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domingo, 10 de mayo de 2015

apretar el gatillo.21. lo real

Lo real
Miguel Guerrero

Hasta que a Borges se le ocurrió aquello del mapa y el territorio todos vivíamos más o menos bien, es decir, inocentes y desconocedores de la sustancia de que está hecha la Realidad, como el pez de Wallace que se pregunta ¿qué es el agua? En el cuento de Borges los cartógrafos del Imperio aspiraban a la confección de un mapa tan detallado que llegara a coincidir con total exactitud con el territorio del Imperio. Y eso hicieron, hasta conseguir más tarde que toda la Tierra quedara cubierta por el mapa. Y como sin darnos cuenta hemos estado viviendo en ese mapa superpuesto desde entonces sobre el territorio. Nos hemos acostumbrado a hacer nuestra vida entre los pliegues de ese mapa, sin dejar de quejarnos de pisar el papel en vez de la tierra añorada.
Y cuando ya habíamos asimilado las nuevas reglas del juego y resignados aparentábamos ser felices en nuestra desgracia, llega Baudrillard y nos dice que sobre ese mapa tenemos que ir reconstruyendo y recuperando el territorio. Esto es: sobre el simulacro que es el mapa en el que vivimos ir recomponiendo la Realidad que los cartógrafos del Imperio habían sepultado con su mapa. Esta tarea se presenta más ardua, e inalcanzable el objetivo que aquel que consiguió el Imperio. Sin embargo, como siempre, unos pocos iniciaron la tarea y a veces, sobre el mapa, llego a ver un destello de cordura que es obra sin duda de esos pocos. Pero no podemos engañarnos: conseguirlo no queda fuera de lo imposible, creemos.
A mí se me ha ocurrido, solo por seguirle modestamente el rollo a estos grandes pensadores, que quizá lo más conveniente sería provocar una gran explosión del planeta, un nuevo big ban, con la idea de más tarde recomponerlo a base de ir juntando los pedazos esparcidos por el espacio, haciendo un compuesto de trozos de manera que logremos reconstruir nuestro mundo: aspiración máxima del terrorista. He advertido que la explosión no solo hará trizas el territorio sino el mapa también, incluidos los trozos de Realidad que ya habíamos conseguido superponer al mapa, en este caso poca cosa.
Recordando a Baudrillard, me pregunto quiénes serán los nuevos cartógrafos que compongan ese nuevo mundo que surja de la gran explosión, si serán fiables. Son cosas mías, me digo.
En cualquier caso, un día despertaremos y todo habrá desaparecido, el mapa y el territorio. Lo tangible de las cosas y las cosas mismas. Las sensaciones, los pensamientos, las emociones. Toda esta construcción de lo real desaparecerá, como lágrimas en la lluvia. Nos rodeará un inmenso vacío que ni siquiera ahora podemos imaginar; la nada que ahora imaginamos es algo que en ese momento será nada.
            Y no será la muerte.
            Seremos información desplazándose por el éter, por el cauce eléctrico de un mundo infinito y rizomático. Eternos e inmortales. Para no morir de tristeza, tendremos que soñar de nuevo los Desiertos del Oeste, y allí, entre las Ruinas del Mapa, desearemos vivir como Mendigos.
           
(Del rigor en la ciencia. Jorge Luis Borges, Historia universal de la infamia. 1946.
En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.
SUÁREZ MIRANDA: Viajes de varones prudentes, Libro cuarto, Cap. XLV, Lérida, 1658.)

