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sábado, 10 de octubre de 2015

apretar el gatillo.31. cuidado con el sol poniente

Cuidado con el sol poniente
Miguel Guerrero

A mí me da mucha pena la gente que va en el asiento trasero de los coches. Tanto el copiloto como sobre todo el piloto tienen un papel activo en lo que a la conducción del vehículo se refiere. El copiloto puede ser de mucha ayuda o un estorbo. En ambos casos influye en la conducción.
            Sin embargo, los pasajeros de atrás están a merced de lo que el destino les depare. Y quizá la situación se agrave para el que va en medio, es posible que ni siquiera haya cinturón de seguridad para él, y no cuenta con el alivio que supone estar junto a la ventana. El piloto, nada más salir, le había pedido que por favor echara la cabeza un poco hacia el lado porque le quitaba visibilidad al mirar por el espejo retrovisor interior. No sabe cómo o dónde poner los brazos, los codos acaban apretándole las costillas y las manos quedan suspendidas a media altura ridículamente inservibles. Se ha sentado muy derecho pero en pocos minutos el cuerpo va bajando hasta que empieza a sentir molestias en el cuello. Está tan preocupado por chorradas como esta que mientras los demás hablan animadamente él calla, arrepentido de haber iniciado el viaje. Cuando por hacer un descanso, sugerido por el piloto, el coche se detiene en un área de servicio, el de en medio es el último en salir. Después de decidir por qué lado bajarse es muy posible que le den con la puerta en la cara en el momento de bajar. Un montón de pequeños detalles hacen que a estas alturas del trayecto esté sumido en un profundo estado o complejo de inferioridad y que al regresar de nuevo al coche se haga el remolón, quedándose un poco atrás a ver si cuela que alguno, medio distraído, se ponga en medio, como esto no sucede quizá le proponga tímidamente a sus compañeros traseros cambiar de sitio. Pero todos están muy concienciados del lugar que van a ocupar en el vehículo y en conservar los privilegios adquiridos por banales que sean. Nadie hará el cambio. El papel de pringao le está adjudicado. Nadie quiere sentarse nunca en medio. Por algo será.
El copiloto lo tiene claro, todavía fuera del coche, le da una colleja amable al de en medio, sobrado en seguridad en lo que se refiere a conservar su puesto, que en ningún momento corre peligro. Si hay alguna posibilidad de cambiar de posición, parece querer decirle con la mirada, tienes que tratar con los de los lados de las ventanillas. El piloto vive ausente de este tipo de daños colaterales que produce el viaje. Pero el de en medio tiene su corazoncito y está viendo que las circunstancias se han puesto de tal manera, casi sin previo aviso, que lo que él cree su dignidad está siendo dañada y el reconocimiento por parte de los demás que merece están siendo injustamente obliterados. No se conforma con la posición que le ha tocado en suerte y cree que lo más justo sería una redistribución de los lugares, al menos de los del asiento trasero, de manera que ante el largo viaje que les espera se turnen y hagan el trayecto cómodos por igual.
Pero después de muchos kilómetros aún no se atreve a proponer lo pensado y el tiempo pasa y la incomodidad sigue siendo la misma o peor. Ya no sabe cómo ponerse y ejecuta movimientos de alivio disimulados. Para cuando llegan al motel en el que necesariamente tienen que pernoctar ya casi no siente el cuerpo, o al contrario, no sabe, pero lo que de verdad está dolido es su persona, el ser humano que está siendo agraviado por una injusticia innecesaria y fácilmente soluble. Quizá sea cosa mía, se dice el de en medio, me estoy emparanoyando con esta nimiedad. ¡Bah, qué tontería! Y decide olvidar el mal viaje que le ha deparado esta primera etapa. Salta del coche y hace estiramientos simpáticos frente a la puerta del hostal, y los demás bromean con él.
Solo que al hacerse la distribución de las habitaciones que quedaban libres a él le ha tocado el peor cuarto posible, con diferencia, y además solo, y es que la situación que se ha producido en el coche no ha sido, como él pensaba, una nimiedad. En ese momento inicial de la convivencia ya se han establecido unas jerarquías y cada uno ha marcado su territorio, al menos, sino consolidadas las posiciones, un planteamiento de intenciones que en las próximas horas o días no harán más que perpetuarse de forma irremediable.
La habitación de el de en medio carece de ventana, solo un pequeño tragaluz por el que, a esta hora del atardecer, se cuela un intenso y último destello del sol poniente, como si la noche, que aparece de inmediato, hubiera asesinado a traición, innecesariamente, lo que quedaba del día.
Imposible conciliar el sueño, y más allá de la medianoche, cuando los hombres lobo aúllan en las cercanías lunares como si fuera una llamada, se levanta y frente al espejo miserable de la habitación infame observa la transformación de su rostro en cabeza licántropa, las manos en garras, hasta que entero el cuerpo presenta metamorfosis completa. Los ojos ensangrentados. El hombre es un lobo para el hombre. Derriba la puerta. La quietud de la noche ha dado paso a gritos y expresiones de horror y muerte en los estrechos pasillos del motel. Hasta la entrada de la edificación solitaria llegan hombres lobo que la asaltan, rompen ventanas y se comen a sus víctimas. El lobo de en medio acude a la habitación de sus compañeros traseros de viaje y juega con ellos como si de gallinas asustadas se tratara, los acorrala y aplaza el zarpazo, se agarran a las cortinas y se mean en el suelo. Por fin, los destroza y la sanguinolencia que desprenden sus cuerpos desgarrados queda estampada en las paredes. Muertos y más que muertos, el de en medio los sienta en la cama, la espalda sobre la cabecera y las manos sobre el regazo, para que juntos emprendan cómodamente el último viaje hacia los infiernos.
Los lobos abandonan el motel, lleno de muerte y destrozado, se adentran en los bosques, bañados en rayos lunares, saciados, el lobo de en medio se pierde en la manada, hasta la próxima venganza.

Mientras tanto, “el capital compra fractales de tiempo humano y los recombina en la red”.

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