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domingo, 25 de enero de 2015

apretar el gatillo.12. el orden

El orden
Miguel Guerrero


El ordenado está en contra de la vida, como los católicos. Se protege de ella y encierra en sus retículas del miedo todo signo vital. Dioniso debe estar controlado. Todo hombre bueno aspira al orden. El orden es indispensable para llegar a dios, en cuanto supe esto me hice ateo. El ordenado trueca seguridad por libertad, entendida esta preferencia como un acto de inmadurez: se dice que en la libertad estás tú solo ante el mundo y que en la seguridad alguien o algo te protege.
El ordenado aspira a la monotonía que supone una vida reglada por la razón, en la que todo movimiento tiene que producir un beneficio, y que descarta las acciones inútiles o gratuitas, promueve o busca el equilibrio entre las partes, la coherencia, verosimilitud, etc. fuera de ese territorio bien acotado el ordenado deviene calamidad, no apto para vivir el mundo. El orden produce apatía, mediocridad, todo es predecible, la novedad mantenida a distancia; en cambio el desorden da miedo, dentro de él se vive peligrosamente, en él la sensibilidad es recompensada por mil estímulos diferentes: la geometría de las cosas cambia constantemente y el espíritu debe estar alerta a cada cambio, es decir, vivo. El desorden es ese lugar de sabores amargos que solo los paladares más recios pueden soportar, degustar. Es ese lugar del que huyen los mediocres con argumentos razonables. El orden es lo que segrega la lógica, tan sobrevalorada, y la lógica está bien, pero en el mejor de los casos solo llega hasta la verdad puntual de las cosas. El orden reafirma el triunfo de la razón sobre el instinto, el auriga domando al caballo, el orden sobre el caos. “Tenemos que incluir lo irracional en una razón ampliada”, dijo Sábato. Pero la razón, tan cerca del totalitarismo, no es solidaria. El orden todos sabemos lo que es, ha sido convenido tácitamente, amasado durante siglos, es la tiranía de la tradición. El orden es reaccionario porque está del lado del poder. El poder ordena, clasifica para así ejercer mejor su control. Dentro de él cada cosa tiene su espacio asignado, su ritmo convencional, cada pieza es asequible y localizable con un solo vistazo. El individuo ha imitado al poder y se autoimpone el orden para así controlarse mejor: si los caminos transitados siempre son los mismos la conducta está sujeta a una previsión, el deseo es aplazado en nombre de una sensata decisión de madurez. El desorden también tiene su espacio, su ritmo, su mecanismo de expresión interior, pero no ha sido codificado, es el rebelde perseguido. La escala de valores del desordenado es distinta, tiene su propio orden de importancia sobre las cosas que es cambiante y quizá el orden alfabético le resulte insuficiente para sus muchas digresiones. Vive en ese otro orden que los que sabemos poco de matemáticas llamamos caos. El desordenado no acepta las reglas, no quiere ser domesticado, es un indeseable.
El ordenado es el ojito derecho del poder, ya se vigila él solo.
Lo sé, lo sé. El orden nos hace la vida más fácil, soportable, esa es nuestra conveniencia. Acudimos a la seguridad que nos da el orden y a cambio nuestras posibilidades de ser otros quedan en suspenso detrás de las bambalinas de lo que conviene, de lo correcto y ordenado.

Dijo Jodorowsky que el pájaro que ha nacido en una jaula cree que volar es una enfermedad.

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