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sábado, 7 de junio de 2014

apretar el gatillo.5. los premios

Los premios
Miguel Guerrero

Cada vez que un intelectual de medio pelo, de pelo largo o del pelo que sea, organiza un concurso literario está provocando el inicio de una nueva catástrofe. Todas las penurias de este mundo se deben a los premios literarios. El Pulitzer, el Nobel son responsables de cosas como el 11 S o la hambruna actual en Somalia. Cada escritor premiado es cómplice directo de un desaguisado global o local, da igual, lo global es local lo local global.
            Nunca he sido premiado, así que mi contribución a este oculto Eje del Mal es casi inexistente. Pero soy culpable por intención. No he ganado pero he participado. Si pudiera retiraría mis participaciones en cada uno de esos concursos; de nada vale, lo sé, el daño ya está hecho.
            El primer concurso literario de la era moderna se organizó en Francia, cómo no, allá por el año de 1780, en la pequeña ciudad cercana a París llamada Sortir sur Sene, en la que residió, una vez retirado, el gran Fantomas. Este inicio provocó la conocida Revolución Francesa y todos los males derivados que ha generado, los hippies y los progres, por ejemplo. El premio Goncourt por su parte es directamente responsable de las miserias coloniales, en Argelia todavía sufren sus efectos directamente sus ciudadanos y indirectamente el resto del mundo. Así podríamos estar enumerando desgracias, unas tras otras, y sus correspondientes orígenes en premios y concursos, de nuestra historia contemporánea. Esto en lo que concierne a los grandes acontecimientos históricos. Afectan y mucho los premios a las cuestiones personales. Mi faringitis crónica, sin ir más lejos, se debe al premio que un amigo mío ganó por un relato corto, presentado sin mucha esperanza en llevarse el primer premio a un concurso de relatos breves convocado por una asociación de amas de casa de un pueblo perdido en las estériles e incomprensibles llanuras de Castilla-La Mancha. La detonación, otro caso, de una bombona de butano en una vivienda de la quinta planta de un edificio nuevo en la calle Tirso de Molina, que provocó la muerte de una familia entera, incluidos los abuelos, tuvo su origen en el certamen de novela corta de la ciudad costera andaluza Islas Verdes. Las indagaciones judiciales posteriores establecieron meridianamente claras las correspondencias entre dicho premio y la catástrofe humana. Pero un veredicto de este tipo es poco usual. El concurso fue suspendido de por vida, al menos, sentenció el juez, si se presentaba bajo el epígrafe “Concurso de Novela Corta de la Ciudad Islas Verdes”.
            Por supuesto, cuando esta cuestión incontestable sale a la luz nadie se da por aludido. Organizadores, premiados y concursantes en general, público asistente a la entrega del premio, prensa y miembros del jurado, demasiados intereses personales y económicos, niegan esas relaciones entre premio y catástrofe posterior, vuelven la cabeza hacia otro lado. Al que  advierte y expone esta idea lo llaman loco. No puedo decir otra cosa más que todo esto es una farsa, una conjura, una conspiración interplanetaria, seguramente orquestada por algunos grupos afines, simpatizantes de la industria armamentística mundial y de otras industrias, como las aseguradoras, bancos, en muchos casos subvencionados y patrocinados los premios por estas entidades, saben que a corto, medio y largo plazo redundarán en su propio beneficio.
Saben también nuestros gobernantes que la literatura, el llamado arte en general, es una forma altamente eficaz de adormecer a los individuos, ¿a qué puede oponerse un adormecido que lee en su sillón orejudo el último premio Planeta mientras de fondo suena una suite, o lo que sea, de Серге́й Серге́евич Проко́фьев?, ¿quién quiere salirse del paraíso burgués que provoca la cultura? Los premios son un punto clave en esta conjura, (las editoriales, bibliotecas, etcétera, también metidas en el ajo). Como mucho, estos premiados consiguen llegar a ser revolucionarios de boquilla, terroristas de salón, teóricos adocenados, niños malos, parte de la farsa, no conciben la cultura como lo que es: uno de los grandes males de la humanidad; y muy a pesar suyo, y aunque parezca contradictorio no lo es, sus consignas encubiertas tras la ficción provocan confusión malsana por sí solas, pero los premios y concursos amplifican de manera notable y decisiva su acción; en definitiva, estas catástrofes o situaciones de pánico global provocan daños colaterales, todos acabamos afectados, justifican la producción de armas defensivas, ¡que eufemismo!, promueven toda una forma de vida a la defensiva y el empobrecimiento que ello conlleva, empobrecer y luego culturizar a la población. Se crean para ello premios literarios y… vuelta a empezar.

Voy a mandar este texto a un concurso, máximo setecientas noventa y cuatro palabras. Si el adormecido jurado lo considera ganador, en posterior comunicación os informaré de sus sangrientas consecuencias. Quizás esta prueba os convenza… aquí me paro.


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