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domingo, 1 de marzo de 2015

apretar el gatillo.14. sensación de límite

14. Sensación de límite
Miguel Guerrero

A principios de los años setenta, “un agregado científico en una de las principales embajadas de Washington ante los informes de que se había producido un fragmento de gen sintético en un laboratorio”, exclamó: “¡Es el principio del fin!”
            Más allá de que la reacción del agregado científico pueda ser una objeción personal y aislada a un acontecimiento puntual, debemos entenderla como expresión y sentir muy generalizado, ese miedo a la pérdida de valores, ese usurpar el papel de dios que no corresponde al hombre en tareas propias del creador, ese traspasar la línea sagrada supone una reacción de miedo ante la cercanía del límite.
            El agregado argumentaba que “A partir de ahora cualquier país pequeño puede crear un virus contra el que no existe cura. Bastaría con un pequeño laboratorio. Cualquier pequeño país con buenos bioquímicos podría hacerlo”. Bien mirado, no le faltaba al agregado razón para tener esa idea del límite y de lo inconveniente que podría ser sobrepasarlo. El agregado desconfía del ser humano, lo sabe malo y teme que la inapropiada utilización de estos avances produzcan los demonios que nos acerquen al borde del apocalipsis. El límite, sin embargo, es una línea que el hombre pone periódicamente un poco más allá. No faltan ejemplos en la historia de  límites sonados, como el de que la Tierra es el centro del universo, y ese era el límite que no se podía sobrepasar. La moral y la ética tampoco tienen un límite fijo, inamovible. El divorcio y ser madre soltera son dos cuestiones que han estado durante mucho tiempo más allá de esa raya límite, en cambio ahora son dos temas a los que no prestamos atención.
            El fin del mundo ha sido predicho muchas veces, apocalípticos nunca han faltado. Hay un tipo de apocalíptico que se dedica al menudeo, visiten los tuiters y feisbuc, seguro que encuentran unos cuantos por allí: la última noticia de carácter más o menos grave le sirve para llamar nuestra atención, para poner el grito en el cielo, nos avisan de la inminente catástrofe tras haberse superado un límite, el temor a una tercera guerra mundial, o algo así, siempre merodea bajo esas admoniciones, lo hacen de buen corazón, quieren prevenirnos, en realidad lo que quieren es azuzarnos; no sé, la verdad es que no sé lo que quieren. Pero tengan razón o no me recuerdan a esos predicadores de la biblia que salen en las películas norteamericanas.
Esta sensación de límite parece que acompaña al hombre desde el principio de los tiempos. No es gratuita, hay razones suficientes para el temor, ¿acaso no hay muchos buenos bioquímicos? Lo que puede parecernos extraño es que, después de tantos años, no se haya producido el vaticinio del agregado científico,  por qué ningún pequeño país lo ha hecho, o un loco malvado como los malos de las películas de James Bond. Quiero decir la creación y expansión de un virus que acabe con la vida en la Tierra, como temía el agregado. ¿O sí se ha hecho pero el intento ha fracasado y no nos hemos enterado?
Noticias recientes nos hablan de los últimos milagros tecnológicos: que un ciego puede ver en un alto porcentaje gracias a un aparato adaptado a sus ojos; un cuerpo puede ser trasplantado entero a una cabeza; un holograma de Hugh Jackman aparece en un escenario de Madrid para presentar su última película, etc.

 El mundo, que aún está por hacer, no deja de ir desplazando su límite, sine die, a pesar de los riesgos. Más allá de ese límite está la aventura, lo desconocido. Por eso, nosotros, habitantes del mundo, vivimos por contagio esa sensación constante, alertas y a la vez deseosos de cruzar ese límite.


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