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sábado, 22 de agosto de 2015

apretar el gatillo.28. eterna penumbra de la mente simpson

Eterna penumbra de la mente Simpson
Miguel Guerrero

De la extensa e intensa entrevista que me hicieron en El País solo me interesa rescatar y mostrar aquí una pregunta y su contestación. Después de una serie de cuestiones relacionadas con la narrativa, la literatura, (de eso se trataba) me sorprendió la entrevistadora con una de carácter personal: ¿Es usted feliz? Yo había acudido allí en calidad de escritor y no como la persona que soy, que son dos cosas distintas o al menos podríamos decir que el escritor es una entidad mínima de la persona, muy poderosa dentro de mí pero con la que no siempre estoy de acuerdo, a la que no siempre contradigo o desaliento y la dejo que se vaya expresando como crea conveniente, dentro de los márgenes, eso sí, de unos parámetros permisibles por el buen gusto dominante (lo que no siempre consigo porque si algo quiere ser ese escritor es parecerse a los niños terribles de la literatura, no es fácil convivir con alguien así), sin que nada de esto sea limitación para que esa expresión sea clara y contundente si se tercia la ocasión. Consideré en ese momento también que quizá la pregunta no era de carácter personal sino que a lo que ella se refería era que si como escritor era feliz. Que va, me dije. Creo que no va por ahí.
            Hasta ese momento, la entrevistadora me había tenido sorprendido y a la vez ensimismado en el buen trabajo que estaba haciendo. (No es momento de meterse con los periodistas, pero ahí queda). Ella se había documentado hasta tal punto que conocía mi obra muy por encima de lo que yo mismo podría conocerla así pasase cientos de años de estudio esforzado sobre ella. Y las preguntas eran claras, bien elaboradas y, lo mejor de todo, nada de pedantería ni ínfulas intelectuales de por medio. Mirándola, oyéndola, me daba cuenta de que hacía mucho tiempo que no había estado ante una persona inteligente. Si no es que el olvido no había hecho una de las suyas conmigo.
            La única vez que pude sorprenderla fue cuando me invitó a que le destacara una influencia clara y decisiva en mi literatura en los últimos años en los que tan retirado había estado y nada se había sabido de mí. Le sonreí porque creí que empezaba a bromear conmigo, lo que no me desagradaba, aunque la entrevista se la estaba haciendo al escritor el resto de mi persona también estaba allí y temí que ese resto empezara a involucrarse demasiado en la tarea, la entrevista, que debía corresponder solo al escritor.
            Le dije que el producto creativo que más me había gustado e influenciado en los últimos veinte años era la serie Los Simpson, que pasado el tiempo necesario para obtener una perspectiva precisa y solvente sobre ella será considerada tan importante y a la altura de las grandes obras de la historia. El amplio y sutil fresco que presenta sobre la vida contemporánea y el retrato mordaz sobre los comportamientos de una familia media, bla, bla, bla… Y sobre todo el capítulo nueve de la temporada diecinueve llamado “Eterna penumbra de la mente Simpson” me parecía un momento de gracia creativa inigualable, etc. La entrevistadora aún no conocía mi última novela escrita, en la que llevaba trabajando años, y todavía inédita. En ella y en mi faceta de escritor eran evidentes esas influencias. Quiero remarcar que esta influencia tan potente solo afectaba a ese escritor que habita dentro de mí y que el resto de mi persona apenas sufría tales padecimientos, o eso creo yo.
            Apenas si hablo durante unos minutos mi boca se reseca, es como un toque de atención biológico a mi creencia casi enfermiza de que “hablar es mentir” (“vivir es colaborar”), es como si lo físico y lo mental caminaran de la mano y ninguno de los dos pueda quedar atrás. La entrevistadora se percató de este detalle, se disculpó por no haberlo previsto, y me ofreció algo de beber. ¿Tienen cerveza Duff?, pregunté. Hizo una consulta rápida a los del equipo de producción y estos le dijeron que no tenían esa marca, que si quería otra… no, no se preocupen, una botella de agua mineral me viene bien.
            Bebí un trago largo de la botella y al dejarla sobre la mesa fue cuando ella me preguntó: ¿Es usted feliz?
            Y yo le contesté: Ahora sí.
            Muchas gracias por todo Sr. Branded, sonrió la entrevistadora a modo de despedida satisfecha, cierre de la entrevista.
            Entonces yo dije, mientras el escritor callaba, llámeme Luke, si no le importa.

            Era inevitable, así las cosas, que yo también entrara en esa eterna penumbra que hasta hacía bien poco había estado reservada solo para él.

2 comentarios:

  1. el ocio del suicida23 de agosto de 2015, 12:05

    (nuestro
    común
    amigo
    sonríe)

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  2. ¿será desde ultratumba, no? ¿usted cree que le interesarán estos textos?, le harán gracia, dirá: ¡qué chiquillos!

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