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domingo, 22 de noviembre de 2015

apretar el gatillo. 34. radiaciones

Radiaciones
Miguel Guerrero

El cuerpo humano se convirtió en un recipiente con un alto contenido radiactivo, eso se creyó al principio. Se hizo entonces no recomendable matar a nadie. Si esa radiactividad se volcaba al exterior, si salía del cuerpo, la contaminación era letal en varios kilómetros a la redonda. Lo llamaron radiactividad porque el efecto que producía era similar al escape de una central nuclear. Entonces la vida humana se convirtió en el bien más preciado y protegido. Pese a esta seria advertencia, la imprudencia y el odio desatado habían dejado impracticable la vida en todo el continente americano, en casi toda África y en todo Oriente Medio, y en zonas aisladas, y hasta cierto punto controladas, en el resto del planeta.
            Desde luego que el término radiaciones que se utilizaba para denominar el vaciamiento del producto tóxico que contenía un cuerpo al ser horadado o rajado era un eufemismo que quería ocultar lo que en realidad era, la maldad extrema de la que había ido haciendo acopio el ser humano durante siglos hasta el punto de somatizarla y desarrollarla en ese elemento que se convertía en destructivo al contacto con el aire. No era visible ese elemento más allá de apreciarse, en el momento del escape, un flujo gaseoso parecido al que presenta la reverberación del sol sobre el asfalto, y al momento se dilataba a su alrededor arrasando toda forma de vida. La piel nos protegía como murallas medievales, pero una brecha en ella dejaba salir todos los ejércitos del mal.
            Un simple corte podía hacer verter sutiles cantidades de radiaciones en pocos minutos; los bisturíes y tijeras, cualquier objeto cortante, habían desaparecido de los hospitales, y solo era posible la intervención quirúrgica mediante procedimientos láser y similares; el afeitado y la depilación no eran aconsejables, ir al peluquero se convirtió en una actividad de riesgo extremo; se acabaron los deportes tal como se practicaban antes del fenómeno; todo movimiento humano quedó condicionado por este nuevo paradigma.
            Los primeros estudios sobre el caso determinaron que no todos los cuerpos contenían el mismo nivel de radiación pero que hasta la fecha era rara avis encontrar un cuerpo totalmente limpio, incluidos los recién nacidos, y por poca radiactividad que contuvieran el daño que podían causar era siempre significativo.
            El segundo estadio al que llegó el fenómeno fue la monstruosidad. Una vez controlada la fuga de radiación del máximo posible de cuerpos, (en el caso de Europa se logró una efectividad del 90% de control durante un largo periodo de tiempo), aquellos que contenían niveles altos de maldad no podían soportarla, y si bien algunos intentaban deshacerse de pequeñas dosis de radiactividad, una minúscula punción que enseguida intentaban infructuosamente cerrar, pronto veían que esa no era la solución ya que sus propias vidas corrían peligro, entonces los cuerpos acababan deformándose y se metamorfoseaban en criaturas horripilantes, dejo a vuestra propia imaginación concebirlas, hasta que acababan explotando, literalmente, en los cubículos en los que habían sido reducidos en cuanto se les habían detectado los primeros indicios de deformidad.
            Durante una década, el poco mundo que no ha sido arrasado ha vivido en un simulacro de bienestar. Pero la maldad gana terreno a paso de gigante y como los procesos se aceleran en su tramo final, a estas alturas la maquinaria existencial que puso en marcha el hombre ya está fuera de su control, los operarios encargados de conducirla han empezado a explotar en plena calle, o en salas de conciertos, o en estadios, hoteles, en sus ministerios, salas de reuniones o en cualquier lugar en lo que llamamos vida se manifiesta.
            En ese punto estamos y poco más se puede añadir. No se preocupen, el espectáculo de la información no les dejará sin el conocimiento detallado del o de los desenlaces posibles. Permanezcan atentos a sus pantallas.


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