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domingo, 5 de julio de 2015

apretar el gatillo.23. describe tu aldea

Describe tu aldea
Miguel Guerrero

Menos que cero es una novela costumbrista, unos apuntes, o mejor, una redacción que hace de su entorno un adolescente, un ejercicio tipo “describe tu aldea”.
            En ella van apareciendo de manera desganada (desganado es el tono en el que el narrador en primera persona, afectado por la desidia y las drogas y por la Historia, por la no esperanza que no la desesperanza, se expresa) los usos y costumbres de un grupo, ¿generación?, de jóvenes pertenecientes a una clase social determinada, en los primeros años ´80 que transcurren en la ciudad de Los Ángeles y alrededores.
            Este contar, desinhibido también, pone de manifiesto las interioridades del grupo, una forma de vida alejada de la corrección y de los principios éticos y morales que supuestamente deben predominar, según nos han enseñado desde chicos. Este es el “horizonte” bajo el que se desarrolla esta fábula moral. Su autor debe tener, entonces, una idea de cómo deben o deberían ser las cosas, y todos los comportamientos que no encajan en esta idea son expuestos en el texto, bajo una apariencia de cotidianidad asumida por los personajes, solo tiene que fotografiar su entorno, sin retocar, solo elegir, que ya es una forma de manipulación, en este caso para denunciar el estado de putrefacción de un grupo, ¿de una sociedad?
            Nada nuevo. Pero cada época necesita su cronista, cada tribu, cada grupo social, cada momento necesita ser descrito. Y Ellis lo es en Menos que cero y lo ha seguido siendo en sus posteriores novelas, que yo aún no he leído. Para ello el autor expone a un personaje llamado Clay y lo hace moverse por los distintos ambientes y le hace contar lo que ve desde, dicho antes, un ejercicio apático, fragmentario, incisivo y edificante. Ser encapsulado en sí mismo, molesto con su entorno, aherrojado al mundo, en la tradición de ilustres personajes como el protagonista sin nombre de Hambre, novela de Knut Hansum, el extranjero de Camus, personajes lacónicos, forzados a vivir en sociedad. Estos personajes y la forma en que son expuestos ante el lector provocan la sensación de que bajo esa aparente normalidad algo va a estallar. Ese algo va a estallar son dos cosas: algo va a estallar en el propio terreno ficcional, en el devenir de la vida de esos personajes, algo se está cociendo, el roce continuo, la fricción de unos con otros puede hacer saltar la chispa y ocasionar la explosión. Y, también, algo va e estallar en el mundo, este que habitamos y que ingenuamente llamamos real, si por alguna razón este tipo de personajes se multiplicara, se hiciera mayoría, pero, como decía el de la película, esta es otra historia o la misma pero ampliada.
            Clay va al psiquiatra, parece que por iniciativa propia, lo que lo hace humano en su tibio afán por comprender su situación; a través de la opaca visión que tiene de su realidad vislumbra que su vida no transcurre por el camino idóneo, o el adecuado, o el conveniente, el que él supone conveniente, porque deduce que si haciendo lo que hace está a disgusto es posible que haciendo otras cosas se dé el caso de no estar a disgusto, es una lotería pero hay alguna posibilidad. Porque Clay tiene su “horizonte”, no está del todo perdido. O sí.

P.D. 1.
Si de verdad queréis buena información sobre este libro y sobre su autor acudid a:
y entradas anteriores.

P.D. 2.
Sería interesante un estudio detallado del momento histórico literario social y político en el que aparece este Menos que cero. Tiene un precedente ilustre, el incomparable, fuera de categoría, Yonqui de W.S. Burroughs.

P.D. 3.
Un último apunte, para molestar un poco a aquellos posibles lectores pasados de moda.

Algunos discutirán la novela en términos de valor literario a la vieja usanza, echarán de menos una prosa brillante, rica en matices sintácticos y adjetivos deslumbrantes, rica en vocabulario, ausencia de trama, echarán de menos la cursilada del arte, ¡por dios!, etc., pero nada de esto es obligatorio, ni necesario ni aconsejable las más de la veces, estos lectores, todavía, o siempre, olvidan “que literatura es aquello que queda cuando se olvidan las palabras”, como dijo mi amigo Carlos.

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