(Cultura y simulacro. Jean Baudrillard. 1973).

domingo, 3 de mayo de 2015

apretar el gatillo.20. uno de mayo

Uno de Mayo
Miguel Guerrero

Sobre los escalones de entrada al Ayuntamiento, cuyas instalaciones acogen de nuevo buena parte de las dependencias del Gobierno Municipal, está extendida una pancarta que dice: POR UN SALARIO DIGNO, junto a ella reposan tres bombos y dos cajas esperando ser golpeados por puños reivindicativos, habitualmente esta función recae en los llamados liberados. Los tres grandes sindicatos están hermanados en esta celebración.
            Los trabajadores se van aproximando por los laterales del edificio y confluyen frente a la escalinata, los que se dan cuenta de que están frente a la pancarta y tambores se retiran cautelosamente hacia un lado queriendo dejar libre la visión de la leyenda e instrumentos. La prensa apremia a los despistados para que no les oculten el campo de visión. Se hacen grupitos, bien porque entre ellos se conocen y se han encontrado allí o bien por afinidad sindical, hoy desprenden una energía especial los cuerpos reivindicativos.
            El carismático sindicalista ya retirado Porras Naranjo, en calidad de invitado de honor, (lleva una pegatina de UGT sobre su camisa a la altura del corazón igual que otros que lo acompañan lucen un cocodrilo mal bordado o un paquete de Marlboro que se transparenta bajo la fina tela del bolsillo) aparece en el escenario megáfono en mano, da los tres o cuatro pasos necesarios para instalarse junto a la pancarta y espera, hierático, perro viejo, unos segundos hasta que los compañeros y compañeras asistentes se van percatando de su presencia junto al micro, que supone la inequívoca e inminente intervención.
Todo está a punto para conmemorar el uno de mayo, la expectación es máxima, miles de personas asisten al acto, el micro silba en un acople que rápidamente es silenciado: Porras ha bajado el megáfono, alejándolo de su influencia.
Apenas si el señor Porras ha articulado el pertinente saludo a su audiencia, se oye desde el cielo, de menos a más, la música de la Guerra de las Galaxias. Algunos creen que es parte del espectáculo, pero al fin, extrañados, los presentes alzan la cabeza y ven aparecer los platillos volantes. El personal huye despavorido, (recuerden la Guerra de los Mundos) pero los eficaces rayos paralizantes dejan inertes a los manifestantes, envueltos en una sustancia parecida a la miel, (más tarde sabremos que a esto se le llama ambarización), en sus posiciones de huida, con la banderita sindical en alto, el rostro despavorido.
Las naves se posan sobre la Avenida España, en el tejado del Conservatorio, el paseo Fariñas, toda la ciudad debe estar invadida y sus habitantes ambarizados. De las naves bajan unos cuerpos amorfos de color verde con varios ojos en lo que podríamos llamar cabeza y tentáculos varios en lugar de brazos. Son alienígenas llegados de Titán. Han conquistado la Tierra.
Varias horas después desambarizan a la población. Los vugs, como se hacen llamar los habitantes de Titán, nos advierten de que nada tenemos que temer, que su misión afecta solo a los sindicalistas, únicos individuos que aún permanecen atrapados por el ámbar. Una comisión terrestre se reúne con los vugs, la alcaldesa a la cabeza, y estos explican que lo único que les interesa es la fuerza de trabajo que albergan los cuerpos de los sindicalistas y trabajadores afiliados, esta fuerza de trabajo les será extraída y almacenada convenientemente. En Titán, explican, la masa vugsiana productora de bienes ha tenido un colapso en sus funciones de trabajo y deben ser recargados.
Y así lo hacen. Ninguna oposición por parte de los terrícolas. La capacidad tecnológica de los vugsianos es tan superior a la nuestra que nada podría impedir lo que se proponen. Desambarizados los sindicalistas y afiliados, son sometidos a la extracción de la fuerza de trabajo que contienen sus cuerpos, especialmente motivados este uno de mayo. Las naves, una vez acabada su misión, ascienden al cielo, rumbo a Titán.
Durante los siguientes días los sindicalistas y afiliados deambulan por la ciudad como zombis. Poco a poco van recuperando su actitud anterior a la invasión, se reorganizan y aparentan ser lo que eran. Pero la verdad es que ya nunca recuperarán sus capacidades para terratransformar la sociedad. El único consuelo que les queda, que nos queda, es que su fuerza de trabajo esté siendo utilizada en Titán, quizá, siendo muy optimistas, para transformar la sociedad vugsiana.



