la población blanca no fuera, simplemente, racista, es decir, que experimenta esa vertiente de la psicología del ser humano que es propensa al deseo y a la exigencia de ser “reconocido” como superior al otro, incrustados estos racistas en las instituciones que debían hacer cumplir la legalidad que protegía teóricamente al negro. Y que la tarea del liberalismo no es solo promulgar leyes y normas sino también velar por que se cumplan. Otro: Habla de que el resurgimiento de lo musulmán se debe “a una reacción del fracaso experimentado por las sociedades musulmanas ante el poderoso atractivo del liberalismo occidental”. Quizá se le olvida que ese enroscarse el musulmán en lo musulmán se debe, ¿cuánto?, al hostigamiento despiadado que Occidente infringe continuamente, desde hace siglos, a culturas que no son de su mismo signo. Perlas como estas hay varias.
            Digamos que, por esto y algunas cosas más, al artículo de Fukuyama habría que colocarle en la portada una advertencia que alertara al consumidor de que se trata de un producto altamente tóxico, que puede enturbiar seriamente la claridad intelectual si el grado de atención del lector no es óptimo o si es propenso a creer a pies juntillas o malentender todo lo que dicen las sagradas letras impresas. (Ampliando el panorama podríamos concluir que todo texto es nocivo, incluso para los lectores más avispados y sobresalientes. Es solo una idea).
Usando una frase coloquial podríamos decir, “¡qué hijoputa es este Fukuyama, qué cabrón!”, otro más al servicio del Poder. Quizá pueda ser relevante el hecho de que fue director adjunto de la Oficina de Planificación Política del Departamento de Estado durante la administración de Georges H. W. Bush.
Pero quedarnos en esta visión tan inmediata y evidente del artículo, simplona, es desaprovechar algunas propuestas de consideración, a mi parecer, muy pertinentes. La idea de Fukuyama de que hemos llegado al fin de la Historia tiene un antecedente en Hegel que ya proclamó algo parecido en 1806, y en su “lucha por el reconocimiento”. Ese reconocimiento hegeliano es el deseo básico que los seres humanos tienen de ser reconocidos y respetados por los otros. El liberalismo, nos dice Fukuyama, es el lugar adecuado para establecer ese reconocimiento. Pero, ¿cómo debe ser reconocido un individuo en una democracia liberal, como lo entiende la izquierda (“desde la izquierda se critica a la democracia liberal porque reconoce o trata a personas en principio iguales de manera desigual”) o como lo entiende la derecha (“según la cual el gran defecto del sistema democrático es que reconoce o trata a personas intrínsecamente desiguales de manera igual”)?, es una incógnita que aún, sobre el terreno, no tenemos resuelta.
La democracia liberal ya (1989) no tiene competidores ideológicos. Caídos en desgracia el fascismo y el comunismo no queda nada a lo que acogerse fuera de ésta. Y que todas las contradicciones ideológicas y sociales pueden resolverse dentro de este sistema. Excepto la religión y los nacionalismos. Y las consideraciones que aporta a estas dos cuestiones son como poco, curiosas. (Sobre los nacionalismos apunta que algunos de estos crean conflicto porque el sistema liberal en el que están inscritos es incompleto. ¿Podría ser el caso de Cataluña?). Advierte que “la victoria del liberalismo se ha producido principalmente en la esfera de las ideas o de la conciencia, y aún es incompleta en el mundo real o material”, incluso cuando acude al término ideología aclara que no se trata de hablar de “las triviales propuestas electorales de los políticos americanos, sino de ideas en el sentido de grandes concepciones unificadoras del mundo”. Este es el contexto en el que hay que entender el artículo de Fukuyama, en el de las ideas.
Una idea que asoma la cabeza de vez en cuando por el texto es que el hombre contemporáneo, en general, y  los estados tienden a y quieren vivir y participar de una sociedad liberal, o neoliberal, en el que el consumismo y el libre mercado estén presentes, que la inmensa mayoría le ha dado la espalda a otras alternativas ideológicas.
¿Cuenta el capitalismo con el favor de las masas?
¿Se han vuelto esas masas estúpidas y facilísimamente manejables? ¿Alguna vez no lo han sido?
¿Capitalismo sí, pero de rostro humano?
¿Es verdad que la aspiración del ser humano actual es llegar a ser un burgués acomodado, con todo conflicto resuelto y convertirse en “el último hombre” nietzscheano?
¿Podría mantenerse una población mundial que dentro de poco será de diez mil millones si no es a base de crear consumo?
Todas estas preguntas que pongo como ejemplo, y muchas otras que podrían surgir a poco que nos empeñemos en interrogar el texto, son las que suscita este artículo y sus secuelas. (En 1994 apareció otro artículo, “Reflexiones sobre El fin de la Historia cinco años después”; en 1992 publicó un texto largo de cuatrocientas páginas llamado “El fin de la historia y el último hombre” y en 2006 un “Epílogo a la 2ª edición en rústica de El fin de la Historia y el último hombre”).
No soy nadie para recomendar nada y menos para calificar algo como imprescindible, porque seguramente se puede llegar a la misma conclusión recorriendo otros libros, pero, en mi modesta opinión creo que “¿El fin de la Historia?”, escrito en 1989, aún consigue enfrentarnos a cuestiones y “contradicciones” todavía no resueltas. Y visto todo lo ocurrido en las últimas décadas, la democracia liberal que parece defender Fukuyama en su artículo puede parecer cándida, que no lo era, si la comparamos con el capitalismo salvaje y despiadado, esquizofrénico, al que hemos llegado.
¿Ha cambiado en qué y cómo la situación desde entonces?
¿Qué decir de los cientos y miles de refugiados de Siria actuales (2015), pertenece este acontecimiento a la posthistoria?

