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sábado, 21 de enero de 2017

041. apretar el gatillo. national day

National Day
Miguel Guerrero


Sobre National Day, por José Antonio Luque

En los textos de “Apretar el gatillo” ( y este es una buena muestra de ello) se produce, cada vez con más destreza, un descenso en el nivel de realidad (que decía Artaud, seguramente con otra intención (pero ¿acaso eso importa?)) que es mucho más que la simple suspensión de la credibilidad tradicional de la literatura fantástica. Si a eso le sumamos esas referencias/anclajes culturales desprejuiciados (“recuerden...”, “recuerden...”), concluiremos que Miguel Guerrero está escribiendo (y parafraseo a mis amados The Residents) literatura de hoy para lectores que (aún (¿a qué esperan?)) viven en el pasado. (Hagan un esfuerzo, señores, merece la pena).


Sobre el escenario instalado en Casemates Square y junto al escudo patrio del castillo rojo sobre fondo blanco se puede leer la leyenda SELF-DETERMINATION IS OUR RIGHT. En ese escenario se suceden las intervenciones de oradores arropados y acompañados de autoridades felices, y el sol de mediodía esparce sus suaves rayos sobre la efervescencia nacionalista del pueblo gibraltareño: la meteorología, este diez de septiembre, se ha puesto del lado de la celebración y saca brillos esplendorosos a la masa roja y blanca. Como en ocasiones anteriores, tienen previsto soltar miles de globos de los colores corporativos al cielo y serán como almas que quieren fundirse en el infinito, allí donde todo es ideal, inalcanzable. Esa es la aspiración.
Pero aún es muy temprano, la plaza está siendo acondicionada, dándose los últimos retoques por los funcionarios y organizadores. Pero ya ese silencio laboral está preñado de la sensación que precede a los grandes acontecimientos. El aire contiene la promesa de un día distinto, irrepetible, será inolvidable, cósmico. Los protagonistas principales se preparan, cada cual a su manera. Fabian Raymond Picardo, esta vez, ha querido empezar el día acudiendo a la tumba del cerdo huido, aquel que escapó del matadero de La Línea cuando los matarifes lo acorralaban para darle caza y posterior muerte violenta, y escapó el cerdo del establecimiento y llegó hasta la playa, cerca del Cañito desde donde se lanzó al agua y nadando nadando cruzó la bahía hasta Gibraltar, “¡uff!, de la que me librado”, resopló el cerdo ante los turbados asistentes y testigos de su apresurada llegada, sacudiéndose el agua como un perro. Allí, ante aquellos pocos privilegiados, explicó su forzado escape y fue acogido por esos ciudadanos que viendo la proeza del porcino exiliado y la querencia que le suponían hacia su tierra lo cuidaron como a un hijo y lo llenaron de vida regalada hasta su muerte. Le dieron entonces sepultura en un digno rincón cerca del romántico cementerio de Trafalgar, con una placa en la que quedaba constancia de la admiración y respeto hacia el valiente animal. Picardo siempre había estado fascinado por esa antigua historia, desde pequeño quedó enganchado al cuento inverosímil, pero a la vez tan lleno de significciones, que a lo largo de su vida reflexiva fue encontrando en el suceso. Y hoy acude hasta la tumba, no para orar, sino para agradecer que el acontecimiento y el ejemplo del cerdo huido le haya ayudado a llegar, en alguna medida, hasta lo que hoy es: el Ministro Principal de Gibraltar. Él también ha huido constantemente de quien le ha querido matar, en sentido figurado, claro; no se ha dejado cazar, se ha lanzado al mar, o se ha metido en un charco si tuvo la necesidad, siempre que han tratado de frenar sus legítimas veleidades de ayudar a su comunidad. Desde luego, la visita a la tumba del cerdo ha afianzado su confianza en sí mismo, y su creencia en todo lo que significa el National Day se ha redoblado. Su cuerpo está lleno de nacionalismo, y un líder, sin dudas, transmite esto a sus ciudadanos. Al igual que otros consumen una sustancia farmacológica para reafirmar o aumentar su estado de euforia, Picardo se ha acercado solemne hasta la tumba para conseguir su psicoalteración.
Horas después, los gibraltareños de a pie, también henchidos de nacionalismo, visitantes de otras nacionalidades reivindicantes, turistas y linenses afectos al pueblo amigo, abarrotan ya la plaza, también los periodistas de los siete mundos conquistan posiciones idóneas, el acontecimiento está próximo a llegar a uno de sus momentos cumbre. Los asistentes, ante la inminente y anunciada aparición del Ministro Principal, se van aproximando por los laterales y confluyen desde otros puntos de la plaza frente al escenario. La prensa apremia a los despistados para que no les oculten el campo de visión. Ante la espera, se hacen grupitos, bien porque entre ellos se conocen y se han encontrado allí o bien por simple afinidad nacionalista, los corazones gibraltareños y adláteres están rebosantes de fraternidad. Desde luego que todos tienen en alguna medida algo parecido a amor patrio, o sensaciones y sentimientos difíciles de explicar. Como su líder, los cuerpos de los gibraltareños, sobre todo, y simpatizantes hoy, desprenden una energía especial, algo así como una fuerza orgásmica, una Potentia Gaudendi de alta combustión patriótica. Esta fuerza reúne al mismo tiempo todas las fuerzas somáticas y psíquicas, pone en juego todos los recursos bioquímicos y todas las estructuras del alma. El cuerpo gibraltareño es entonces un depósito pleno de energía nacionalista, el contenedor de un recurso natural envidiable que hace posible el funcionamiento espiritual de la maquinaria nacional.

