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domingo, 17 de agosto de 2014

apretar el gatillo.7. la agricultura en polonia

La agricultura en Polonia
Miguel Guerrero


Lo que no sabe H. y por tanto no podrá informar de ello al narrador, ni nadie se lo dirá, es del encuentro que R. mantuvo durante una tarde de hace ya algún tiempo en Altensam, un Altensam abandonado por todos, con un agricultor polaco que se había desplazado desde sus posesiones en Weimar, así dijo el agricultor a R., para entrevistarse con R. con el propósito de hacerle saber su interés en adquirir las tierras de labor y de pastos de Altensam, a cualquier precio. La recepción que le otorgó R. al agricultor fue fría y ceremoniosamente distante. Lo recibió en el inmenso, casi vacío y oscuro salón principal, lo hizo sentar en una silla de respaldo alto, austera, sin ofrecerle invitación alguna, ni siquiera le señaló que podía quitarse la pesada pelliza, innecesaria en la sala caldeada. Las credenciales de solvencia tanto económica como profesional del agricultor fueron expuestas por el agricultor polaco de manera dilatada y contundente. Sus logros más recientes se habían producido en Weimar. Sus pequeñas huertas produjeron trescientos cincuenta millones de kilos de frutas y doscientos noventa millones de kilos de legumbres, haciendo mención especial al cultivo del durazno y a los métodos más avanzados y más inocuos para las plantas y árboles para le extinción de orugas. Pero su logro mayor estaba recogido en su libro “La agricultura en Polonia”, del que sacó un ejemplar de su maletín de cuero y entregó a R. En él quedaba constancia de la revolución agrícola llevada a cabo en el decenio de los años veinte en la comarca alta de Zywiecz de la Polonia septentrional, por su padre, un agricultor salido de la nada que se hizo a sí mismo y alcanzó las más altas cotas de perfección en su especialidad, cuyos métodos y fórmulas de trabajo y producción infalibles él ha heredado, asumiéndolas como si fueran suyas, interviniendo en ellas de manera cautelosa, con el mayor de los respetos hacia la obra de su padre, sólo introduciendo con mucho tacto y cuidado la nueva tecnología en materia agrícola y una política de contratación de personal administrada por el más cualificado grupo de profesionales de Recursos Humanos que se pueda encontrar en la actualidad, etc, etc, etc. Cuando, tras varias horas, el agricultor polaco dio por terminada la exposición de su propuesta se generó el consabido y tópico silencio de veinte segundos en el que todo lo dicho se condensa en una abstracta pregunta, a la que R. contestó sencillamente, no. Y se levantó.
            La idea de aniquilación de Altensam iniciada por el padre de R. tenía en R. un firme seguidor. Altensam sería vendida sí, pero no al agricultor polaco cuyos éxitos agrícolas expuestos en su libro lo hacían un candidato a descartar precisamente por su solvencia que, indudablemente, haría renacer las tierras de Altensam, le daría la prosperidad hacía años perdida. Altensam, definitivamente, sería malvendida y el montante recibido iría, como ya había planeado R., a los ex presidiarios de la cárcel del distrito, a ellos y a los propios presidiarios, según R. la gente sobre la que el Estado había ejercido la mayor presión, los más desfavorecidos, los más desamparados.
             El agricultor polaco le ofreció la mano a R. pero éste le negó el saludo. R. no tuvo la deferencia de acompañarlo a la puerta. Dejó caer “La agricultura en Polonia” sobre la mesa y observó como el polaco tenía dificultades para abrir la puerta. Tras varios intentos fallidos el agricultor se volvió para mirar hacia el lugar en el que estaba R., no obtuvo de R. el más mínimo movimiento esperanzador. Lo intentó de nuevo, sin lograr el resultado deseado que su nerviosismo creciente lo hacía cada vez más inalcanzable. R., inmutable, sumido ya en las sombras del salón, dejaba hacer al hombre. El polaco miró a su alrededor y probó salir por una ventana, accionó los pestillos pertinentes que debían abrirla pero, quizá, por los años de abandono que había sufrido la mansión de Altensam, el mecanismo estaba oxidado, inservible. Apenas quedaba ya claridad del día que entrara por las ventanas, mientras la silueta negra de R., inamovible, se disolvía en la inminente oscuridad total.





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