domingo, 26 de abril de 2015

apretar el gatillo.19. sobrevivir

Sobrevivir
Miguel Guerrero

El cuentakilómetros del vehículo marca solo 2.000 kilómetros y el Vendedor te dice que el coche está casi nuevo, indicando la cifra, que prácticamente eres tú el que, si te lo llevas, lo vas a estrenar; lo miras casi sin querer, al Vendedor, una mirada rápida. Sabes que te está mintiendo o que, recapacitas, es muy probable que te esté mintiendo, y no se lo reprochas. Con solo una mirada furtiva has podido ver que no tiene más remedio que vender. Padre de familia, mayor de cuarenta y cinco, muy posible que sin formación alguna, o incluso con formación, etc. Siente toda la presión de la biosfera laboral sobre él cuando la figura de su jefe se deja ver tras la ventana apersianada de su despacho. Él sabe, sospechas, que tú te has dado cuenta de que la verdad del cuentakilómetros es una ficción que se ha organizado alrededor de vosotros dos por una mera necesidad de supervivencia comercial. Tiene el Vendedor además en su gestualidad y forma de hablar algo de chulesco, más bien de ir sobrado de conocimientos sobre vehículos, en lo que parece ser un experto al que poco se le puede discutir, pero en una segunda mirada, que esta vez le dedicas con algo más de atención, casi podrías asegurar que esa semiótica mercantil suya es impostada, un armamento adicional para que en la lucha educada entre Vendedor/Comprador haya al menos una posibilidad de triunfo, es decir, la venta del vehículo. Esa chulería, de tantos años ya usándola como herramienta de venta, se ha incorporado traicioneramente a sus hábitos cotidianos y tiene él de chulo en realidad ya nada, solo esa pose adquirida por necesidad y que ya la ejerce con indiscutible profesionalidad pero con cierto cansancio.
Es posible que en el transcurso de la interrelación que se va a sostener entre Vendedor/Comprador, a él, el Vendedor, quizá en ese momento en el que vea peligrar la venta, se le escape una sonrisa que lleve el estigma de una complicidad necesaria, en la que esté dibujada la aceptación del juego que hasta ahora han mantenido: esa sonrisa encierra la siguiente información: vale, (dice la sonrisa del Vendedor) ya sé que usted sabe que estoy exagerando las prestaciones de este vehículo que ha venido a comprar, que no son 2.000 kilómetros los que tiene, sino 20.000, que su anterior dueño, como le he dicho hace unos segundos, no ha sido un señor mayor que casi no lo ha utilizado, sino un joven alocado que ha tenido varios incidentes con el vehículo que le han ocasionado abolladuras que nosotros hemos corregido; en fin, que le hemos lavado la cara al coche hasta hacerlo parecer seminuevo, como dice el cartel que aún está en el parabrisas; también yo he leído su cuerpo y este me dice que su capacidad adquisitiva, Sr. Comprador, solo llega para un coche de este tipo y aun así su compra conllevará la supresión necesaria de alguna costumbre o capricho que hasta ahora podía permitirse, que la pose despreocupada con la que se ha acercado a este concesionario y la mano blanda que me ha dado al saludarme, sin mirarme, esa solvencia supuesta en su despreocupación por los coches en general, en fin… ; ahora, (sigue hablando la sonrisa), momento en el que usted y yo hemos llegado al mismo plano de entendimiento, a entender nuestros respectivos papeles y necesidades en esta vida, ahora, digo, queda en su mano la decisión, que no es trágica, lo sabemos, ni siquiera llega al drama, no exagero si digo que es ridícula; no se puede llamar engaño a esto, ¿verdad?, ahora sabemos los dos que pertenecemos a ese inmenso grupo de los que no viven, sino que sobreviven en este ecosistema social y político; usted y yo sabemos que en alguna medida alguno de nuestros comportamientos están determinados por estas condiciones sociales en las que nos ha tocado vivir y que las asumimos como juego.
El Comprador, a su vez, le contesta con la mirada: sí, así es.
Me lo quedo, dice con fingida resolución el Comprador. Y esta vez tiende la mano firme hacia el Vendedor, sellando un pacto un punto amargo que los hermana, y quedan visibles en el cuadrante que la maquinaria social les tiene asignado.

