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domingo, 25 de mayo de 2014

apretar el gatillo.3. los toros bravos

Los toros bravos
Miguel Guerrero

Los que estábamos más cerca pudimos ver cómo en la plaza de la Constitución, junto a la fuente, se formó de la nada un toro bravo, negro reluciente, lustroso. Empezó apareciendo solo unas pocas partículas que se fueron multiplicando, muy lentamente al principio. El prodigio nos tenía paralizados a los que, a pocos pasos, nos encontramos con él, ni siquiera nos miramos los unos a los otros, la mirada fija en cómo las partículas iban apareciéndose, juntándose, de menos a más y el último paso hasta configurarse el toro fue visto y no visto. Y el toro ya hecho miró a su alrededor y empezó a comportarse como un toro bravo. Se lanzó hacia delante con potencia, los que estábamos tan cerca de él quedamos atrás de inmediato y vimos los cuartos traseros del toro avanzar y a este arremeter contra personas y mobiliario urbano; resbaló, cayó, se incorporó, se dio media vuelta y avanzó hasta donde nos encontrábamos, para cuando el toro llegó ya estábamos tras unas barandas y a salvo. Pero los transeúntes que venían de frente y no se habían percatado de la situación eran un objetivo claro para la fiera que se llevaba por delante todo lo que salía a su paso. La cosa duró menos de diez minutos. Para cuando el toro se desvaneció, se fue tal como había venido, desapareciendo partícula a partícula en la nada de la que había surgido, había acabado con la vida de más de doce personas que, empitonadas o golpeadas, se desangraron rápidamente en el suelo de la plaza; algunos heridos, pocos, y gente expectante y no creyéndose lo que veía, apostados tras las barandas, setos y arbustos de la zona ajardinada, vivimos una experiencia hasta ahora sin explicación.
            Solo horas más tarde supimos que la misma situación se había producido en distintos puntos de la ciudad. Y todas esas apariciones de toros bravos negros, enormes, se dieron a la misma hora, entre las doce y doce y cinco, y el tiempo que las bestias tuvieron para arremeter contra las personas y todo aquello que saliera a su paso fue en todos los casos de diez minutos. El número de muertos ascendió a setenta, el de heridos alrededor de ciento veinte. Los toros aparecidos fueron siete, que se sepa. Un señor vio el fenómeno desde la ventana de su casa, sita en la calle Galileo, detrás de la cual solo hay un descampado endémico y de varias hectáreas de dimensión, allí vio el hombre cómo a escasos veinte metros de donde se encontraba se formó el toro y este corrió por ese descampado sin nada contra lo que arremeter, corrió primero en dirección contraria a la casa, el señor vio cómo se alejaba, creyó que estaba teniendo visiones, también que la muerte venía a por él, el toro desapareció de su vista y volvió a aparecer, esta vez corriendo en dirección a su casa, justo se dirigía a la ventana desde la que él miraba. Cuando al toro solo le faltaban dos metros para estampar su cornamenta en la celosía y lanzarse a través de la ventana se desvaneció en el aire, en medio de su salto ya iniciado. Diez minutos clavados, dijo el señor.
Nadie supo dar una respuesta al fenómeno.

            El profesor G. apuntó que el toro, la lidia, era una creación del subconsciente colectivo de un pueblo que necesita un castigo, una llamada de atención. Pero que si era así, matizó, de nada serviría porque ese pueblo está tan sometido, tan alelado, alienado, depauperado, que no se daría por aludido, no alcanzaría a captar la indirecta. No dijo nada más. Si pueden hablen ustedes con él porque sobre esto tiene más que contar.


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