Atención, porque el gran Picardo va a hacer su aparición: traje azul, camisa blanca, corbata roja, y un parche cubriéndole el ojo, (se decía que el día anterior le había salido un orzuelo y al tocárselo con los dedos sucios se le había infectado). La figura del líder es imponente, la puesta en escena propia de pueblos avanzados y orgullosos de lo conseguido en comunidad, eso es lo que se respira en ese momento epifánico en una Casemates Square apoteósica. Si tuviéramos a mano un artefacto medidor de esa Potentia, sin duda que veríamos la aguja en el extremo derecho queriendo salirse nerviosa del límite del marcador.
El Ministro Principal hace su aparición entre aplausos, da los tres o cuatro pasos necesarios para instalarse en la posición marcada y espera, flemático, sonriente, unos segundos hasta que los asistentes más alejados se van percatando de su presencia junto al micro, que supone la inequívoca e inminente intervención.
Todo está a punto para conmemorar el National Day, la expectación es máxima, miles de personas asisten al acto, el micro brilla y silba en un acople que rápidamente es silenciado: Picardo lo ha desplazado mínimamente, alejándolo de su influencia corporal, en un gesto solvente y profesional.
Apenas si el señor Picardo ha articulado el pertinente saludo a su audiencia, se oye desde el cielo, de menos a más, la música de la Guerra de las Galaxias. Algunos creen que es parte del espectáculo, pero al fin, extrañados, los presentes alzan la cabeza y ven aparecer sobre ellos los platillos volantes. Sofisticadas naves plateadas, de número impreciso, se suspenden a poca altura sobre Casemates Square y alrededores. El público queda petrificado, bien porque algunos piensan que, efectivamente, esto  pertenece a una espectacular puesta en escena (recuerden la Guerra de los Mundos) o bien otros piensan que es una invasión alienígena real, pero es solo cuestión de segundos que unos y otros empiecen a correr despavoridos, atropelladamente, pero es inútil, los eficaces rayos paralizantes dejan inertes a un número elevado de asistentes, no a todos, así como a los dirigentes que se encuentran en el escenario, envueltos en una sustancia parecida a la miel, (más tarde sabremos que a esto se le llama ambarización, recuerden la serie Fringe), en sus posiciones de huida o asombro. Excepto Picardo, que ha escapado: un acrobático salto hacia atrás y dos fintas precisas a los compañeros que se encontraban tras él, unos movimientos a cámara lenta en lo que parecía un spot del Corte Inglés sobre trajes flexibles y elegantes lo alejan del peligro, y como antaño su admirado cerdo huido desaparece de la escena. Picardo corre y deja atrás el escenario, se oculta en el túnel que une Casemates con la salida hacia el aeropuerto. No es gratuita su huida hacia esos lugares. Pocos días atrás se halló en las cercanías de la gasolinera BP una entrada a la roca que durante siglos estuvo oculta por desprendimientos y maleza. El caso es que investigadores avezados, atrevidos o lunáticos habían insistido a las autoridades gibraltareñas para que les concedieran permiso para dar con la localización de esa cueva, hasta que hace apenas una semana dieron con ella y encontraron en su interior lo que andaban buscando, esto es una pirámide de cristal opaco endurecido como el diamante de una altura de poco menos de cuatro metros. La pirámide contiene una energía desconocida para la ciencia actual. Nadie sabe nada, por ahora, sobre ella. La pista de la que partieron los investigadores es solo la descripción que aparece en uno de los tebeos ya viejos de El Capitán Trueno en el que el héroe, en una historieta que transcurre en Gibraltar, tras una desesperada lucha contra los musulmanes es derrotado y junto a un exiguo y maltrecho grupo de soldados logra refugiarse en la cueva, en la que descubren la pirámide. El bruñido aspecto del objeto y la excesiva suavidad que parece poseer la pirámide hacen que el capitán sienta una irrefrenable apetencia por tocarla. Y así lo hace. El cuerpo del Capitán Trueno desaparece. En las siguientes viñetas se ve cómo los soldados, angustiados, hacen lo mismo pero no se produce la esperada desaparición. Los musulmanes llegan a la puerta de la cueva, entran y los aniquilan. El Capitán Trueno se ha salvado: su cuerpo ha aparecido muy lejos de allí, en una inmensa llanura polvorienta con un castillo muy al fondo, quizás algún lugar de Castilla. Al pie de la imagen del torso de un capitán sorprendido, en actitud de defensa, aparece  la palabra Continuará…