Pese a todo, el ser humano es extraordinario.

domingo, 12 de abril de 2015

apretar el gatillo.18. funciones ideológicas

Funciones ideológicas
Miguel Guerrero

Un elemento de signo marxiano como es el económico, entendido como valor materialista que provee a los hombres de los recursos necesarios para adquirir porciones de confort y, en una estructura social como la nuestra, nos da acceso a la dignidad, una mercantilización de la cosa, se ha introducido sibilinamente en un espacio tan conservador e idealista como es el de Semana Santa, tan refractario hasta hace bien poco a la modificación o ampliación de sus presupuestos originariamente rituales, sin que la pertinencia de la entrada de este elemento sea discutida, ni rechazada su conveniencia, por la mayoría de sus acólitos. Sin que sufran este factor económico como un cuerpo extraño, una lanza clavada en el costado. El número de puristas debe ser muy reducido, o las voces en contra deben ser susurros apenas audibles, si acaso una queja queda, nunca una protesta. Algo parecido a una resignación escondida tras lo políticamente correcto, una cuestión de tolerancia mal entendida. Tal vez estén muy convencidos estos puristas de la trascendencia y fortaleza de la Celebración como para que ese elemento la perturbe. Este elemento, sin embargo, es una función con capacidad para modificar, infectar, en definitiva variar, aquel organismo en el que se inmiscuye. Esta función ideológica ha convertido la Semana Santa en un producto más de la sociedad del espectáculo, la ha dejado hueca, la ha convertido en un artilugio lúdico del capitalismo avanzado o tardío. Por fin tiene una utilidad para los hombres, he oído decir.
Otro de esos elementos o funciones ideológicas, el respeto al padre, como autoridad que deviene de unas estructuras sociales verticales, fuertemente militarizas y religiosas, en la que la obediencia se erige como una indiscutible entrega forzada de la subjetividad del hijo a la figura de autoridad encarnada en el padre, se ha atemperado en su lugar tradicional, esto es la relación padre-hijo, pero esa función, bajo una apariencia de elemento débil, se ha instalado de forma incómoda en el llamado mundo laboral y empresarial, agazapada está, a la espera de condiciones sociopolíticas favorables para aparecer en su verdadera dimensión. Si estas no se dan, esa función ideológica no tendrá reparo en desplazarse hacia lugares más convenientes para conseguir sus objetivos.
La felicidad o realización personal es otro de los valores, o función ideológica, que recientemente cambió de sitio. Esta función tenía su lugar natural fuera del mundo laboral, que era entendido y asumido como ese tiempo de vida que el individuo tenía que entregar a la comunidad para su mantenimiento y desarrollo, con unas implicaciones afectivas casi inexistentes. Fuera de ese ámbito correspondía producir eso que se ha dado en llamar realización personal, con unas connotaciones y un contenido de índole emocional adecuado para conseguir que la vida tuviera un sentido placentero y constructivo. No es así en nuestros días, en los que esta función se ha desplazado al ámbito laboral, en él es donde ahora se busca, se persigue y se consigue esa realización personal. El mundo, entonces, nos ha convertido en operarios y consumidores felices de los placeres que propiamente producimos.