El artículo se cierra con un sorprendente final. Fukuyama ve en el fin de la Historia un tiempo muy triste. Nos consumirá una nostalgia de los tiempos en que existía la Historia, en que los hombres arriesgaban su vida por unos ideales. “En la era posthistórica no habrá ni arte ni filosofía, solo la perpetua conservación del museo de la historia humana”. Estaremos ocupados en satisfacer nuestras demandas consumistas y en resolver problemas técnicos, dice. Con este final el artículo deviene un magnífico relato distópico. Estamos en el plano o mundo de las ideas, claro, nos advierte el autor en reiteradas ocasiones. Sea cual sea el grado de toxicidad de este producto, las penurias televisadas cada día, y las atrocidades que no vemos, por ahora no las arregla el liberalismo que nos cuenta Fukuyama, por más que teóricamente, según nos dice, ya estén resueltas, ese liberalismo, si es válido, necesita de muchos retoques, ajustes, solidaridades, etc. 

sábado, 22 de agosto de 2015

apretar el gatillo.28. eterna penumbra de la mente simpson

Eterna penumbra de la mente Simpson
Miguel Guerrero

De la extensa e intensa entrevista que me hicieron en El País solo me interesa rescatar y mostrar aquí una pregunta y su contestación. Después de una serie de cuestiones relacionadas con la narrativa, la literatura, (de eso se trataba) me sorprendió la entrevistadora con una de carácter personal: ¿Es usted feliz? Yo había acudido allí en calidad de escritor y no como la persona que soy, que son dos cosas distintas o al menos podríamos decir que el escritor es una entidad mínima de la persona, muy poderosa dentro de mí pero con la que no siempre estoy de acuerdo, a la que no siempre contradigo o desaliento y la dejo que se vaya expresando como crea conveniente, dentro de los márgenes, eso sí, de unos parámetros permisibles por el buen gusto dominante (lo que no siempre consigo porque si algo quiere ser ese escritor es parecerse a los niños terribles de la literatura, no es fácil convivir con alguien así), sin que nada de esto sea limitación para que esa expresión sea clara y contundente si se tercia la ocasión. Consideré en ese momento también que quizá la pregunta no era de carácter personal sino que a lo que ella se refería era que si como escritor era feliz. Que va, me dije. Creo que no va por ahí.
            Hasta ese momento, la entrevistadora me había tenido sorprendido y a la vez ensimismado en el buen trabajo que estaba haciendo. (No es momento de meterse con los periodistas, pero ahí queda). Ella se había documentado hasta tal punto que conocía mi obra muy por encima de lo que yo mismo podría conocerla así pasase cientos de años de estudio esforzado sobre ella. Y las preguntas eran claras, bien elaboradas y, lo mejor de todo, nada de pedantería ni ínfulas intelectuales de por medio. Mirándola, oyéndola, me daba cuenta de que hacía mucho tiempo que no había estado ante una persona inteligente. Si no es que el olvido no había hecho una de las suyas conmigo.
            La única vez que pude sorprenderla fue cuando me invitó a que le destacara una influencia clara y decisiva en mi literatura en los últimos años en los que tan retirado había estado y nada se había sabido de mí. Le sonreí porque creí que empezaba a bromear conmigo, lo que no me desagradaba, aunque la entrevista se la estaba haciendo al escritor el resto de mi persona también estaba allí y temí que ese resto empezara a involucrarse demasiado en la tarea, la entrevista, que debía corresponder solo al escritor.
            Le dije que el producto creativo que más me había gustado e influenciado en los últimos veinte años era la serie Los Simpson, que pasado el tiempo necesario para obtener una perspectiva precisa y solvente sobre ella será considerada tan importante y a la altura de las grandes obras de la historia. El amplio y sutil fresco que presenta sobre la vida contemporánea y el retrato mordaz sobre los comportamientos de una familia media, bla, bla, bla… Y sobre todo el capítulo nueve de la temporada diecinueve llamado “Eterna penumbra de la mente Simpson” me parecía un momento de gracia creativa inigualable, etc. La entrevistadora aún no conocía mi última novela escrita, en la que llevaba trabajando años, y todavía inédita. En ella y en mi faceta de escritor eran evidentes esas influencias. Quiero remarcar que esta influencia tan potente solo afectaba a ese escritor que habita dentro de mí y que el resto de mi persona apenas sufría tales padecimientos, o eso creo yo.
            Apenas si hablo durante unos minutos mi boca se reseca, es como un toque de atención biológico a mi creencia casi enfermiza de que “hablar es mentir” (“vivir es colaborar”), es como si lo físico y lo mental caminaran de la mano y ninguno de los dos pueda quedar atrás. La entrevistadora se percató de este detalle, se disculpó por no haberlo previsto, y me ofreció algo de beber. ¿Tienen cerveza Duff?, pregunté. Hizo una consulta rápida a los del equipo de producción y estos le dijeron que no tenían esa marca, que si quería otra… no, no se preocupen, una botella de agua mineral me viene bien.
            Bebí un trago largo de la botella y al dejarla sobre la mesa fue cuando ella me preguntó: ¿Es usted feliz?
            Y yo le contesté: Ahora sí.
            Muchas gracias por todo Sr. Branded, sonrió la entrevistadora a modo de despedida satisfecha, cierre de la entrevista.
            Entonces yo dije, mientras el escritor callaba, llámeme Luke, si no le importa.

            Era inevitable, así las cosas, que yo también entrara en esa eterna penumbra que hasta hacía bien poco había estado reservada solo para él.