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domingo, 4 de mayo de 2014

apretar el gatillo.1. apretar el gatillo

Apretar el gatillo
Miguel Guerrero

El jefe de una banda de atracadores de joyerías tiene como norma indiscutible que las pistolas no deben estar cargadas a la hora del atraco; solo deben ser utilizadas de manera disuasoria, como hicieron en sus comienzos los Pink Panthers, una banda de referencia para el maniático jefe. Algunos de los miembros de la banda protestan esta decisión y dicen sentirse más seguros con el arma cargada, prometen al jefe que no serán disparadas, bajo ninguna circunstancia. Les argumentaba el jefe contra esto que nadie está capacitado, llegado el caso, para refrenar el impulso de apretar el gatillo, que el yo sanguinario, más ágil, o la necesidad de reconocimiento social, o la urgencia de preservar la vida, tiene el don de la anticipación, que eso no es un gesto sujeto a la voluntad ni a la educación, sino un automatismo que salta sin posible sujeción. Apretar el gatillo no es un gesto propio abarcable, ese acto es culpa y resultado de una confabulación que se nos presenta misteriosa, lejos del alcance de nuestro entendimiento, puntualiza el jefe.                                                                                                              Personajes famosos de gatillo fácil ha habido muchos. Billy el Niño pasa por ser  uno de ellos. Murray Flynn, un ayudante de sheriff ilustrado, años después de la muerte del bandido escribió una pequeña pero quizá la más acertada y veraz biografía del famoso pistolero, según exégetas del personaje. Billy el Niño escapó de la vigilancia de Murray cuando este hacía guardia junto a la celda en la que estaba detenido, en la mísera población de Tascosa. Pero durante esa noche blanca Billy y Murray mantuvieron una extensa conversación. Murray cuenta en su biografía que el Niño le había confesado que realmente no era él el que apretaba el gatillo, o mejor dicho, sí era él el que lo apretaba, claro, pero el movimiento de su dedo sobre el gatillo se producía antes de que su voluntad de disparar hubiera iniciado su recorrido. Billy le dijo que en las prácticas que hacía con latas su habilidad para desenfundar, apuntar y disparar no se le daba nada mal y el nivel de puntería tan alto que durante un periodo de tiempo, meses, su infalibilidad llegó a ser absoluta. Pero cuando se enfrentaba a un hombre la mecánica del disparo adquiría una agilidad fuera de lo humano, el desafío vital que supone enfrentarse a un peligro extremo activa lo atávico que anida en nosotros y produce acciones de alto rendimiento. Billy decía que apenas había tenido que haber visto a su adversario: fotografía instantánea de la situación, recogida de datos de esa situación y estos procesados a altísima velocidad en su mente, o cerebro, para que todo el proceso: desenfundar, apuntar, disparar, (obsérvese la similitud con la idea de Freyrat sobre narrativa de principio, nudo y desenlace) ya se hubiera activado en ese orden y, en menos de un parpadeo, ejecutado.
     Murray pensó que Billy estaba cayendo en la modestia del héroe.                                       
   –Entonces, –le preguntó Murray–, usted no es ese hombre distante y calculador que mata a sangre fría, y casi con placer como he oído por ahí.                                                                      
   –No se confunda, todo eso que dicen es cierto. Pero, para ser justos, el primer impulso no es mío y a él se debe casi toda la eficacia, y el éxito. Todo lo que viene después está bajo mi responsabilidad, sobre todo, después de haber recapacitado en esta simple idea: si soy consciente de cómo se produce este mecanismo está también la posibilidad de evitarlo. Y no lo hago. Me aprovecho de ese don para sobrevivir en este entorno hostil.
   Así que, les dijo el jefe a sus pistoleros después de contarles la historia de Billy el Niño, ni siquiera siendo conscientes de cómo se organiza la génesis de un gesto, ni siquiera eso nos da garantías de ser capaces o querer evitarlo.




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