Mientras tanto, nuevas naves se mantienen ahora sobre los alrededores de la plaza, sobre los tejados adyacentes, toda la ciudad debe haber sido ocupada y sus habitantes ambarizados. Y así es: la roca ha sido invadida, desactivados todos sus protocolos de defensa. De la nave nodriza bajan unos cuerpos amorfos de color verde, sin cuello, con varios ojos en lo que podríamos llamar cabeza y tentáculos varios en lugar de brazos (recuerden los alienígenas de la serie Los Simpson), la composición de esos cuerpos tiene la apariencia de ser líquida o gaseosa, o quizás una mezcla. Estos cuerpos quedan suspendidos junto a las naves, apenas a unos metros escasos de las cabezas de los asistentes al acto. Disponen pantallas líquidas gigantes, holográficas, junto a las naves, en ellas se explican en un correcto y práctico castellano la misión que los trae aquí, el procedimiento de extracción de nacionalismo que pretenden llevar a cabo y para qué lo necesitan.
            Se presentan como alienígenas llegados de Titán, son vugs. Su comunidad está sufriendo una crisis sin precedentes: pérdida de valores que creen fundamentales como al amor a la patria, la solidaridad entre los ciudadanos, o la falta de creencia en un proyecto común y una anhedonia generalizada ha sobrevenido de repente, sin explicación racional, dejando al satélite sumido en la peor crisis existencial de su larga historia. Todo su entramado sociopolítico y económico se ha desplomado, cayendo a índices negativos tan importantes que la vida vugsiana está al borde de la extinción. Eso queda dicho en las pantallas.
            De las naves salen unos rayos que parecen contener todos los colores. Estos rayos impactan sobre los cuerpos ambarizados, cuya miel que los rodea desparece en pocos segundos, quedando el cuerpo desvanecido sobre el suelo. La operación se lleva a cabo en pocos minutos. En las pantallas se explica simultáneamente que han puesto en marcha el proceso de extracción de nacionalismo de los cuerpos, que este recurso tan valioso será almacenado y llevado a Titán para ser administrado a los vugsianos. Una pequeña dosis de esta sustancia tan potente reactivará el ánimo de la población y podrán recobrar así su normalidad. Este es el motivo de su presencia, advierten que nada hay que temer, que su misión afecta solo a los nacionalistas con más alto índice de fervor patrio, que en pocos días se restablecerán, eso es lo que desean.

