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domingo, 8 de febrero de 2015

apretar el gatillo.13. matar a gente

Matar a gente
Miguel Guerrero

Se estima que en el año 2050 la población mundial será de diez mil millones de almas, (para entonces yo habré muerto). La mayoría de ellas vivirá en la miseria. Y esta miseria provocará tantos conflictos que la vida tal y como la conocemos será casi imposible. La muerte, para muchos, será una bendición. Esta es la tesis que subyace casi clandestinamente en el libro de Stephen Emmott llamado Diez Mil Millones.
            Ante esto se impone una lógica: matar a gente.
            De eso se trata. Mi compañera y yo salimos a la calle y nos cargamos, a nuestro antojo, lo que se nos pone por delante porque hemos sido incapaces de determinar qué individuos deben permanecer o desparecer. No hay manera de objetivar una selección en función de unos miramientos morales, económicos, etc. A nosotros nos ha sido imposible engañarnos. Yo quería empezar con los intelectuales y con los pijos de la cultura y ella, más sabia, decía que le daba igual, que si acaso con los políticos, por decir algo. Como estábamos en un callejón sin salida, estuvimos varios días sin actuar, retrasando nuestro proyecto, dándole vueltas a la cabeza. Hasta que me dijo ella: Podríamos empezar por nosotros: tú me apuntas a mí yo te apunto a ti contamos tres dos uno y apretamos el gatillo. Coño, dije. Y eso hicimos. Nos apuntamos y al disparar las armas se quedaron encasquilladas, no sé si se dice así, encasquilladas. Creímos ver en esto una señal, y así nos lo dijimos: Esto es una señal. A partir de ese momento revisamos todo nuestro armamento, nos deshicimos del defectuoso, etc. Dejamos a los dos niños pequeños con los abuelos y salimos a hacer nuestro trabajo.
A estas alturas ya muy poca gente se escandaliza de  nuestro quehacer  diario, han entendido nuestra tarea como un servicio humanitario inaplazable. Algunos hasta han pedido ser ellos los aniquilados ese día, como si ya les tocara, decían sentirse ninguneados. Había un grupo de ejecutivos que, entre las diez y media y once, acudía a la plaza, sabedores de que era muy posible que pasáramos por allí, ofreciéndose a ser matados. Pasamos de los cinco ejecutivos y matamos a dos policías que trataban de dispersar a más gente que, junto a los ejecutivos, se estaban posicionando de manera bien visible para ser tiroteados, se empujaban unos a otros para acaparar el lugar  que creían más propicio para ser aniquilados. La gente siempre tan egoísta. La gente se pirra por ser matada. Le pedimos tranquilidad. A todos les llegará su hora. ¿Que por qué no nos detienen? El Gobierno es el primer interesado en que esto suceda así. Hagan cuentas: menos paro, menos pensiones, para el Estado un individuo es una carga. El Gobierno es experto en mirar hacia otro lado. Qué les voy a contar.
El libro de Stephen Emmott se despide así:
“Pregunté a un científico, de los más racionales y brillantes que he conocido, un científico que trabaja en este campo, un científico joven, un científico de mi laboratorio, qué haría si solo pudiera hacer una cosa para remediar la situación en que estamos.
¿Saben qué me respondió?”

“Enseñar a mi hijo a usar una pistola.”


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