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domingo, 22 de marzo de 2015

apretar el gatillo.15. el hombre opaco

El hombre opaco
Miguel Guerrero

En algún momento y sin darme cuenta empezó a formarse a mi alrededor un cajón inmaterial que en pocas horas quedó totalmente consolidado e igualmente, sino invisible, difícil de detectar, me aísla del mundo de tal manera que creo no percibir sensorialmente la realidad como debiera y como estoy convencido y seguro de que la perciben mis semejantes. Eso pensaba. Un ejemplo, aunque no es eso, podría ser la sordera que te acontece cuando te entra agua en los oídos y la vida queda separada de ti de manera ostensible. Algo así, pero que abarca todos los sentidos. No sólo lo sensorial padece tal efecto, los afectos sufren una lejanía y adquiero un redoblado cuidado en lo que digo y una atención casi enfermiza en lo que oigo. Y en todo lo que hago. Es como si entre la realidad y yo algo se interpusiera y para aprehenderla tener que hacer esfuerzos extras.
            Esa fue mi primera preocupación, cómo percibía yo el exterior a mí. Desde luego, se había producido un aislamiento involuntario pero contundente.
Al poco, pude comprobar que la caja esa que alrededor de mí se había formado no era percibida por los otros. La primera prueba de fuego sobre la consistencia, visibilidad o materialidad de dicha caja se produjo cuando al entrar al edificio en el que trabajo alguien me esperaba allí, me tendió la mano y yo a la vez se la tendí y nos saludamos. No problen, me dije tontamente. Pero alrededor de mi mano y antebrazo se había prolongado la sustancia de manera que mi extremidad quedó envuelta en ella al verse obligada a salir de la caja. Noté una sensación de acolchamiento al contacto con la mano del hombre. Pero él no percibió anomalía alguna. Ni mis compañeros de trabajo, ni nadie. Fue una jornada llena de normalidad. Con el paso de las horas esa primera preocupación se disipó por completo: la caja que se había formado a mi alrededor no era percibida por los demás. Sin embargo, la sensación de distancia entre mi persona y aquellos a los que durante el día traté era bastante significativa con respecto a días anteriores. No sólo eso. Mi percepción de la realidad había sufrido una variante: una opacidad manifiesta se interponía entre ella y yo.
La segunda preocupación que me asaltó fue si los demás también estaban envueltos en una caja como la mía y yo no lo percibía. Si todos, me preguntaba, estamos aislados por este tipo de construcción y nuestras sensaciones y afectos, nuestra visión de la existencia, sometidos a la opacidad del material de la caja, a veces algo líquido, otras gaseoso.
            Días después de que me ocurriera esto, pensando en cómo había sido posible la formación de ese cajón, a veces me parecía gelatinoso, llegué a creer que se inició cuando una mañana encendí la TV, como de costumbre, y mientras desayunaba veía las noticias. Fue cuando trataban el tema de la Ley de Transparencia que me sentí muy incómodo, un malestar imposible de describir, dejé el desayuno a medias. Pero no pude dejar de ver las noticias al completo, atrapado en mi asiento. La conclusión más plausible a la que he llegado es que durante esa media hora de telediario he absorbido todos los relatos posibles que genera nuestro mundo y que la caja que ahora me rodea se fue tejiendo a partir de entonces a base de imágenes y lenguaje que han conformado este entramado semiótico que me oculta la realidad.

            No, me dije algo después. La caja viene formándose desde el principio de mis días, tan sutil, tan apegada a nuestra propia naturaleza que es imposible percibirla. Sólo que ese día, el fantasma de los signos tuvo el descuido de hacerse para mí visible. Sin saberlo, el fantasma me ha proporcionado el mejor de los regalos.

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