            Estas intrusiones o trasvases de funciones ideológicas hacia otros enclaves, que en principio y de manera indiscutible habían tenido una ubicación y pertenencia casi sagrada a una parcela inicialmente asignada, en las que cumplían su cometido ideológico de manera inequívoca, ahora parecen haber perdido su carácter unívoco y albergar en su seno ambigüedades y polisemias antes ocultas que le permiten asentarse en contextos que anteriormente les estaban negados.
            Las instituciones que tenían la custodia y fijación de estas funciones ideológicas pertenecían a la llamada sociedad de la disciplina, y más tarde la sociedad de control, estas han cedido en su celo de preservación y sujeción y ahora esas funciones se desplazan, se disfrazan y desaparecen a su antojo por los vericuetos de una realidad transformada. Han creado con sus desplazamientos aleatorios e imprevisibles una apariencia de caos, en una especie de torpeza de movimientos primerizos. Es lo que algunos teóricos llaman momento de caos y popularmente se resume en la frase pérdida de valores, lo que no es tal pérdida, sino traslado, deriva, transformación. Transvaloración.
            Mientras tanto, esas funciones ideológicas buscan nuevos espacios en los que asentarse. O no. La condición y comportamiento de cada una de estas funciones se ha vuelto arbitrario a nuestros ojos, y una vez liberadas de sus papeles para las que originariamente fueron concebidas, estas funciones pululan por nuestra realidad con criterios propios y ejercen su cuota de influencia sin necesidad de someterse a ninguno de los organismos o instituciones a los que antaño pertenecían. Las funciones ideológicas, en algunos casos, han perdido su condición moral o ética. Sabedoras del poder e influencia que pueden generar se organizan de tal manera que en poco tiempo hacen que conductas propias, consolidadas en el tiempo, de un determinado gueto vital cambien de signo, o, sencillamente, rebajen sus prestaciones e intensidad hasta conseguir que el grupo actúe de forma poco acostumbrada. Por ejemplo, las funciones ideológicas de honorabilidad y servicio público que en alguna ocasión y por poco tiempo poseyeron algunos políticos han bajado considerablemente su intensidad en ese su lugar de origen y se han desplazado hacia aquellos lugares en los que una intención de regeneración de lo público se da como necesaria y es asumida como urgente. Quizá este tipo de comportamientos de algunas de las funciones ideológicas alumbren y arrastren a otras que parecen descarriadas o que están en un letargo del que pueden ser recuperadas. Esta es la esperanza de los más pánfilos. Las funciones, salvo casos contados, parecen tener otros planes.
Nuestra realidad ahora está entretejida de elementos o funciones ideológicas que se desplazan desde sus lugares de origen, se asientan en esas parcelas nuevas y matizan o colonizan la esencia de estas. Se organizan y preparan un ataque masivo, sin prisa alguna, sobre el tejido degenerado del mundo concebido por los hombres, en el que las funciones ideológicas tomen el mando y provoquen nuevas formas de vida. El ser humano, llegado el momento, será prescindible.
Si acaso, sobrepasados por la complejidad del mundo, ¿no estamos ya inmersos en esa posibilidad y somos zombis sin querer/poder reconocer el dominio absoluto de esas funciones sobre la gobernabilidad de la existencia?


