-

Páginas

domingo, 12 de abril de 2015

apretar el gatillo.18. funciones ideológicas

Funciones ideológicas
Miguel Guerrero

Un elemento de signo marxiano como es el económico, entendido como valor materialista que provee a los hombres de los recursos necesarios para adquirir porciones de confort y, en una estructura social como la nuestra, nos da acceso a la dignidad, una mercantilización de la cosa, se ha introducido sibilinamente en un espacio tan conservador e idealista como es el de Semana Santa, tan refractario hasta hace bien poco a la modificación o ampliación de sus presupuestos originariamente rituales, sin que la pertinencia de la entrada de este elemento sea discutida, ni rechazada su conveniencia, por la mayoría de sus acólitos. Sin que sufran este factor económico como un cuerpo extraño, una lanza clavada en el costado. El número de puristas debe ser muy reducido, o las voces en contra deben ser susurros apenas audibles, si acaso una queja queda, nunca una protesta. Algo parecido a una resignación escondida tras lo políticamente correcto, una cuestión de tolerancia mal entendida. Tal vez estén muy convencidos estos puristas de la trascendencia y fortaleza de la Celebración como para que ese elemento la perturbe. Este elemento, sin embargo, es una función con capacidad para modificar, infectar, en definitiva variar, aquel organismo en el que se inmiscuye. Esta función ideológica ha convertido la Semana Santa en un producto más de la sociedad del espectáculo, la ha dejado hueca, la ha convertido en un artilugio lúdico del capitalismo avanzado o tardío. Por fin tiene una utilidad para los hombres, he oído decir.
Otro de esos elementos o funciones ideológicas, el respeto al padre, como autoridad que deviene de unas estructuras sociales verticales, fuertemente militarizas y religiosas, en la que la obediencia se erige como una indiscutible entrega forzada de la subjetividad del hijo a la figura de autoridad encarnada en el padre, se ha atemperado en su lugar tradicional, esto es la relación padre-hijo, pero esa función, bajo una apariencia de elemento débil, se ha instalado de forma incómoda en el llamado mundo laboral y empresarial, agazapada está, a la espera de condiciones sociopolíticas favorables para aparecer en su verdadera dimensión. Si estas no se dan, esa función ideológica no tendrá reparo en desplazarse hacia lugares más convenientes para conseguir sus objetivos.
La felicidad o realización personal es otro de los valores, o función ideológica, que recientemente cambió de sitio. Esta función tenía su lugar natural fuera del mundo laboral, que era entendido y asumido como ese tiempo de vida que el individuo tenía que entregar a la comunidad para su mantenimiento y desarrollo, con unas implicaciones afectivas casi inexistentes. Fuera de ese ámbito correspondía producir eso que se ha dado en llamar realización personal, con unas connotaciones y un contenido de índole emocional adecuado para conseguir que la vida tuviera un sentido placentero y constructivo. No es así en nuestros días, en los que esta función se ha desplazado al ámbito laboral, en él es donde ahora se busca, se persigue y se consigue esa realización personal. El mundo, entonces, nos ha convertido en operarios y consumidores felices de los placeres que propiamente producimos.
            Estas intrusiones o trasvases de funciones ideológicas hacia otros enclaves, que en principio y de manera indiscutible habían tenido una ubicación y pertenencia casi sagrada a una parcela inicialmente asignada, en las que cumplían su cometido ideológico de manera inequívoca, ahora parecen haber perdido su carácter unívoco y albergar en su seno ambigüedades y polisemias antes ocultas que le permiten asentarse en contextos que anteriormente les estaban negados.
            Las instituciones que tenían la custodia y fijación de estas funciones ideológicas pertenecían a la llamada sociedad de la disciplina, y más tarde la sociedad de control, estas han cedido en su celo de preservación y sujeción y ahora esas funciones se desplazan, se disfrazan y desaparecen a su antojo por los vericuetos de una realidad transformada. Han creado con sus desplazamientos aleatorios e imprevisibles una apariencia de caos, en una especie de torpeza de movimientos primerizos. Es lo que algunos teóricos llaman momento de caos y popularmente se resume en la frase pérdida de valores, lo que no es tal pérdida, sino traslado, deriva, transformación. Transvaloración.
            Mientras tanto, esas funciones ideológicas buscan nuevos espacios en los que asentarse. O no. La condición y comportamiento de cada una de estas funciones se ha vuelto arbitrario a nuestros ojos, y una vez liberadas de sus papeles para las que originariamente fueron concebidas, estas funciones pululan por nuestra realidad con criterios propios y ejercen su cuota de influencia sin necesidad de someterse a ninguno de los organismos o instituciones a los que antaño pertenecían. Las funciones ideológicas, en algunos casos, han perdido su condición moral o ética. Sabedoras del poder e influencia que pueden generar se organizan de tal manera que en poco tiempo hacen que conductas propias, consolidadas en el tiempo, de un determinado gueto vital cambien de signo, o, sencillamente, rebajen sus prestaciones e intensidad hasta conseguir que el grupo actúe de forma poco acostumbrada. Por ejemplo, las funciones ideológicas de honorabilidad y servicio público que en alguna ocasión y por poco tiempo poseyeron algunos políticos han bajado considerablemente su intensidad en ese su lugar de origen y se han desplazado hacia aquellos lugares en los que una intención de regeneración de lo público se da como necesaria y es asumida como urgente. Quizá este tipo de comportamientos de algunas de las funciones ideológicas alumbren y arrastren a otras que parecen descarriadas o que están en un letargo del que pueden ser recuperadas. Esta es la esperanza de los más pánfilos. Las funciones, salvo casos contados, parecen tener otros planes.
Nuestra realidad ahora está entretejida de elementos o funciones ideológicas que se desplazan desde sus lugares de origen, se asientan en esas parcelas nuevas y matizan o colonizan la esencia de estas. Se organizan y preparan un ataque masivo, sin prisa alguna, sobre el tejido degenerado del mundo concebido por los hombres, en el que las funciones ideológicas tomen el mando y provoquen nuevas formas de vida. El ser humano, llegado el momento, será prescindible.
Si acaso, sobrepasados por la complejidad del mundo, ¿no estamos ya inmersos en esa posibilidad y somos zombis sin querer/poder reconocer el dominio absoluto de esas funciones sobre la gobernabilidad de la existencia?


No hay comentarios:

Publicar un comentario