Fabián Picardo ha logrado llegar a la entrada de la cueva. Nada le impide acceder a ella puesto que los vigilantes y todo aquel que se ha encontrado en su huida ha quedado ambarizado. Exhausto por la carrera, por ese exceso de ejercicio al que no está acostumbrado, se desploma junto a la pirámide. Sabe que debe tocarla, que eso producirá algo, no sabe qué, podría ser incluso la muerte. Tiene que salvar a su pueblo. Su huida no ha sido un gesto cobarde sino un escapar hacia delante en busca de una solución, quizá, ante la magnitud del acontecimiento alienígena, la única, qué podría haber hecho si se quedaba.
            Se recupera y, erguido sobre sus cansadas piernas, extiende la mano hacia el cristal opaco, unas gotas de sudor resbalan por sus mejillas, las yemas de los dedos temblorosos se acercan al objeto extraño, quizá él solo sea un soldado raso, la pirámide no le ofrecerá nada, piensa mientras la mano ha quedado paralizada a escasos centímetros. Fabián Picardo, decidido, toca la pirámide.
            Su cuerpo aparece en Catalan Bay, muy cerca de Genoa House. Aturdido se incorpora, aún conserva su traje azul, su parche pirata, se examina brevemente, está completamente a merced de lo que quiera que vaya a ocurrir. Oye un ruido procedente del mar, es un cañonazo seguido de otros: el destructor José Luis Díez está siendo atacado, está tan cerca de la costa que puede ver con nitidez cómo las esquirlas grises del casco saltan por los aires, algunas llegan hasta cerca de la playa, y al poco Fabian ve como los cuerpos de los marinos mutilados llegan sobre las olas hasta las arenas, pero son los muertos de otros tiempos, de otras batallas, las pavanas sobrevuelan los cuerpos acompañándolos hasta la orilla, se adentran las aves en tierra, llegan hasta la iglesia y vuelven sobre las aguas, queriendo posarse sobre los muertos varados, inquietas. Entre los restos que llegan a la orilla está la bandera de la república española, una ola espléndida la deposita casi a sus pies, Picardo se acerca, la recoge, está ajada la bandera. Cuando se dispone a llevarla hasta la casa de su abuela, de repente se encuentra en una callejuela que da a Main Street, oye una melodía, son los primeros compases de Bardengesang auf Gibraltar: O Calpe!

O Calpe! To you it is thundering at the foot of,
However, there looks your millennial summit
Quietly in worlds around.

“No es posible…”
Antes de terminar la frase ya se encuentra en la frontera (recuerden la película de Buster Keaton), deben ser los años cincuenta del siglo xx pues todo a su alrededor es blanco y negro, los autos de la época…, “…pues a los serbios no les gustan los bosnios…” oyó decir a uno de La Línea que pasaba a su lado. Pero extrañamente ve como una mujer, a poca distancia de él, habla por un móvil. Quiere acercarse a ella pero… todo este proceso loco y sin sentido lo devuelve a los pies de la pirámide.
Quizá sea necesario volver a tocarla, pensó Fabian. Pero no se atrevió.
Salió de la cueva. A pocos metros estaban los vigilantes ya desambarizados, pero aturdidos, como zombis, recostados sobre la roca. Cuánto tiempo ha transcurrido fue lo primero que se preguntó. Dio unos pasos y no vio platillos volantes en el cielo, sin embargo, hasta donde alcanzaba su vista no parecía haber actividad humana. Los vigilantes no tuvieron en cuenta su presencia, parecía como si no lo vieran. Se acercó a uno de ellos y lo tocó en el hombro, eh! ¿qué ocurre? El hombre, al sentir la mano de Picardo sobre él se recuperó de inmediato, había desparecido todo rastro de zombificación, y Picardo se miró la mano, la misma con la que había tocado la pirámide, que había adquirido una tersura rayana en lo inexistente y una transparencia azulada que dejaba ver el entramado fisiológico de su interior. Corrió hasta el otro vigilante e hizo lo mismo, el hombre se sobrepuso con diligencia, se alzó ya recobrada su normalidad.
Picardo comprendió que debía acudir a Casemates Square. Antes ordenó a los vigilantes que protegieran la cueva. Estos obedecieron al Ministro Principal. No encontró a nadie en el trayecto hasta el túnel, pero al llegar a la plaza el panorama era aterrador. Cientos de personas yacían en el suelo, unos encima de otros, apoyados sobre las paredes, parecía que nadie tuviera fuerzas para mantenerse en pie, excepto unos pocos que acudían aquí y allá sin saber qué hacer. Las naves se han ido hace poco menos de una hora, le dijo uno que al reconocerlo corrió hasta él. Picardo volvió a mirarse la mano transparente, y comenzó su tarea. Sentía que su cuerpo estaba aún lleno de nacionalismo. Fue tocando uno a uno a todos los damnificados. Estos se levantaban al momento, y seguían a su líder. Un último héroe, por ahora, (recuerden a Joseph Campbell), un héroe de mil caras.
Poco antes del anochecer, cuando ya todos los cuerpos habían recuperado su Potentia nacionalista, el señor Picardo soltó los globos rojos y blancos que parsimoniosos acudieron al cielo. Y fueron como almas que quieren fundirse en el infinito, allí donde todo es ideal, inalcanzable.

(Recuerden: “¡Por dios! ¿Nos hemos vuelto locos?”)

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