viernes, 3 de abril de 2015

apretar el gatillo.17. necesidad de la semana santa

Necesidad de la Semana Santa
Miguel Guerrero

Yo soy muy aficionado a la SCI-FI y sobre todo a los viajes en el tiempo. Mi mayor deseo es viajar al futuro, pero los viajes al pasado también me atraen. De todos es sabido la imposibilidad de que estos tiernos deseos se vean cumplidos. Hemos nacido demasiado pronto. Sólo puedo disfrutar de ellos en forma de simulacro. La literatura y el cine, las series también, me tienen más que distraído con estos temas.
            La Semana Santa es un simulacro, una representación que a mí, particularmente, me retrotrae a la España medieval, o a mi infancia, que viene a ser lo mismo. Cuando tropiezo con un paso me transporto. Ya sé que nunca del todo, soy hipercrítico y no me dejo llevar fácilmente, eso está en mi contra. Sin embargo, un número indeterminado de moléculas de mi cuerpo y mente viaja en el tiempo y accedo tele transportado a lo más oscuro de nuestra tradición. El placer es intenso y gratificante porque aunque uno en ese momento esté en un estado parecido al trance, a la vez se siente salvaguardado porque sabe que sólo es representación, que nada malo me va a ocurrir. No me van a quemar, me digo, aunque algunas caras me parezcan descendientes directos de los torquemadas de la época, pero esto sé que es una exageración, demasiadas imágenes tenebrosas con las que convivimos en nuestra infancia, almacenadas en nuestro ideario, es un recurso que yo utilizo ahora para darle cierto dramatismo y emoción al viaje al pasado.
            No me interesa la estética semana santera (entre las cosas que considero feas, sin negociación alguna, se encuentran los pasos de Semana Santa y un vestido de novia, y por extensión una boda, no hay nada más hortera que una boda), pero ayuda, toda esa iconografía no está puesta en balde, tiene su intención y sin ella el acercamiento anímico que necesito para el viaje no se produciría. La música, magnífica, es determinante.
            Vista la Semana Santa desde otra sensibilidad, no hay que despreciar su elemento económico, tan necesario en nuestros días. Esto puede ofender al purista, pero no debe ser así. Que un acontecimiento tan espiritual haya desembocado en una utilidad de signo marxista, ahora entendido como neoliberal, no debe parecerle degradante. Yo creo que es una forma muy rebuscada pero eficaz de multiplicación de panes y peces: algunos de aquellos que no tienen trabajo habitualmente, en estos días lo encuentran y llenan su despensa con ese maná que la Providencia, tan astuta, les hace llegar. Dios y la beata Báñez lo tienen todo estudiado, se podría decir.
            Yo creo que la Semana Santa ya no hace daño, como piensan algunos de mis amigos, ¿o sí? No sé. Que es una esquirla inofensiva que se resiste a deshacerse en el tiempo. Lo que sí es cierto es que mucha gente obstinada abjura de ella y si en su mano estuviera la prohibirían. Craso error. Esta debe desparecer sólo si la gente de manera inteligente, sin ser forzada, llegara al convencimiento de que es un anacronismo. No es fácil que eso ocurra. Por eso creo que es una necesidad de primer orden que el hombre invente ya la tele transportación, así sería posible que los amantes de la Pasión se desplazasen todos al Medievo, época a la que creo que pertenece esta actividad, donde mejor puede lucir, celebren allí su Semana Santa y luego el Lunes de Pascua regresen a nuestro tiempo y nos cuenten cómo les ha ido, un resumen bastaría. Y todos felices. Yo también iría, y así, al menos por un tiempo, me quitaría de encima a los palizas anti semana santa. En este caso, Dios y la ciencia se están demorando en la invención del tele transporte. Ya pueden imaginarse las posibilidades que nos proporcionaría ese invento. Lo de disputas que evitaría.
Y lo que de necesario tiene la semana santa: es ver cómo pone a prueba el grado de tolerancia hacia lo distinto de progres y radicales trasnochados, intacto y calcado años tras año, fosilizado ese pensar intolerante como la propia Semana Santa.
Amén a lo dicho.
O como escribió brillantemente Pepe Villalba, mejor quítenle el acento a amén y amen, sobre todo amen, amen…


