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domingo, 25 de octubre de 2015

apretar el gatillo.32. belén esteban

Belén Esteban
Miguel Guerrero

Belén Esteban llega a ser un personaje atractivo, para aquel que quiera o pueda verlo, porque el ser humano que contiene queda expuesto sin veladuras siempre que se expresa, bien por medio del lenguaje o por la puesta en escena de su gestología. Estos son los dos registros formales de los que dispone para desarrollar su personaje en el plató de Sálvame, que consiste en ser lo más fiel posible a lo que es ella misma. El valor más importante que aporta su personaje, muy trabajado día tras día, es la autenticidad, la veracidad sin tapujos, a fin de conseguir ser creíble. En último término Belén quiere decirnos siempre que es honesta. Esto presupone un enemigo exterior que quiere desacreditarla. “La Belén puede ser lo que tú quieras, pero habla claro, no se esconde”. Y no deja nunca de decir cosas. Ella no ha sabido camuflar sibilinamente, como sus compañeros de reparto, bajo artificios “educados”, moderados y pertinentes sus desperfectos emocionales, sus carencias a la hora de entender y manejar la realidad selvática en la que se mueve, o la alegría que expresa por nimiedades que pueden parecernos desmesuradas.                                                                                               Belén es un ser desprotegido. No tiene maldad, si acaso su maldad es de muy baja intensidad, infantil, caprichosa, y siempre o casi siempre a la defensiva. Ni está equipada con el armamento necesario para la lucha post afectiva de nuestros días. Sabedora de su insuficiencia su forma de defensa es el ataque, aun cuando ni siquiera haya agresión hacia ella, solo la sospecha. El gesto desafiante y cañí al que se le ven las costuras.

Las últimas entregas de Sálvame, la serie televisiva en la que Belén es una de sus protagonistas destacadas, se han centrado en el “conflicto” que ha supuesto la aparición de un primer novio o amor en su vida. Esta aparición puede suponer un pequeño revés en la elaboración de su biografía, que se viene gestando desde los comienzos de su popularidad. Contratiempo, quizá, porque la irrupción del nuevo puede desbancar del puesto de privilegio que otorga ser Primer Amor a Jesulín de Ubrique, adjudicado y subrayado por la propia Belén tanto en sus tempranas memorias como en sus apariciones mediáticas. Visto desde fuera esto es una circunstancia banal y carente de importancia, pero para los personajes y espectadores implicados en el relato el devenir de los acontecimientos es de suma importancia, porque pueden alterar la historia y socavar la fiabilidad de su principal narradora. Se pone en juego con el testimonio de este oculto novio primero un valor aún con mucho peso, dentro de la jerarquía de valores del programa, como es la credibilidad, punto fuerte en el personaje beleniano, dentro de un formato televisivo cuyo mayor acierto es convertir lo personal en materia ficcional, diluyendo las barreras entre lo uno y lo otro, con el que construir un relato por entregas, digresivo y rizomático, que a lo largo de tantas temporadas a acabado dando muestras y registrando un sinfín de vicisitudes sentimentales y sus consiguientes valoraciones éticas y morales por parte de los contertulios, una cantidad innúmera de información íntima y personal que los propios protagonistas han puesto al servicio de sus seguidores.
            Porque Sálvame se afana cada tarde en crear una mitología doméstica, de mesa camilla, en la que cada personaje, más allá de los guionistas, debe crear su papel y mantenerlo sujeto, como bien puedan, bajo su propia inteligencia, capacidad y riesgo. A estas alturas de la serie los personajes ya están bien conformados, no son monolíticos, pero básicamente cada uno tiene perfilada su idiosincrasia. El de Belén también. Algunos de sus compañeros ven en la aparición del nuevo personaje y los datos que aporta un duro golpe a su credibilidad, amén de los daños colaterales que esos datos, que muestran a una Belén ligeramente distinta, puedan causarle y dañar su imagen conseguida. Creen que el mito puede sufrir un serio traspié, que la audiencia no perdonará la falta de integridad de unos de sus personajes más queridos, se sentirán defraudados y vaticinan sin decir que dejarán al héroe solo en su caída.
Todo esto se da dentro de un contexto de producción cultural que persigue la normalización de su audiencia. Si lo consigue o no y en qué cuantía, es otro tema.
Sobre el desarrollo del devenir del mito estaré atento a la pantalla.

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