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sábado, 5 de septiembre de 2015

apretar el gatillo.29. producto tóxico

Producto tóxico
Miguel Guerrero

Si bien Fukuyama expone claramente y con amenidad el estado general en el que la situación geopolítica quedó en el último tercio del siglo veinte, esto es, que el liberalismo ha ganado por goleada a las propuestas ideológicas y económicas de la izquierda, si esto es cierto, palpable y reconocible en grado sumo, no lo son tanto las ideas que acompañan su tesis, en las que se apoya para construir su discurso. Al menos algunas de ellas deben ser matizadas y otras corregidas; en algunas parece que hay algo de malaleche y en el texto en general hay una predisposición muy favorable y partidista hacia las políticas neoliberales; y algo de desprecio a todo lo que no pertenezca a ese ámbito. Hablo del artículo “¿El fin de la Historia?” publicado en una revista conservadora en 1989 por el sociólogo norteamericano Francis Fukuyama.
            Un ejemplo: da por hecho que la esclavitud y la emancipación, la aceptación social del negro en los sesenta en EE.UU. ya no es un problema de las políticas liberales, sino una cuestión de falta de capacidad de los negros para adaptarse “al medio”, habiendo, como dice Fukuyama, una legislación que los protege. Habla como si en el pasado no hubieran sido las políticas liberales las que crearon el problema, como si no hubiera sido el capitalismo salvaje de la época el que creó la esclavitud y sus derivados. Como si buena parte de la población blanca no fuera, simplemente, racista, es decir, que experimenta esa vertiente de la psicología del ser humano que es propensa al deseo y a la exigencia de ser “reconocido” como superior al otro, incrustados estos racistas en las instituciones que debían hacer cumplir la legalidad que protegía teóricamente al negro. Y que la tarea del liberalismo no es solo promulgar leyes y normas sino también velar por que se cumplan. Otro: Habla de que el resurgimiento de lo musulmán se debe “a una reacción del fracaso experimentado por las sociedades musulmanas ante el poderoso atractivo del liberalismo occidental”. Quizá se le olvida que ese enroscarse el musulmán en lo musulmán se debe, ¿cuánto?, al hostigamiento despiadado que Occidente infringe continuamente, desde hace siglos, a culturas que no son de su mismo signo. Perlas como estas hay varias.
            Digamos que, por esto y algunas cosas más, al artículo de Fukuyama habría que colocarle en la portada una advertencia que alertara al consumidor de que se trata de un producto altamente tóxico, que puede enturbiar seriamente la claridad intelectual si el grado de atención del lector no es óptimo o si es propenso a creer a pies juntillas o malentender todo lo que dicen las sagradas letras impresas. (Ampliando el panorama podríamos concluir que todo texto es nocivo, incluso para los lectores más avispados y sobresalientes. Es solo una idea).
Usando una frase coloquial podríamos decir, “¡qué hijoputa es este Fukuyama, qué cabrón!”, otro más al servicio del Poder. Quizá pueda ser relevante el hecho de que fue director adjunto de la Oficina de Planificación Política del Departamento de Estado durante la administración de Georges H. W. Bush.
Pero quedarnos en esta visión tan inmediata y evidente del artículo, simplona, es desaprovechar algunas propuestas de consideración, a mi parecer, muy pertinentes. La idea de Fukuyama de que hemos llegado al fin de la Historia tiene un antecedente en Hegel que ya proclamó algo parecido en 1806, y en su “lucha por el reconocimiento”. Ese reconocimiento hegeliano es el deseo básico que los seres humanos tienen de ser reconocidos y respetados por los otros. El liberalismo, nos dice Fukuyama, es el lugar adecuado para establecer ese reconocimiento. Pero, ¿cómo debe ser reconocido un individuo en una democracia liberal, como lo entiende la izquierda (“desde la izquierda se critica a la democracia liberal porque reconoce o trata a personas en principio iguales de manera desigual”) o como lo entiende la derecha (“según la cual el gran defecto del sistema democrático es que reconoce o trata a personas intrínsecamente desiguales de manera igual”)?, es una incógnita que aún, sobre el terreno, no tenemos resuelta.
