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sábado, 28 de noviembre de 2015

apretar el gatillo.35. barbarie

Barbarie
Miguel Guerrero

Para mí, la barbarie sucede cada día a tres metros de distancia. Es la separación aproximada que hay entre mi posición en el sofá y la pantalla de TV. La representación de esa barbarie está siendo constantemente mostrada. Apenas enciendes la tele y zapeas un poco la encuentras, la sociedad del espectáculo que anunciaron los situacionistas está en plena ebullición. Lo de Siria, lo de París, el careto de Putin, los tertulianos de cuatro, es el tema estrella del momento. Si miro hacia algún punto del salón veo que todo está en su sitio, el perro dormita apaciblemente en la alfombra, se oye el sonido de una moto que, aunque lejano, me molesta; el polvo se está acumulando sobre los estantes del mueble aparador. (Hasta la Primera Guerra Mundial, o la Gran Guerra, como se llamó en su momento, la muerte de civiles apenas alcanzaba un 6%. En los años noventa, por ejemplo, en la guerra de Yugoslavia más del 92% de los muertos eran civiles).
            Mientras veo las noticias me digo que la guerra no es la solución, es el problema, que hasta que, como decía Luke Branded, los gobiernos de Occidente no cambien su política exterior agresiva hacia los países desfavorecidos por una de colaboración y ayuda nada cambiará. Por lo tanto, me digo yo, nada va a cambiar. Y este pensamiento se me mezcla con otro que me hace recordar que no he sacado del congelador los filetillos de pollo que compré en Mercadona hace dos días para hacer la cena de esta noche. Exagero, me digo, y me levanto y saco los filetes del congelador, seguro que para las ocho y media o las nueve ya estarán descongelados, si no es así ya improvisaré otra cena, siempre se me ocurre algo… (El teorema de Goedel dice que ningún sistema puede explicarse a sí mismo, ninguna máquina puede entender su propio mecanismo. Y lo de la navaja de Occam: “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable”).
            Cuando vuelvo al salón el perro se ha tumbado en mi sitio, sagrado, del sofá. Con solo mirarlo el perro se baja y sobre la alfombra se estira y mueve la cola mirándome. En la tele están poniendo la foto de las Azores, ¡qué hijosdeputa!, pienso. Hago zapping  y sale Hollande, cariacontecido, prometiendo a los ciudadanos que la fiesta va a continuar, que va a mandar aviones parar bombardear no sé qué. Cuando terminó el telediario, o los telediarios, me eché una cabezadita, no más de diez minutos, y lo primero que pensé al volver en mí fue que cuántos niños habrían muerto en ese tiempo somnoliento mío, en cualquier parte del mundo, cuánto habrían ganado los señores de la guerra y cómo prospera la industria armamentística y cómo España le vende artilugios que matan a Arabia Saudí que dicen que son amigos de Estado Islámico y que todas esas ventas repercuten luego en el bienestar de las sociedades occidentales, recaen en nuestro beneficio, y cuántas cosas más de ese tipo de las que ni nos enteramos habrían funcionado en esos diez minutos de siesta que echó ese individuo que vive en la vieja Europa y que resulta que soy yo, ese que alguna vez ha tenido que quitar las noticias porque no soportaba tanta barbarie, etcétera.
            Me puse enseguida la película “La sal de la tierra” de Wim Wenders y Juliano Ribeiro Salgado que va sobre el fotógrafo Sebastiao Salgado y en ella se ve que la miseria y la barbarie es una constante repetida a lo largo del espacio y del tiempo, y que de ver tanta podredumbre humana el propio Salgado fotógrafo tuvo que ponerse a plantar árboles en un lugar de África de cuyo nombre ahora no me acuerdo. Les pido encarecidamente que vean la peli. Les pido encarecidamente que no voten a gente que quieren arreglar el mundo con la guerra. Lo pido sin saber si eso sirve para algo. (Borges decía que no había pasado un solo día en su vida sin haber encontrado en algún momento un atisbo de felicidad).
            El resto de la tarde pasó con algunas tareas de la casa, un poco de facebook, y aunque ese día me tocaba ducharme no lo hice, pasé, no me importaba sentirme sucio.

Esa noche dormí sin dificultad y soñé que no podía quedarme dormido, que daba vueltas en la cama sin conseguirlo, llegué casi a la desesperación onírica. Así todo el rato, como en un viaje interminable al fin de la noche. Yo creo que aún estoy dentro del sueño, con la simulada sensación de que nunca saldré de él.

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