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domingo, 26 de abril de 2015

apretar el gatillo.19. sobrevivir

Sobrevivir
Miguel Guerrero

El cuentakilómetros del vehículo marca solo 2.000 kilómetros y el Vendedor te dice que el coche está casi nuevo, indicando la cifra, que prácticamente eres tú el que, si te lo llevas, lo vas a estrenar; lo miras casi sin querer, al Vendedor, una mirada rápida. Sabes que te está mintiendo o que, recapacitas, es muy probable que te esté mintiendo, y no se lo reprochas. Con solo una mirada furtiva has podido ver que no tiene más remedio que vender. Padre de familia, mayor de cuarenta y cinco, muy posible que sin formación alguna, o incluso con formación, etc. Siente toda la presión de la biosfera laboral sobre él cuando la figura de su jefe se deja ver tras la ventana apersianada de su despacho. Él sabe, sospechas, que tú te has dado cuenta de que la verdad del cuentakilómetros es una ficción que se ha organizado alrededor de vosotros dos por una mera necesidad de supervivencia comercial. Tiene el Vendedor además en su gestualidad y forma de hablar algo de chulesco, más bien de ir sobrado de conocimientos sobre vehículos, en lo que parece ser un experto al que poco se le puede discutir, pero en una segunda mirada, que esta vez le dedicas con algo más de atención, casi podrías asegurar que esa semiótica mercantil suya es impostada, un armamento adicional para que en la lucha educada entre Vendedor/Comprador haya al menos una posibilidad de triunfo, es decir, la venta del vehículo. Esa chulería, de tantos años ya usándola como herramienta de venta, se ha incorporado traicioneramente a sus hábitos cotidianos y tiene él de chulo en realidad ya nada, solo esa pose adquirida por necesidad y que ya la ejerce con indiscutible profesionalidad pero con cierto cansancio.
Es posible que en el transcurso de la interrelación que se va a sostener entre Vendedor/Comprador, a él, el Vendedor, quizá en ese momento en el que vea peligrar la venta, se le escape una sonrisa que lleve el estigma de una complicidad necesaria, en la que esté dibujada la aceptación del juego que hasta ahora han mantenido: esa sonrisa encierra la siguiente información: vale, (dice la sonrisa del Vendedor) ya sé que usted sabe que estoy exagerando las prestaciones de este vehículo que ha venido a comprar, que no son 2.000 kilómetros los que tiene, sino 20.000, que su anterior dueño, como le he dicho hace unos segundos, no ha sido un señor mayor que casi no lo ha utilizado, sino un joven alocado que ha tenido varios incidentes con el vehículo que le han ocasionado abolladuras que nosotros hemos corregido; en fin, que le hemos lavado la cara al coche hasta hacerlo parecer seminuevo, como dice el cartel que aún está en el parabrisas; también yo he leído su cuerpo y este me dice que su capacidad adquisitiva, Sr. Comprador, solo llega para un coche de este tipo y aun así su compra conllevará la supresión necesaria de alguna costumbre o capricho que hasta ahora podía permitirse, que la pose despreocupada con la que se ha acercado a este concesionario y la mano blanda que me ha dado al saludarme, sin mirarme, esa solvencia supuesta en su despreocupación por los coches en general, en fin… ; ahora, (sigue hablando la sonrisa), momento en el que usted y yo hemos llegado al mismo plano de entendimiento, a entender nuestros respectivos papeles y necesidades en esta vida, ahora, digo, queda en su mano la decisión, que no es trágica, lo sabemos, ni siquiera llega al drama, no exagero si digo que es ridícula; no se puede llamar engaño a esto, ¿verdad?, ahora sabemos los dos que pertenecemos a ese inmenso grupo de los que no viven, sino que sobreviven en este ecosistema social y político; usted y yo sabemos que en alguna medida alguno de nuestros comportamientos están determinados por estas condiciones sociales en las que nos ha tocado vivir y que las asumimos como juego.
El Comprador, a su vez, le contesta con la mirada: sí, así es.
Me lo quedo, dice con fingida resolución el Comprador. Y esta vez tiende la mano firme hacia el Vendedor, sellando un pacto un punto amargo que los hermana, y quedan visibles en el cuadrante que la maquinaria social les tiene asignado.

Pese a todo, el ser humano es extraordinario.

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