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sábado, 5 de diciembre de 2015

apretar el gatillo.36. las gafas

Las gafas
Miguel Guerrero

Si las gafas que usas son antiguas y ya la graduación que tienen no es la que necesita tu mirada, si es así verás la realidad borrosa, difícilmente captarás más allá del conjunto, los bordes difuminados, no podrás leer correctamente el mundo que te rodea. La interpretación que haces de él será irremediablemente inexacta, desfasada y las más de las veces el mundo se presenta incomprensible, lo más seguro es que ante esta circunstancia acabes elaborando un patrón más o menos fijo con el que interpretar cualquier acontecimiento de ese mundo, construido con urgencia porque si no tienes opinión no eres nadie. El ser reconocido y respetado como persona ante los demás te obliga a tener una idea y si es necesario imponerla. Es posible que estés orgulloso de ser una persona formada, con criterio y capacidad de discernir qué es lo conveniente o no, aplicas el sentido común, la lógica y unas dosis de humanidad y sensibilidad hacia lo injusto, y al final llegas a tener una opinión, que rara vez pones en duda, y quizás esa opinión se ha formado a través de unas lentes deformadas. Tu juicio sobre la realidad o la existencia o los comportamientos humanos viene dado por un enfoque que no puede abarcar los matices de la actualidad, que en nuestros días esos matices no son acompañantes decorativos con pretensiones estéticas a la vieja usanza, sino que conforman el núcleo decisivo que da tensión y singularidad a esa información que la mirada quiere obtener.
            Sin duda estás confiado en que al hacer una valoración sobre cualquier tema los aspectos generales del mismo no variarán con respecto de aquellos que sobre el mismo tema hacen los que llevan las gafas adecuadas, en el mejor de los casos coincidís en esa generalidad, digamos que la coincidencia se da en lo esencial del asunto y tú piensas por eso que los dos lleváis el mismo tipo de gafas. Pero esa confianza se desvanece cuando el de las gafas nuevas encuentra en ese tema variantes y matices, interpretaciones que la lente bien temperada de sus gafas no le oculta. Puedes pensar que esos nuevos puntos de vista son libertades imaginativas del de las gafas nuevas o bien graduadas, si eres algo inteligente o curioso te quedará algo de duda, pero solo notarás las diferencias cuando adquieras unas gafas con la graduación adecuada para interpretar fielmente nuestro tiempo. Conozco alguno que ni siquiera tiene en su horizonte la necesidad de adquirir unas gafas convenientes. Su visión del mundo le parece la correcta, se reafirma en ello sin un ápice de duda, su método de verificación de la realidad se formó hace años y pensó en ese momento que ya había llegado al punto justo desde el que valorar con acierto la existencia, que ya no le hacía falta más, se creyó solvente con haber acertado en varias ocasiones en aquel momento y aplaudido por individuos que usaban el mismo tipo de gafas. Pero a día de hoy sigue aplicando la misma mirada a una existencia cambiada, valora la actualidad con herramientas obsoletas, inapropiadas, y el resultado es que su comprensión y opinión sobre cualquier asunto es de baja intensidad, naif, obvia, simple (cree poseer la simplicidad a la que llegan los sabios), etcétera.
            Digamos que las gafas antiguas solo te permiten, entre otras cosas, ver el mundo en dos dimensiones, mientras que las bien graduadas alcanzan con facilidad las tres dimensiones, desde luego que estas dejan ver un mundo más rico en todos los sentidos. Son prótesis, su efecto es parecido en cierto modo al de las drogas: en este caso amplían la percepción de la realidad.
            El mundo no puede ser mirado en nuestros días con los presupuestos éticos y estéticos del pasado. En poco más de medio siglo se han producido cambios científicos, sociales, tecnológicos, morales, filosóficos, de sensibilidad, de manera que esas gafas a las que te aferras ya no captan la complejidad de que está compuesta nuestra inventada realidad actual. Quizá sea necesario introducir en nuestro bagaje cultural la duda, revisar nuestro mecanismo crítico para comprobar si está funcionando adecuadamente, preguntarnos, como hizo Robert Walser el día en que su hermana lo llevó al manicomio, al despedirse de ella al pie de la escalinata que da entrada al establecimiento, “¿estamos haciendo lo correcto?”, la hermana calló, le apretó la mano y se dirigió a su coche para marcharse, mientras, dos médicos cogían cada uno un brazo del paciente, Walser volvió la cabeza y vio cómo se alejaba el coche de su hermana, y entraron. En nuestro caso no creo que pase nada por hacernos la misma pregunta. Y eso que nosotros posiblemente llevemos dentro ya mucho tiempo.


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