domingo, 29 de marzo de 2015

apretar el gatillo.16. accidente aéreo

Accidente aéreo
Miguel Guerrero


En el episodio cinco de la segunda temporada de FRINGE, La lógica del sueño, un doctor especializado en trastornos del sueño tiene en fase de experimentación a unos ochenta y dos pacientes, a los que les ha implantado un BIOCHIP junto al tálamo, órgano del cerebro que regula el insomnio y las pesadillas y los procesos del sueño. “Es un interfaz informático cerebral, éste lleva un transmisor que lo hace inalámbrico, puede conectar el cerebro a un ordenador remoto, funciona de forma muy parecida a un marcapasos, controla los ciclos del sueño y cuando es necesario estimula el tálamo induciendo un estado profundo de sueño.” El BIOCHIP va directamente al tálamo que no sólo regula el sueño sino que funciona como un repetidor para el córtex cerebral que también controla la función motriz. Control mental.
            A los pacientes, desde la implantación del BIOCHIP regulador, les va muy bien: duermen toda la noche y todas las funciones del sueño han pasado a desarrollarse dentro de los parámetros de la llamada normalidad. El experimento del doctor Laxmeesh Nayak está siendo un éxito.
            La confianza del doctor en sus ayudantes ha hecho que todos compartan la clave que regula el BIOCHIP, el doctor, buena gente, no duda de la integridad y cordura de cada uno de ellos.
Sin embargo, el MALO de la película es uno de los ayudantes.
A través de esa clave se puede tener acceso a la regulación de ese BIOCHIP implantado en cada uno de los pacientes, de manera que se puede cambiar la intensidad del mismo, desactivarlo, etc. Desde su red informática, el MALO, manipula el BIOCHIP de un paciente. Éste empieza a tener visiones terroríficas, se le aparecen sus compañeros de oficina como demonios con cabeza de macho cabrío que él siente como una amenaza para su persona. En consecuencia, perdido el juicio, los ataca y acaba matando a su jefe, golpeándole la cabeza con su maletín metálico.
En el MALO esto supone el inicio de una adicción imparable y acomete otra alteración del BIOCHIP de un segundo paciente. Y de un tercero. Y de un cuarto. Esta cuarta manipulación la efectúa sobre un piloto de aviación. Éste, con la ayuda de su copiloto, se dispone a despegar su hidroavioneta en la que lleva un reducido número de pasajeros. En ese momento en el que el aparato se dispone a realizar el despegue, el MALO manipula el BIOCHIP del aviador. Éste, de menos a más, va sintiéndose mal. Para cuando la hidroavioneta ya ha perdido contacto con el agua, el piloto tiene las primeras convulsiones y visiones: el rostro del copiloto se le aparece sin rasgos. La máquina ha dejado de elevarse lo suficiente y en pocos segundos acabará estrellándose contra unos edificios. El copiloto trata de hacerse cargo de los mandos pero la extrema violencia que ejerce ya el piloto se lo impide; la hidroavioneta está fuera de control.

Sólo la esperada irrupción de la agente del FBI Olivia Dunham y su ayudante Peter Bishop en la sala desde la que el MALO está manipulando la conducta del aviador, y mediante la desconexión de los equipos informáticos que lo hacen posible, consiguen que la función del BIOCHIP quede anulada y el aviador vuelva a la normalidad, justo en el momento idóneo para evitar el fatal accidente. Los tripulantes de la nave respiran hondo. El siniestro aéreo, en esta ocasión, ha sido evitado.




