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sábado, 12 de septiembre de 2015

apretar el gatillo.30. el camarero

El camarero
Miguel Guerrero

El camarero (léase cualquier otro profesional) guarda en su interior el deseo de no ser un camarero del mundo sino hacer el mundo camarero; pero su vida cotidiana, que siempre va con un poco de retraso respecto a los últimos acontecimientos, lo fija a su entorno y entonces un día, habiéndose dado cuenta de su imposibilidad de éxito fuera de ese entorno, convierte la cafetería en su mundo y su tarea desde entonces consiste en perfeccionar ese mundo, metáfora reducida pero más cómoda, asequible, del mundo. Entonces, este camarero, buen profesional, es el primero en llegar al abrir su establecimiento, pronto el jefe delega toda iniciativa logística en él, será su hombre de confianza, de manera tácita, en poco tiempo, llega a ser el gerente, extraoficialmente; atentísimo al cliente se anticipa a sus deseos; ordena la prensa y la ofrece al habitual del que ya conoce sus inclinaciones políticas; la cafetería por el momento es su segunda prioridad vital, la familia acabará siendo desatendida a favor de su trabajo: en lo que a él concierne el local será cuidado hasta en sus últimos detalles, en beneficio del negocio y de su jefe.
Otros camareros suelen ser desagradables, antipáticos, desconsiderados con el cliente, se equivocan con el cambio, resuellan como búfalos perseguidos entre las mesas, demoran el momento de servir hasta exasperar al cliente más comedido, (excepto a los santos y miedosos y amables que rinden culto a las buenas maneras y la compostura para no alterar ese estado de falsa complacencia en el que se sienten resguardados de la crudeza del mundo que en su debilidad no son capaces de afrontar y viven huyendo de los conflictos y así van creando una gran mentira, hasta que llega el camarero a su mesa y le sonríen como si nada hubiera ocurrido cuando en realidad han estado quejándose disimuladamente de la falta de miramientos del camarero hacia ellos que habían llegado antes que otros que fueron atendidos primero en detrimento del orden sagrado que otorga el beneficio de prioridad a los que llegaron antes). Estos, los camareros desagradables, se niegan a hacer de la cafetería su mundo, todavía no han claudicado, no se conforman, hay vida fuera del establecimiento, y aspiran a una existencia distinta, que incluso podría ser mejor.
La profesionalidad es el refugio de los vencidos.
Y parece lógico que el proceso histórico que ha sufrido el individuo en relación con el Poder se cierre siendo este, el individuo, diluido en él, el Poder.
 Mantengo la idea de que el individuo es una extensión del Poder, entendido este como macro estructura esquizofrénica, que su comportamiento personal imita las insinuaciones del Estado y demás instituciones, que tanto uno como otro persiguen lo mismo, que a cada persona se le ha inoculado dentro de sí un gobernante. El último gran asalto del Poder sobre el individuo es que quiere convertirnos en co-gobernantes. Ya nos convenció de que teníamos que ser buenos profesionales; nos ha invitado a ser emprendedores, también a ejercer de policía denunciando actividades antisociales de nuestros vecinos. El individuo, con respecto al Poder, es como una delegación o sucursal, un encargado o gerente dispuesto a mantener los mecanismos de sujeción de los deseos, cada uno desde su parcela vital, y así hacer perdurar el mantenimiento de la estructura que hace posible esa sujeción.

Nuestra relación con el mundo pasa, indefectiblemente, por alguna forma de colaboración con el Poder. El largo proceso de elaboración de nuestra entidad, hasta llegar a la situación actual, ha sido escrita en la piel con el susurro constante de un padre proteccionista, fuera de él y sin él no sabríamos cómo vivir. Y agradecidos hacemos las cosas tan bien como se nos pide, hasta el punto de ser buenos profesionales.

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