La democracia liberal ya (1989) no tiene competidores ideológicos. Caídos en desgracia el fascismo y el comunismo no queda nada a lo que acogerse fuera de ésta. Y que todas las contradicciones ideológicas y sociales pueden resolverse dentro de este sistema. Excepto la religión y los nacionalismos. Y las consideraciones que aporta a estas dos cuestiones son como poco, curiosas. (Sobre los nacionalismos apunta que algunos de estos crean conflicto porque el sistema liberal en el que están inscritos es incompleto. ¿Podría ser el caso de Cataluña?). Advierte que “la victoria del liberalismo se ha producido principalmente en la esfera de las ideas o de la conciencia, y aún es incompleta en el mundo real o material”, incluso cuando acude al término ideología aclara que no se trata de hablar de “las triviales propuestas electorales de los políticos americanos, sino de ideas en el sentido de grandes concepciones unificadoras del mundo”. Este es el contexto en el que hay que entender el artículo de Fukuyama, en el de las ideas.
Una idea que asoma la cabeza de vez en cuando por el texto es que el hombre contemporáneo, en general, y  los estados tienden a y quieren vivir y participar de una sociedad liberal, o neoliberal, en el que el consumismo y el libre mercado estén presentes, que la inmensa mayoría le ha dado la espalda a otras alternativas ideológicas.
¿Cuenta el capitalismo con el favor de las masas?
¿Se han vuelto esas masas estúpidas y facilísimamente manejables? ¿Alguna vez no lo han sido?
¿Capitalismo sí, pero de rostro humano?
¿Es verdad que la aspiración del ser humano actual es llegar a ser un burgués acomodado, con todo conflicto resuelto y convertirse en “el último hombre” nietzscheano?
¿Podría mantenerse una población mundial que dentro de poco será de diez mil millones si no es a base de crear consumo?
Todas estas preguntas que pongo como ejemplo, y muchas otras que podrían surgir a poco que nos empeñemos en interrogar el texto, son las que suscita este artículo y sus secuelas. (En 1994 apareció otro artículo, “Reflexiones sobre El fin de la Historia cinco años después”; en 1992 publicó un texto largo de cuatrocientas páginas llamado “El fin de la historia y el último hombre” y en 2006 un “Epílogo a la 2ª edición en rústica de El fin de la Historia y el último hombre”).
No soy nadie para recomendar nada y menos para calificar algo como imprescindible, porque seguramente se puede llegar a la misma conclusión recorriendo otros libros, pero, en mi modesta opinión creo que “¿El fin de la Historia?”, escrito en 1989, aún consigue enfrentarnos a cuestiones y “contradicciones” todavía no resueltas. Y visto todo lo ocurrido en las últimas décadas, la democracia liberal que parece defender Fukuyama en su artículo puede parecer cándida, que no lo era, si la comparamos con el capitalismo salvaje y despiadado, esquizofrénico, al que hemos llegado.
¿Ha cambiado en qué y cómo la situación desde entonces?
¿Qué decir de los cientos y miles de refugiados de Siria actuales (2015), pertenece este acontecimiento a la posthistoria?

El artículo se cierra con un sorprendente final. Fukuyama ve en el fin de la Historia un tiempo muy triste. Nos consumirá una nostalgia de los tiempos en que existía la Historia, en que los hombres arriesgaban su vida por unos ideales. “En la era posthistórica no habrá ni arte ni filosofía, solo la perpetua conservación del museo de la historia humana”. Estaremos ocupados en satisfacer nuestras demandas consumistas y en resolver problemas técnicos, dice. Con este final el artículo deviene un magnífico relato distópico. Estamos en el plano o mundo de las ideas, claro, nos advierte el autor en reiteradas ocasiones. Sea cual sea el grado de toxicidad de este producto, las penurias televisadas cada día, y las atrocidades que no vemos, por ahora no las arregla el liberalismo que nos cuenta Fukuyama, por más que teóricamente, según nos dice, ya estén resueltas, ese liberalismo, si es válido, necesita de muchos retoques, ajustes, solidaridades, etc. 

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