-

Páginas

domingo, 24 de agosto de 2014

apretar el gatillo.8. los gregorios

Los gregorios
Miguel Guerrero

Después de una noche de sueño intranquilo me dispuse como cada día a hacer los preparativos propios para ir al trabajo. Al abrir la puerta vi que todo lo que alcanzaba mi vista se había trasmutado en desierto. Yo y mi casa solos en un inmenso desierto que debía abarcar toda la Tierra. No me quedé quieto, excepto los veinte segundos de estupor ante lo que veía, rodeé la casa y volví al punto de inicio, junto a la puerta principal. A poco que anduve unos cien metros en línea recta pude ver el horror: había miles de cadáveres tumbados apenas cubiertos por una fina capa de polvo. Un primer pensamiento egoísta me vino a la cabeza: a quién iba a contar mis preocupaciones, a quién iba a dar mí parecer, a quién imponer mis opiniones. Un segundo pensamiento se orientó hacia la posibilidad de una catástrofe nuclear de la que mi casa y yo nos habíamos salvado. Después de esto surge irremisiblemente la idea del sueño y con más fuerza la de la muerte: yo también he muerto, pensé, y desde la muerte esto es lo que veo. Así mismo cada uno de estos cadáveres tendrá a la vez la misma visión: saldrán de sus casas y verán el mundo convertido en desierto posnuclear, se acercarán a los muertos cubiertos de polvo; entre ellos, para ese otro, estaré yo. Si esto es así yo seré muerto tantas veces como muertos me visionen; puedo especular a la vez con que todos esos muertos que están delante de mí cubiertos por esa fina capa de polvo, todos esos sean los yos que los otros están viendo en este mismo instante, plantados ante sus casas, quizás pensando ellos lo mismo que yo, esto es: que todos los muertos que ven son ellos vistos por mí y por el resto de muertos que visionan esos muertos cubiertos de fino polvo del desierto.

Casi a la conclusión de este enredado pensamiento los cuerpos se irguieron, el polvillo que les cubría fue cayendo hasta la tierra desértica, y comenzaron con paso lento pero firme a caminar en dirección a la casa, como zombis; retrocedí, apenas un paso. En cuanto aquellos cuerpos se acercaron pude ver que eran insectos parecidos a cucarachas alzados sobre sus patas traseras, el pecho una coraza estriada de opaco bronce, un ejército de gregorios que abarcaba cualquier punto en el que yo pusiera mi vista. El avance era implacable y amenazante así que retrocedí hasta dar con las manos a mi espalda con la madera de la puerta. Los gregorios rodearon la casa, debía ser la humanidad entera allí convocada con el solo objeto de asustarme. ¿Recuerdan el leve sonido velado que provocan las alas de un insecto cuando se rozan entre ellas? Los insectos apostados frente a mí activaron su sistema de ventilación, de menos a más hasta conseguir un sonido un punto antes de lo insoportable. Estaba ya decidido a entrar en la casa, única escapatoria posible, cuando una manzana cayó a unos metros de mí y rodando queda, llorando la llegada, llegó hasta mis pies. Los gregorios más cercanos hicieron lo mismo: me lanzaban una manzana que rodando rodando acababan a pocos centímetros de mis pies. Podrían haberme acribillado con sus proyectiles edénicos, si yo fuera su enemigo ya habría perecido, el cuerpo mutilado, manzanas incrustadas en mis vísceras, me habrían reventado la cabeza, pensé. Entonces los gregorios no querían mi vida, y quizás, pensé, esas manzanas por ellos depositadas a mis pies podría ser o bien una invitación a zanjar una cuestión problemática que yo desconocía, o bien proveerme de armas para una lucha entre ellos y yo de igual a igual. ¿Qué puedo saber yo?, ¿cómo interpretar los gestos?
Dejémoslo así. 
        Los gregorios alzaron el vuelo, el cielo, al momento, se llenó de ellos y desaparecieron en el éter. Entré en casa. Desde entonces el exterior no ha dejado de ser un desierto. Procuro darle utilidad a las manzanas allí dejadas por los gregorios. Como al menos una al día, con eso me alimento, guardo las semillas con la idea de que debería apresurarme en sembrarlas, quizá he dejado pasar ya demasiado tiempo, me digo, quizá mañana siembre algunas cerca de casa, me digo, mientras, desde la puerta, observo el desierto inmenso que me rodea. Y, pienso, si todos los gregorios soy yo visto por otros gregorios…




No hay comentarios:

Publicar un comentario