domingo, 22 de marzo de 2015

apretar el gatillo.15. el hombre opaco

El hombre opaco
Miguel Guerrero

En algún momento y sin darme cuenta empezó a formarse a mi alrededor un cajón inmaterial que en pocas horas quedó totalmente consolidado e igualmente, sino invisible, difícil de detectar, me aísla del mundo de tal manera que creo no percibir sensorialmente la realidad como debiera y como estoy convencido y seguro de que la perciben mis semejantes. Eso pensaba. Un ejemplo, aunque no es eso, podría ser la sordera que te acontece cuando te entra agua en los oídos y la vida queda separada de ti de manera ostensible. Algo así, pero que abarca todos los sentidos. No sólo lo sensorial padece tal efecto, los afectos sufren una lejanía y adquiero un redoblado cuidado en lo que digo y una atención casi enfermiza en lo que oigo. Y en todo lo que hago. Es como si entre la realidad y yo algo se interpusiera y para aprehenderla tener que hacer esfuerzos extras.
            Esa fue mi primera preocupación, cómo percibía yo el exterior a mí. Desde luego, se había producido un aislamiento involuntario pero contundente.
Al poco, pude comprobar que la caja esa que alrededor de mí se había formado no era percibida por los otros. La primera prueba de fuego sobre la consistencia, visibilidad o materialidad de dicha caja se produjo cuando al entrar al edificio en el que trabajo alguien me esperaba allí, me tendió la mano y yo a la vez se la tendí y nos saludamos. No problen, me dije tontamente. Pero alrededor de mi mano y antebrazo se había prolongado la sustancia de manera que mi extremidad quedó envuelta en ella al verse obligada a salir de la caja. Noté una sensación de acolchamiento al contacto con la mano del hombre. Pero él no percibió anomalía alguna. Ni mis compañeros de trabajo, ni nadie. Fue una jornada llena de normalidad. Con el paso de las horas esa primera preocupación se disipó por completo: la caja que se había formado a mi alrededor no era percibida por los demás. Sin embargo, la sensación de distancia entre mi persona y aquellos a los que durante el día traté era bastante significativa con respecto a días anteriores. No sólo eso. Mi percepción de la realidad había sufrido una variante: una opacidad manifiesta se interponía entre ella y yo.
La segunda preocupación que me asaltó fue si los demás también estaban envueltos en una caja como la mía y yo no lo percibía. Si todos, me preguntaba, estamos aislados por este tipo de construcción y nuestras sensaciones y afectos, nuestra visión de la existencia, sometidos a la opacidad del material de la caja, a veces algo líquido, otras gaseoso.
            Días después de que me ocurriera esto, pensando en cómo había sido posible la formación de ese cajón, a veces me parecía gelatinoso, llegué a creer que se inició cuando una mañana encendí la TV, como de costumbre, y mientras desayunaba veía las noticias. Fue cuando trataban el tema de la Ley de Transparencia que me sentí muy incómodo, un malestar imposible de describir, dejé el desayuno a medias. Pero no pude dejar de ver las noticias al completo, atrapado en mi asiento. La conclusión más plausible a la que he llegado es que durante esa media hora de telediario he absorbido todos los relatos posibles que genera nuestro mundo y que la caja que ahora me rodea se fue tejiendo a partir de entonces a base de imágenes y lenguaje que han conformado este entramado semiótico que me oculta la realidad.

            No, me dije algo después. La caja viene formándose desde el principio de mis días, tan sutil, tan apegada a nuestra propia naturaleza que es imposible percibirla. Sólo que ese día, el fantasma de los signos tuvo el descuido de hacerse para mí visible. Sin saberlo, el fantasma me ha proporcionado el mejor de los regalos.

sábado, 14 de marzo de 2015

gibraltar.23. el toxpiro

El autor da por definitivamente resuelto el problema del toxpiro; el toxpiro está pronto a las pruebas triunfadoras: el autor lo ha visto «rasgar gallardamente los aires.» «A dos, a cuatro, a seis kilómetros, con velocidades reguladas a voluntad», añade, «enormes cantidades de dinamita podrán ser lanzadas contra un obstáculo cualquiera. ¿Se comprende todo el alcance de la revolución que va a inaugurar la nueva arma? La marina de guerra cambiará por completo; los acorazados serán inútiles. Desde la costa, desde un lanchón, un toxpiro hará estallar la dinamita contra sus recios blindajes y los blindajes volarán en pedazos. España volverá a ser poderosa: Gibraltar será nuestro: las grandes potencias solicitarán nuestra alianza. Y la vieja águila bifronte tornará a revolar majestuosa por Europa…»

La voluntad 
José Martínez Ruiz “Azorín”