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domingo, 11 de enero de 2015

apretar el gatillo. 10. los amables

10. Los amables
Miguel Guerrero


Odio en grado sumo a la gente amable, simpática. Escoria humana. La amabilidad es un subterfugio rastrero para conseguir el favor del otro. El amable trapichea con sonrisa falsa (si la sonrisa es auténtica ya es un ser absolutamente perdido) en un intercambio mercantil de afecto, que sí, que ese intercambio es humanamente lícito, pero el amable común no sabe esto, se engaña creyéndose un alma que habita las praderas frondosas de la bondad desinteresada del ser humano, es tan bobalicón que es incapaz de atisbar en su sonrisa signos de egoísmo. Engaño que para el amable es totalmente necesario para poder sobrevivir, tan débil se sabe que sin ese apósito que es la amabilidad está perdido, vulnerable ante el otro. El amable lo es también porque tiene miedo a ser castigado, arrastra una culpa, y mediante su amabilidad está pidiendo indulgencia.
Incapaz de un intercambio de datos emocionales sin esa capa babosa de la amabilidad, no conoce, no sabe que es más que suficiente una cordialidad invisible, funcional y aséptica, para contraer con el otro un eficaz trato humano, la amabilidad es un añadido molesto para el otro, si ese otro es un ser inteligente se sentirá incómodo ante el amable.
El amable, tan centrado en gestionar sin fisuras su amabilidad tramposa, tan absorto en mantener las constantes persuasivas de la amabilidad con el fin de que no se le escape la presa, tan pendiente de ese ejercicio, sin importarle nada el otro, que es solo un objeto del que extraer un beneficio afectivo, es la versión ruin y cobarde del sádico. Para el sadismo, estatus que el amable anhela secretamente, a veces tan secretamente que no sabe que lo anhela, no le alcanza el valor y tiene que conformarse con las migajas de la amabilidad. Un poco de psicología evolutiva nos diría que al amable, con el tiempo, se le va agriando el carácter, convencido de que su conversión a sádico ya nunca se producirá por falta de valor, se sentirá frustrado, y condenado a seguir siendo el amable que siempre ha sido, ¿qué otra cosa puede hacer? Aun así, la amabilidad, las más de las veces, es la puerta abierta a mayores y variadas perversiones: se empieza siendo amable para conseguir el primer empleo, para no perderlo luego y se acaba siendo presidente del fondo monetario internacional. Sí, sí, la amabilidad es imprescindible para triunfar en esta vida. Y triunfar ya sabemos lo que supone, y significa.
Hay una amabilidad que se sustenta moralmente en ideas filantrópicas: hacer la vida llevadera a sus semejantes, crear un ambiente positivo en la oficina para que su pequeña comunidad laboral funcione, la amabilidad hace que el trato con la familia no llegue nunca a ser conflictiva, etc. Claro, el amable no podrá reconocer nunca su egocentrismo silente, la verdadera función de su amabilidad que es un medio al servicio de su egoísmo; si así fuera, si descubriera la naturaleza de su amabilidad quedaría al descubierto, solo ante su mediocre monstruosidad que con tantos trabajos mantiene oculta bajo su careta social. El ser humano no quiere saber qué es ni cómo es, no le interesa, sabe que cada descubrimiento que haga sobre sí mismo lo acercará más y más al monstruo que irremediablemente mantiene oculto en las mazmorras de su ser.
La amabilidad enmascara al monstruo. Otro día hablaremos del gobierno.


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